Cuando la abuela eligió a quién cuidar: una historia de familia y decepción
—No puedo, Lucía, de verdad que no puedo. Estoy muy cansada, la espalda me mata y los médicos me han dicho que descanse —me repitió Carmen, mi suegra, mientras yo sostenía a mi hijo Mateo, de apenas dos semanas, con los ojos llenos de lágrimas y las manos temblorosas del agotamiento.
Era una tarde de enero en Madrid, el frío se colaba por las ventanas del piso y yo sentía que el mundo se me venía encima. Mi marido, Álvaro, trabajaba hasta tarde en el hospital y yo apenas podía ducharme o comer algo decente. Habíamos contado con la ayuda de Carmen, como ella misma había prometido durante el embarazo: “Cuando nazca el niño, aquí estaré para lo que necesitéis”. Pero ahora, con Mateo llorando a todas horas y yo al borde del colapso, Carmen se escudaba en su edad y sus achaques.
—Mamá, solo te pedimos que vengas un par de horas por las mañanas. No tienes que hacer nada pesado —insistió Álvaro por teléfono una noche, mientras yo escuchaba desde la cocina, apretando los dientes para no llorar otra vez.
—Hijo, no entiendes lo que es cumplir sesenta. El cuerpo ya no responde igual. No quiero ser una carga —respondió ella con voz cansada.
Intenté comprenderla. De verdad lo intenté. Pero cada vez que veía a otras abuelas en el parque empujando carritos o recogiendo a sus nietos del colegio, sentía una punzada de rabia y tristeza. ¿Por qué Carmen no podía hacer lo mismo por nosotros?
Las semanas pasaron y aprendí a sobrevivir con poco sueño y mucha paciencia. Mi madre vive en Valencia y solo podía venir de vez en cuando. Álvaro hacía lo que podía, pero su trabajo era absorbente. Empecé a sentirme sola, invisible, como si mi maternidad fuera una carga solo mía.
Un día de abril, mientras paseaba a Mateo por el barrio para que se durmiera, vi a Carmen en una terraza con su hija Laura. Laura estaba embarazada de ocho meses y Carmen le acariciaba la barriga con una sonrisa radiante. Me acerqué para saludar y Carmen me miró con sorpresa.
—¡Lucía! ¡Qué bien te veo! ¿Y ese niño tan guapo? —dijo Carmen, como si no hubiera pasado nada.
Laura me abrazó y hablamos un rato. Carmen no mencionó ni una sola vez lo cansada que estaba. Al contrario, le contaba a Laura todos los planes que tenía para ayudarla cuando naciera su bebé: “Me quedaré contigo las primeras semanas, te prepararé calditos y te enseñaré a bañar al niño”.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Dónde estaba esa energía cuando yo la necesitaba? ¿Por qué para Laura sí y para mí no?
Esa noche se lo conté a Álvaro. Al principio no quiso creerlo.
—Seguro que mamá solo quiere animar a Laura, ya sabes cómo es —me dijo, intentando restarle importancia.
Pero los días siguientes confirmaron mis sospechas. Carmen empezó a pasar más tiempo en casa de Laura, ayudándola a preparar la habitación del bebé, comprando ropa y hasta pintando las paredes. Cuando nació Daniel, el hijo de Laura, Carmen se mudó temporalmente con ella. Publicaba fotos en el grupo familiar de WhatsApp: “Primer baño de Daniel con la abuela”, “Paseo matutino con mi nieto”.
Yo miraba esas fotos desde mi móvil mientras Mateo lloraba en mis brazos y sentía cómo la rabia me quemaba por dentro.
Una tarde, después de una noche especialmente dura con Mateo enfermo de fiebre, llamé a Carmen casi sin pensar.
—Carmen, ¿puedes venir? Mateo está malito y necesito ayuda —le pedí con voz temblorosa.
—Ay, Lucía… ahora mismo estoy con Daniel. Laura está muy cansada y no puedo dejarla sola —me respondió sin dudar.
Colgué el teléfono y rompí a llorar. Álvaro llegó poco después y me encontró hecha un ovillo en el sofá.
—No puedo más —le dije—. No entiendo por qué tu madre nos trata así.
Álvaro guardó silencio largo rato. Al día siguiente fue a hablar con Carmen cara a cara. Volvió serio, más serio de lo que le había visto nunca.
—Mamá dice que Laura siempre ha sido más frágil, que necesita más apoyo… Que contigo sabe que te las arreglas sola —me contó con voz apagada.
Sentí una mezcla de furia e impotencia. ¿Acaso ser fuerte es motivo para recibir menos amor? ¿Por qué tenía que demostrar siempre que podía con todo?
Las semanas pasaron y la distancia entre nosotros y Carmen creció como una grieta imposible de cerrar. Mateo cumplió un año y celebramos su cumpleaños solos, sin abuelos ni tíos. Vi las fotos del bautizo de Daniel en casa de Laura: todos juntos, sonriendo alrededor del bebé.
A veces pienso si hice algo mal, si podría haber sido más dulce o menos orgullosa. Pero luego recuerdo todas esas noches sola con Mateo y sé que di todo lo que tenía.
Hoy miro a mi hijo jugar en el parque y me pregunto si algún día entenderá por qué su abuela nunca vino a verle cuando más la necesitábamos.
¿Es justo tener que elegir entre los hijos? ¿O acaso hay heridas familiares que nunca sanan? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?