Cuando la sangre duele: La herencia de los García
—¿Así que esto es lo que valgo para ti, Ana? —La voz de Marcos retumbó en el salón vacío, donde aún flotaba el olor a café frío y a resentimiento antiguo.
Me quedé de pie, con las manos temblorosas sobre la mesa de madera que tantas veces nos había reunido. El testamento de mis padres, abierto hacía apenas una hora, yacía entre nosotros como una grieta imposible de saltar. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales del piso en Chamberí, pero dentro el verdadero aguacero era de palabras no dichas y miradas que dolían más que cualquier bofetada.
—No es eso, Marcos. No es el dinero. Es… —Mi voz se quebró. ¿Cómo explicarle que lo que me dolía no era la cantidad que me correspondía, sino la forma en que él me miraba ahora? Como si fuera una extraña.
Éramos solo dos hermanos. Mis padres, Carmen y Antonio, habían trabajado toda su vida en una pequeña librería del barrio. Nunca fuimos ricos, pero tampoco nos faltó nada. Recuerdo las tardes de verano en el pueblo de Segovia, los paseos por la Dehesa con mamá, las historias de papá sobre la Guerra Civil. Éramos una familia normal, con nuestras discusiones y reconciliaciones. Hasta que la enfermedad llegó como un ladrón silencioso.
Primero fue mamá. El cáncer la apagó en menos de un año. Papá no tardó mucho en seguirla; dicen que hay corazones que no soportan tanta ausencia. Y entonces quedamos solos, Marcos y yo, frente a un piso modesto en Madrid y una cuenta bancaria que apenas daba para cubrir los gastos del entierro.
Pero el verdadero tesoro era la librería. «La Luz de Cervantes» había sido el sueño de nuestros padres y el refugio de nuestra infancia. Yo quería mantenerla abierta, seguir su legado. Marcos, en cambio, solo veía facturas y números rojos.
—Ana, no podemos vivir de recuerdos —me espetó él una tarde, mientras revisábamos los papeles del negocio—. Hay que venderla. Es lo más sensato.
—¿Y todo lo que significó para ellos? ¿Para nosotros? —le respondí con lágrimas en los ojos.
—No seas ingenua. El mundo ha cambiado. Nadie lee ya como antes.
Esa frase me atravesó como un cuchillo. Desde entonces, cada conversación era una batalla. Mi tía Pilar intentó mediar, pero solo consiguió que Marcos se encerrara más en sí mismo. Mi prima Lucía me llamaba por las noches para consolarme: «No le hagas caso, Ana. Está dolido también».
Pero yo veía otra cosa en los ojos de mi hermano: rencor acumulado durante años. Por ser la hija «responsable», la que se quedó a cuidar a papá cuando él se fue a Barcelona a buscarse la vida. Por ser la preferida de mamá, según él. Por todo lo que nunca nos dijimos.
El día del notario fue el principio del fin. El testamento repartía todo a partes iguales, pero dejaba la decisión sobre la librería en nuestras manos. Yo propuse gestionarla juntos; Marcos se negó en redondo.
—¿Para qué? Tú siempre haces lo que quieres —me dijo con desprecio.
—Eso no es cierto… —intenté defenderme.
—¿Ah, no? ¿Y quién decidió quedarse aquí mientras yo me partía el lomo fuera? ¿Quién convenció a papá para no vender cuando aún tenía valor?
Me sentí pequeña, culpable y furiosa al mismo tiempo. La discusión subió de tono hasta que los vecinos llamaron a la puerta para pedir silencio.
Pasaron semanas sin hablarnos. Yo iba cada día a la librería, limpiaba el polvo de los estantes y lloraba entre las novelas de Galdós y los poemas de Machado. Los clientes habituales venían menos; algunos preguntaban por Marcos, otros me miraban con lástima.
Una tarde, mientras cerraba la caja registradora, entró Marcos sin avisar. Llevaba el rostro demacrado y los ojos rojos.
—He hablado con un agente inmobiliario —dijo sin rodeos—. Hay una oferta seria por el local.
Sentí cómo se me caía el mundo encima.
—No puedes hacerme esto —susurré.
—No te lo hago a ti, Ana. Me lo hago a mí mismo. Necesito empezar de cero.
La rabia me hizo perder el control:
—¡Siempre piensas solo en ti! ¡Nunca te importó esta familia!
Marcos se quedó callado unos segundos antes de responder:
—¿Y tú crees que a mí no me duele? ¿Que no echo de menos a mamá cada día? Pero no podemos vivir anclados al pasado.
Esa noche no dormí. Llamé a Lucía entre sollozos; ella me escuchó en silencio y luego me dijo algo que aún resuena en mi cabeza:
—A veces hay que dejar ir para poder seguir adelante, Ana.
Al día siguiente firmamos los papeles de venta. La librería cerró sus puertas para siempre un viernes lluvioso de noviembre. Vinieron algunos vecinos a despedirse; otros ni siquiera se enteraron hasta semanas después.
Marcos y yo nos abrazamos torpemente al final del día. No hubo palabras bonitas ni promesas de reconciliación. Solo un silencio incómodo y la certeza de que algo se había roto para siempre entre nosotros.
Hoy vivo en un piso pequeño cerca del Retiro. Trabajo como profesora en un instituto público y cada vez que paso por delante del local vacío donde estaba «La Luz de Cervantes», siento una punzada en el pecho.
A veces me pregunto si mereció la pena luchar tanto por algo material, si el dinero realmente compensa la soledad que vino después.
¿De verdad el amor familiar puede romperse tan fácilmente por una herencia? ¿O es solo que nunca aprendimos a hablar de lo que realmente importa?