Cuando la sangre duele: La decisión de Carmen

—¿De verdad crees que no me doy cuenta, Sergio? —escupí las palabras, temblando, mientras sostenía la carta del banco en la mano. Mi nieto me miró con esa mezcla de vergüenza y desafío que sólo los jóvenes pueden permitirse cuando creen que todo les pertenece por derecho.

Era una tarde lluviosa en Madrid, el cielo gris reflejaba el peso que sentía en el pecho. Había encontrado por casualidad unos papeles en el cajón del mueble del salón, mientras buscaba las fotos antiguas para el cumpleaños de mi difunta hermana. Entre facturas y recibos, un documento resaltaba: una solicitud de información sobre la titularidad de mi piso en Chamberí. El remitente era Sergio, mi nieto mayor, el mismo al que crié cuando su madre, mi hija Lucía, se marchó a Barcelona buscando un futuro mejor.

—Abuela, no es lo que piensas… —empezó a decir, pero le interrumpí con un gesto seco.

—¿Entonces qué es? ¿Por qué quieres saber si el piso está sólo a mi nombre? ¿Por qué has hablado con ese abogado sin decírmelo?

Sergio bajó la mirada. Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Recordé las noches en las que le preparaba chocolate caliente cuando tenía fiebre, los cuentos inventados para que pudiera dormir cuando extrañaba a su madre. ¿En qué momento se había convertido en alguien capaz de traicionarme así?

—Es que… mamá dice que podrías enfermarte y… bueno, sería mejor tenerlo todo arreglado —balbuceó.

—¿Arreglado para quién? —mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía. El eco retumbó en las paredes del piso, ese mismo piso donde había criado a mis hijos y donde ahora sentía que todo se desmoronaba.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama, repasando cada conversación, cada gesto de los últimos meses. ¿Había sido tan ingenua? ¿Había confundido amor con dependencia? Al amanecer, tomé una decisión. No iba a esperar a que me arrebataran lo único que era realmente mío.

Llamé a mi amiga Pilar, la vecina del tercero, y le conté todo entre sollozos. Ella me abrazó fuerte y me dijo: —Carmen, no eres la primera ni serás la última. Pero aún puedes decidir tú.

Así fue como empecé a buscar inmobiliarias. Me sentí como una traidora, pero también como una mujer libre por primera vez en años. Cuando vino el agente a tasar el piso, Sergio apareció sin avisar.

—¿Qué haces? ¿Vas a venderlo? —me gritó delante del desconocido.

—Sí, Sergio. No voy a esperar a que decidáis por mí. Este piso es mi vida y mi historia, pero no quiero que se convierta en motivo de guerra entre vosotros.

Él se marchó dando un portazo. Esa noche Lucía me llamó desde Barcelona:

—Mamá, ¿cómo puedes hacerle esto a tu nieto? ¿No ves que sólo quiere ayudarte?

—¿Ayudarme o asegurarse de que no le falte nada cuando yo falte? —respondí con voz cansada.

El silencio al otro lado fue más doloroso que cualquier palabra.

Durante semanas sentí el rechazo de mi familia. Mi hija dejó de llamarme y Sergio apenas me miraba cuando venía a recoger sus cosas. Pero también sentí algo nuevo: dignidad. Empecé a salir más con Pilar, a apuntarme a clases de pintura en el centro cultural del barrio. Descubrí que aún podía reírme, incluso sola.

El día de la firma fue extraño. Lloré al entregar las llaves al nuevo propietario, un joven matrimonio con una niña pequeña. Les deseé toda la felicidad del mundo en esas paredes llenas de recuerdos.

Con el dinero compré un pequeño apartamento en Alcorcón y doné parte a una asociación de mujeres mayores solas. No lo hice por despecho, sino porque entendí que la vida es demasiado corta para vivir con miedo o rencor.

Un mes después, Sergio vino a verme. Tenía los ojos rojos y la voz temblorosa:

—Lo siento, abuela. No quería hacerte daño. Pensé que era lo mejor para todos…

Le abracé fuerte. No le guardaba rencor, pero tampoco podía olvidar lo ocurrido.

Ahora, cada vez que miro por la ventana de mi nuevo hogar y veo los árboles del parque, me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo han tenido que elegir entre su familia y su propia paz? ¿De verdad es justo que los mayores tengamos que defender lo poco que nos queda incluso de quienes más queremos?

¿Y tú? ¿Qué harías si descubrieras una traición así en tu propia familia?