Cuando el mundo se derrumba: El grito de una madre española

—¿Por qué a nosotros, Dios mío? —susurré, apretando la mano de Álvaro mientras los pitidos del monitor llenaban la habitación blanca del hospital Gregorio Marañón. Mi hijo, con apenas ocho años, tenía los ojos cerrados y la piel tan pálida que parecía de cera. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con furia, como si el cielo compartiera mi rabia y mi miedo.

Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió. Era un martes cualquiera en nuestro piso de Vallecas. Yo preparaba lentejas y Álvaro jugaba con su hermana pequeña, Lucía. De repente, un grito. Corrí al salón y lo vi en el suelo, convulsionando. El tiempo se detuvo. Llamé a emergencias con las manos temblorosas y, desde ese instante, mi vida se partió en dos: antes y después de la enfermedad.

Al principio, todos estaban a mi lado. Mi marido, Antonio, me abrazaba fuerte y me decía que saldríamos adelante. Mi madre venía cada tarde a cuidar de Lucía. Mis amigas del trabajo me mandaban mensajes de ánimo. Pero las semanas pasaron, los diagnósticos se volvieron más oscuros y la gente empezó a desaparecer.

—Carmen, tienes que ser fuerte —me repetía Antonio, pero su voz sonaba cada vez más lejana. Empezó a quedarse más horas en el bar después del trabajo. Llegaba tarde, olía a alcohol y evitaba mirarme a los ojos.

Una noche, mientras velaba a Álvaro en el hospital, recibí un mensaje de mi hermana Pilar: “No puedo seguir viéndote así. Me parte el alma. Llámame cuando todo pase”. Sentí cómo una grieta se abría en mi pecho. ¿Cuándo iba a pasar? ¿Y si nunca pasaba?

Los médicos hablaban de leucemia, de tratamientos largos y dolorosos. Yo solo veía a mi niño apagándose poco a poco. Lucía preguntaba cada mañana si su hermano volvería a casa. Yo mentía con una sonrisa rota.

Un día, Antonio estalló:
—¡No puedo más! ¡Esto nos está destrozando! —gritó, golpeando la mesa de la cocina.
—¿Y crees que yo sí puedo? —le respondí entre lágrimas—. ¡Es nuestro hijo!
Él se fue dando un portazo. No volvió esa noche.

La soledad se hizo mi única compañera. En el hospital, las otras madres hablaban en voz baja sobre mí:
—Dicen que Carmen está perdiendo la cabeza…
—¿Has visto cómo ha adelgazado? No es bueno para los niños ver a sus madres así…

Me convertí en un fantasma, invisible para todos menos para Álvaro. Él me miraba con esos ojos grandes y asustados:
—Mamá, ¿me voy a morir?
—No digas tonterías, cariño —le susurraba, tragándome el llanto—. Vas a ponerte bien.

Pero ni yo misma lo creía ya.

Un día, Pilar vino al hospital después de semanas sin aparecer. Se sentó a mi lado y me miró con lástima.
—Carmen, tienes que dejar que otros te ayuden…
—¿Quién? —le espeté—. ¿Tú? ¿Mamá? ¿Antonio? Todos habéis desaparecido cuando más os necesitaba.
Ella bajó la mirada y no dijo nada más.

Las facturas se acumulaban en la mesa del comedor. El banco me llamó para avisarme de un recibo devuelto. En el trabajo empezaron a insinuar que mi puesto peligraba si seguía faltando tanto.

Una tarde, mientras volvía del hospital bajo la lluvia, vi a Antonio abrazado a otra mujer en la puerta del bar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No dije nada. Solo seguí caminando, empapada y rota.

En casa, Lucía me esperaba con un dibujo:
—Es para Álvaro —me dijo—. Para que no tenga miedo.
La abracé tan fuerte que pensé que podía romperla.

Las semanas se convirtieron en meses. Álvaro perdió el pelo y la sonrisa. Yo perdí la fe en casi todo. Solo me mantenía en pie por Lucía y por él.

Una noche, mientras le leía un cuento a Álvaro en la cama del hospital, él me interrumpió:
—Mamá… ¿por qué ya no viene papá?
No supe qué decirle. Le acaricié la frente y le mentí otra vez:
—Está trabajando mucho para que puedas volver pronto a casa.

Pero Álvaro ya no era un niño ingenuo. Me miró con una tristeza infinita:
—No quiero estar solo.

Me quedé despierta toda la noche mirando el techo blanco del hospital, preguntándome dónde estaba el amor que nos habíamos prometido como familia. ¿Por qué todos huyen cuando más los necesitas? ¿Por qué pesa tanto la soledad cuando el dolor es insoportable?

Un día cualquiera, mientras esperaba los resultados de una analítica, una enfermera se sentó a mi lado.
—Carmen, tienes que cuidarte tú también —me dijo con dulzura—. No puedes salvar a tu hijo si te pierdes tú primero.
Lloré como no había llorado nunca. Por fin alguien veía mi dolor sin juzgarme.

Hoy sigo luchando por Álvaro y por Lucía. Antonio ya no vive con nosotros; dice que necesita tiempo para entender lo que siente. Mi madre viene de vez en cuando, pero siempre parece tener prisa por irse. Pilar me manda mensajes vacíos de ánimo desde lejos.

He aprendido a vivir con el miedo y la incertidumbre como compañeras diarias. Pero también he descubierto una fuerza en mí que no sabía que existía.

A veces me pregunto: ¿Dónde se esconde la compasión cuando más falta hace? ¿Por qué nos cuesta tanto mirar de frente el dolor ajeno? ¿Alguna vez volveré a confiar en los demás como antes?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez esa soledad brutal cuando más necesitabais apoyo? ¿Por qué creéis que la gente huye del sufrimiento ajeno?