Cuando la Esperanza se Apaga: La Historia de Lucía

—¿De verdad crees que puedes con todo, Lucía? —me preguntó mi madre por teléfono, su voz temblorosa, como si supiera que estaba al borde del abismo.

No respondí. Miré el techo de mi habitación, sintiendo el peso de las lágrimas que no me atrevía a dejar caer. Era una tarde de noviembre en Madrid, y la lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar y arrastrarme con ella. Mi marido, Sergio, no había vuelto a casa desde hacía dos noches. El banco había dejado una carta esa mañana: si no pagábamos la hipoteca en dos semanas, nos echarían del piso. Y mis hijos, Marta y Álvaro, jugaban en el salón ajenos a la tormenta que se desataba en mi interior.

No sé en qué momento exacto mi vida se desmoronó. Quizá fue cuando encontré los mensajes en el móvil de Sergio, palabras dulces dirigidas a otra mujer, promesas de una vida juntos. O tal vez fue cuando me despidieron del trabajo en la tienda de ropa, porque las ventas iban mal y «no podían permitirse mantener a todos». Lo cierto es que todo se acumuló hasta formar una montaña imposible de escalar.

—Mamá, ¿qué hay de cenar? —gritó Marta desde el pasillo.

Me levanté como un autómata y fui a la cocina. Abrí la nevera: un par de huevos, algo de leche y un trozo de queso seco. Preparé una tortilla mientras escuchaba las risas de mis hijos. ¿Cómo podía seguir adelante cuando sentía que me ahogaba? ¿Cómo podía ser fuerte para ellos si yo misma estaba rota?

Esa noche, cuando acosté a los niños, me encerré en el baño y dejé que las lágrimas fluyeran. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, el pelo recogido a toda prisa, la piel pálida. Recordé los días felices con Sergio, las vacaciones en la playa de Benidorm, las promesas de amor eterno. ¿En qué momento se había ido todo al traste?

Al día siguiente, Sergio apareció por la mañana. Olía a colonia barata y tenía los ojos rojos.

—Lucía, tenemos que hablar —dijo sin mirarme.

—¿Hablar? ¿Ahora te acuerdas de que tienes familia? —le espeté, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.

—No es tan fácil… —balbuceó—. Estoy agobiado, no sé qué hacer.

—¿Y crees que yo sí lo sé? —le grité—. ¡Nos van a echar de casa! ¡Tus hijos te necesitan! ¡Yo te necesito!

Sergio bajó la cabeza y murmuró algo ininteligible antes de salir dando un portazo. Me quedé temblando, con las manos apretadas contra el pecho para no romperme del todo.

Los días siguientes fueron una sucesión de llamadas al banco, entrevistas de trabajo fallidas y noches sin dormir. Mi madre venía a veces a ayudarme con los niños, pero yo no quería preocuparla más de lo necesario. Una tarde, mientras Marta hacía los deberes y Álvaro dibujaba en el suelo, recibí una llamada inesperada.

—¿Lucía González? Le llamamos del comedor social del barrio. Nos han dicho que está pasando por un mal momento…

Al principio me negué rotundamente. ¿Yo? ¿Recibir ayuda? Pero esa noche, viendo a mis hijos cenar pan con leche, supe que tenía que tragarme el orgullo.

El comedor social era un lugar humilde pero cálido. Allí conocí a Carmen, una mujer mayor que me sonrió con ternura.

—Aquí todas hemos pasado por algo —me dijo mientras servía sopa—. No estás sola.

Esas palabras fueron como un bálsamo. Poco a poco empecé a hablar con otras mujeres: Ana, que había perdido a su marido en un accidente; Pilar, madre soltera con tres hijos; Rosario, recién llegada de Extremadura buscando trabajo en Madrid. Compartíamos historias y silencios, lágrimas y risas tímidas.

Una tarde Carmen me animó:

—¿Por qué no ayudas aquí unas horas? Así te distraes y conoces gente.

Acepté casi sin pensarlo. Pronto me vi pelando patatas y sirviendo platos mientras escuchaba confidencias ajenas. Sentí que recuperaba algo de dignidad y fuerza.

Mientras tanto, Sergio seguía ausente. A veces llamaba para preguntar por los niños, pero nunca preguntaba por mí. Un día apareció con una bolsa de comida y una mirada culpable.

—Lo siento, Lucía… No sé cómo arreglar esto —dijo.

—No puedes arreglarlo solo —le respondí—. Pero tampoco puedes huir siempre.

Él asintió y se marchó sin decir más.

El plazo del banco se agotaba y yo aún no tenía trabajo fijo. Una noche, después de acostar a los niños, me senté en la cama y escribí una carta para Sergio:

«Sergio,
No sé si esto tiene arreglo o si solo estamos alargando lo inevitable. Pero nuestros hijos merecen algo mejor que esta incertidumbre constante. Si decides quedarte, tendrás que luchar conmigo. Si decides irte, tendrás que ser valiente y decírmelo a la cara. Yo ya no puedo más sola.
Lucía»

Dejé la carta sobre la mesa del salón y me fui a dormir con el corazón encogido.

A la mañana siguiente encontré a Sergio sentado en el sofá, llorando en silencio.

—He leído tu carta —dijo—. No quiero perderos. He pedido ayuda en casa de mi hermano para buscar trabajo en la obra. No sé si podremos salvar el piso… pero quiero intentarlo contigo.

Nos abrazamos largo rato sin decir nada más. No era un final feliz ni mucho menos; seguíamos teniendo miedo y dudas. Pero por primera vez en meses sentí una chispa de esperanza.

Conseguimos retrasar el desahucio gracias a la ayuda del comedor social y al apoyo de algunas vecinas que firmaron una petición al ayuntamiento. Sergio empezó a trabajar como peón y yo encontré un empleo limpiando oficinas por las mañanas. No era la vida que soñamos juntos cuando éramos jóvenes e ingenuos, pero era nuestra vida y estábamos luchando por ella.

A veces pienso en todo lo que hemos perdido… pero también en lo que hemos ganado: dignidad, solidaridad y una fuerza que nunca imaginé tener.

¿Quién no ha sentido alguna vez que ya no puede más? ¿Qué haríais vosotros si os vierais al borde del abismo?