Cuando dijeron que Lucía no era suficiente para mí: Amar en tiempos de juicio
—¿De verdad vas a salir con ella? —La voz de mi hermana Marta retumbó en el salón, mientras mi madre fingía buscar algo en el cajón para no mirarme a los ojos.
Sentí un nudo en el estómago. Había traído a Lucía a casa por primera vez, después de meses de relación. Ella, nerviosa, se retorcía las manos bajo la mesa. Yo solo quería que la aceptaran, que vieran lo que yo veía: su risa contagiosa, su bondad, la forma en que me miraba como si yo fuera capaz de todo. Pero en ese momento, lo único que parecía importar era su aspecto: Lucía no encajaba en el molde de belleza que mi familia —y buena parte del barrio— consideraba «adecuado» para mí.
—Marta, por favor —susurré, intentando mantener la calma—. Lucía es mi pareja y la quiero. ¿No es eso suficiente?
Mi padre ni siquiera levantó la vista del periódico. Lucía tragó saliva y sonrió, como si no le afectara. Pero yo sabía que sí. Aquella noche, al volver a su piso en Usera, me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Tanto molesta cómo soy? —me preguntó, la voz rota—. ¿De verdad crees que no soy suficiente para ti?
Me dolió más de lo que puedo explicar. Porque yo también había crecido escuchando comentarios sobre el físico, sobre lo que «pegaba» o no pegaba. En el instituto, mis amigos hacían bromas crueles sobre las chicas «guapas» y las «del montón». Y ahora, sin quererlo, estaba permitiendo que esos prejuicios entraran en mi vida.
Los días siguientes fueron un infierno. Los mensajes en el grupo de WhatsApp familiar se llenaron de indirectas: «Sergio, ¿seguro que estás bien?», «No te precipites, hijo». Incluso mi abuela Carmen, siempre tan dulce, me llamó para decirme: «Cariño, tú eres muy apuesto, podrías encontrar a alguien mejor».
En el trabajo tampoco fue mejor. Mi compañero Raúl me enseñó una foto nuestra publicada en Instagram y soltó:
—Tío, ¿en serio? Pensé que podías aspirar a más.
Sentí rabia. ¿Quiénes eran ellos para decidir lo que yo merecía? ¿Desde cuándo el amor se medía por los likes o por los estándares de belleza de una sociedad superficial?
Lucía empezó a distanciarse. Ya no quería salir conmigo por el barrio; temía las miradas, los comentarios susurrados en los bares. Yo intentaba animarla:
—Me da igual lo que digan. Lo único importante eres tú.
Pero ella ya no sonreía igual. Una noche, después de cenar tortilla y gazpacho en su pequeña cocina, me miró fijamente:
—Sergio, no quiero ser un problema para ti. Si tienes dudas… dímelo ahora.
Me quedé callado unos segundos eternos. Dudé. No de ella, sino de mí mismo: ¿sería capaz de soportar la presión? ¿De enfrentarme a todos por defender lo que sentía?
Recordé entonces una tarde en el Retiro, cuando Lucía me contó cómo había sufrido bullying en el colegio por su peso. Cómo aprendió a reírse antes de que se rieran de ella. Cómo soñaba con ser aceptada tal y como era.
—No pienso dejarte —le dije al fin—. Si hace falta, me enfrento al mundo entero.
A partir de ahí todo cambió. Empecé a responder a los comentarios con firmeza:
—¿Sabes qué? Lucía es la mejor persona que he conocido. Y si no podéis verlo, es vuestro problema.
Algunos amigos se alejaron; otros empezaron a mirar a Lucía con otros ojos cuando vieron lo feliz que me hacía. Mi madre tardó meses en invitarla otra vez a casa, pero cuando lo hizo, fue diferente: vio cómo Lucía cuidaba de mi abuela cuando enfermó y cómo me apoyaba cuando perdí el trabajo.
Un día cualquiera, paseando por la Gran Vía cogidos de la mano, Lucía se detuvo frente a un escaparate y me miró:
—¿De verdad crees que podremos con todo esto?
La abracé fuerte.
—Mientras estemos juntos, sí.
Hoy seguimos luchando contra prejuicios y miradas torcidas. Pero cada día estoy más seguro de que amar es esto: elegir al otro incluso cuando el mundo te dice que no deberías.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto ver más allá del físico? ¿Cuántas historias de amor se pierden por culpa del qué dirán? ¿Y si todos nos atreviéramos a amar sin miedo?