Bajo el Mismo Techo: Cuando la Maternidad se Convierte en una Carga

—¿Por qué lloras otra vez, Lucía? —me preguntó Sergio, con la voz cargada de cansancio y un leve temblor de rabia contenida. Eran las tres de la mañana y Alba, nuestra hija de apenas dos meses, no paraba de llorar. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con ella en brazos, sintiendo cómo el peso del mundo se me venía encima.

No supe qué contestar. ¿Cómo explicarle que no era solo el llanto de Alba lo que me desbordaba, sino el mío propio? ¿Cómo decirle que me sentía sola, perdida, como si hubiera dejado de ser yo misma desde que crucé la puerta del hospital con aquel pequeño ser en brazos?

Antes de que Alba naciera, Sergio y yo éramos una pareja normal en Madrid. Trabajábamos los dos —yo como administrativa en una gestoría del barrio de Chamberí, él como técnico informático— y nos permitíamos pequeños lujos: cenas en Malasaña, escapadas a la sierra los fines de semana, tardes de cine. Nunca planeamos ser padres tan pronto. La noticia del embarazo llegó como una tormenta inesperada en mitad del verano. Recuerdo la cara de Sergio cuando le enseñé el test positivo: una mezcla de miedo y alegría que nunca había visto en él.

Al principio, todo parecía un sueño. Las ecografías, los mensajes de felicitación, los regalos de mis padres —María y Antonio— y las bromas de mi hermana pequeña, Marta. Pero cuando Alba llegó, el sueño se volvió pesadilla. Noches interminables sin dormir, discusiones por cualquier tontería —¿quién cambiaba el pañal?, ¿quién preparaba el biberón?— y una sensación constante de fracaso.

—No sé si puedo más —le dije una noche a Sergio, mientras Alba lloraba en la cuna.
—¿Y qué quieres que haga? Yo también estoy agotado —me contestó él, sin mirarme a los ojos.

Empezamos a distanciarnos. Sergio se quedaba más tiempo en el trabajo; yo apenas salía de casa. Mi madre venía a ayudarme algunos días, pero su presencia solo me hacía sentir más inútil. “En mis tiempos no nos quejábamos tanto”, solía decirme mientras recogía la ropa del tendedero. Mi padre intentaba animarme con bromas torpes: “Ya verás cómo pronto duerme del tirón”. Pero yo solo quería desaparecer.

Una tarde, después de otra discusión absurda por la compra del supermercado, Marta vino a verme. Se sentó a mi lado en el sofá y me abrazó sin decir nada. Lloré como una niña pequeña.

—No tienes que hacerlo todo sola, Lucía —me susurró—. Nadie espera que seas perfecta.

Pero yo sí lo esperaba. Me sentía juzgada por todos: por mi familia, por las vecinas del portal que me miraban con lástima cuando salía a pasear a Alba con ojeras hasta el suelo, por las madres del parque que parecían tenerlo todo bajo control.

Una noche, mientras Alba dormía por fin y Sergio roncaba en la habitación contigua —ya dormíamos separados—, me asomé al balcón y miré las luces de Madrid. Pensé en saltar. No porque quisiera morir, sino porque necesitaba dejar de sentirme tan atrapada.

Al día siguiente llamé a mi médico de cabecera. Entre sollozos le conté lo que me pasaba. Me diagnosticó depresión posparto y me recomendó terapia. Al principio me sentí aún más fracasada: ¿cómo podía estar enferma si tenía una hija sana y un marido que me quería?

La terapia fue dura. Tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos: el miedo a no ser suficiente madre, a perder a Sergio, a decepcionar a mis padres. Poco a poco aprendí a pedir ayuda. Sergio empezó a venir conmigo a las sesiones; lloramos juntos por primera vez desde que nació Alba.

Un día, mientras paseábamos por El Retiro con Alba dormida en el carrito, Sergio me cogió la mano.

—Lo siento —me dijo—. No sabía cómo ayudarte. Yo también tenía miedo.

Nos abrazamos bajo los árboles dorados del otoño madrileño y sentí, por primera vez en mucho tiempo, que podía respirar.

No fue fácil reconstruirnos como pareja ni como familia. Hubo recaídas, noches malas y días grises. Pero aprendimos a hablar sin reproches y a reírnos de nuestros errores. Mis padres empezaron a entenderme; mi madre dejó de juzgarme tanto y mi padre aprendió a cambiar pañales.

Ahora Alba tiene un año y da sus primeros pasos por el salón mientras Sergio y yo la miramos con una mezcla de orgullo y asombro. A veces pienso en todo lo que hemos pasado y me pregunto si alguna vez volveré a ser la Lucía de antes. Quizá no. Quizá ahora soy alguien diferente: más frágil, sí, pero también más fuerte.

¿Es posible volver a empezar después de tocar fondo? ¿Cuántas madres se atreven a pedir ayuda cuando sienten que no pueden más? ¿Y tú? ¿Te has sentido alguna vez así?