Cinco años buscando a Lucía: El precio de la verdad
—¿Dónde está Lucía? —grité, con la voz rota, mientras la policía recogía los restos de la fiesta en el chalet de Las Rozas. Nadie me contestó. Ni siquiera Samuel, su novio, que me miraba desde el otro lado del jardín con esa sonrisa fría que nunca me gustó.
Recuerdo perfectamente ese 14 de septiembre. Lucía tenía 28 años y estaba radiante, ilusionada con su nuevo trabajo en una galería de arte y con Samuel, ese hombre encantador que había conocido en una subasta benéfica en el centro de Madrid. Yo, como madre, siempre tuve un sexto sentido para las cosas que no encajan. Pero Lucía era terca y estaba enamorada. “Mamá, no seas antigua”, me decía riéndose mientras se probaba vestidos frente al espejo.
La última vez que la vi fue en la puerta de casa. Me abrazó fuerte y me susurró: “No te preocupes, mamá. Todo va bien”. Pero no fue así. Esa noche desapareció sin dejar rastro.
La policía vino, hizo preguntas, revisó su móvil y su ordenador. Dijeron que quizá se había ido por voluntad propia. Mi marido, Antonio, se encerró en sí mismo y mi hijo menor, Diego, apenas hablaba. Yo no podía dormir. Me pasaba las noches revisando las redes sociales de Lucía, buscando alguna pista, algún mensaje oculto.
Un día encontré algo: un correo sin enviar en su bandeja de salida. Era para mí. Decía: “Mamá, si me pasa algo, busca en el móvil de Samuel”. Se me heló la sangre.
Fui a la policía con esa prueba, pero me dijeron que no era suficiente para registrar nada. Samuel seguía viniendo a casa, trayendo flores y fingiendo preocupación. Un día le enfrenté:
—¿Qué le has hecho a mi hija?
Me miró con esa calma suya y dijo:
—Señora Carmen, entiendo su dolor, pero Lucía era una mujer adulta. Quizá necesitaba espacio.
Le abofeteé. No me reconocí a mí misma.
A partir de ahí empezó mi verdadera búsqueda. Contraté a un detective privado, Pedro, un hombre mayor que había trabajado en la policía nacional. Juntos seguimos a Samuel durante semanas. Descubrimos que tenía otra vida: cuentas en Suiza, viajes frecuentes a Marbella y reuniones con gente peligrosa. Pero nadie quería hablar.
Mientras tanto, mi familia se desmoronaba. Antonio empezó a beber y Diego dejó la universidad. Mi hermana Pilar me decía que debía aceptar la realidad: “Lucía no va a volver”. Pero yo no podía rendirme.
Una noche recibí una llamada anónima:
—Deje de buscar o acabará como su hija.
El miedo me paralizó solo unos segundos. Luego sentí rabia. ¿Quién era esa gente para decirme lo que podía o no podía hacer?
Pedro y yo seguimos investigando. Encontramos a una amiga de Lucía, Marta, que nos contó que Samuel la controlaba mucho y que Lucía quería dejarle pero tenía miedo. Marta lloraba mientras hablaba:
—Me dijo que si desaparecía, buscara en el trastero del chalet.
Fuimos allí una madrugada. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme. Encontramos una caja con fotos de Lucía, cartas rotas y un pasaporte falso con su foto pero otro nombre: “Sofía Ruiz”.
Llevé todo a la policía. Esta vez sí actuaron. Registraron las propiedades de Samuel y encontraron pruebas de tráfico de personas y blanqueo de dinero. Samuel desapareció antes de ser detenido.
Pasaron meses sin noticias. Yo seguía pegando carteles por Madrid, hablando con periodistas y mendigando ayuda en comisarías y juzgados.
Un día recibí un mensaje desde un número desconocido: “Estoy bien. No busques más”. Era la letra de Lucía, pero algo no cuadraba. Pedro analizó el mensaje: provenía de Marruecos.
Viajé hasta allí sola, sin decir nada a mi familia. Recorrí Tánger preguntando por Sofía Ruiz hasta que una mujer me llevó a un hostal donde supuestamente se alojaba una chica española.
Cuando abrí la puerta y vi a Lucía sentada en la cama, lloré como nunca antes en mi vida.
—Mamá…
Nos abrazamos durante horas. Me contó todo: Samuel la había amenazado, la obligó a huir con una identidad falsa para protegernos a todos. Había vivido escondida cinco años, trabajando en lo que podía y soñando con volver a casa.
Volvimos juntas a Madrid. La policía detuvo finalmente a Samuel en Portugal meses después.
Mi familia nunca volvió a ser la misma, pero al menos recuperé a mi hija.
A veces me pregunto si hice lo correcto al arriesgarlo todo por descubrir la verdad. ¿Hasta dónde llegaríais vosotros por un ser querido? ¿Vale cualquier precio por saber qué ha pasado realmente?