Cuando la tormenta llama a la puerta: El secreto de Lucía

—¡Abuela, abre!— gritó una voz aguda entre el estruendo de la tormenta. Corrí descalza por el pasillo, con el corazón golpeando en mi pecho como si quisiera escapar. Al abrir la puerta, la lluvia me azotó la cara y allí estaba ella: mi nieta Alba, empapada, con los ojos desorbitados y abrazando una mochila como si fuera un salvavidas. No había rastro de Lucía, mi hija. Ni una nota, ni un mensaje, ni siquiera una llamada perdida en el móvil.

—¿Dónde está tu madre?— pregunté, intentando que mi voz no temblara.

Alba bajó la mirada. —No lo sé, abuela. Me dijo que me quedara contigo esta noche… y luego se fue corriendo.

La llevé adentro, le sequé el pelo y le puse un pijama viejo de cuando Lucía era pequeña. Mientras Alba se dormía en el sofá, yo me senté en la cocina, mirando la lluvia golpear los cristales. El reloj marcaba las tres de la mañana y cada minuto era una punzada de angustia. ¿Dónde estaba mi hija? ¿Por qué había dejado a Alba así?

Las horas pasaron lentas. Llamé a todos los contactos de Lucía: su amiga Marta, su jefe en la librería, incluso a su exmarido Sergio. Nadie sabía nada. «Lucía lleva semanas rara», me dijo Marta al final. «No quiere hablar con nadie».

A la mañana siguiente, Alba seguía sin querer hablar. Solo repetía: «Mamá me dijo que todo iba a salir bien». Pero yo conocía esa mirada: era miedo disfrazado de esperanza.

Los días siguientes fueron un infierno. La policía vino a casa, hicieron preguntas, revisaron las pertenencias de Lucía. Encontraron una carta arrugada en su bolso: «Perdóname por no ser suficiente». No había firma, pero reconocí su letra. Me sentí caer en un abismo. ¿Qué había hecho mal como madre? ¿En qué momento Lucía dejó de confiar en mí?

Mi hermana Carmen vino desde Zamora para ayudarme con Alba. «No puedes culparte por todo», me decía mientras preparaba lentejas en la cocina. Pero yo no podía evitarlo. Recordaba las discusiones con Lucía cuando era adolescente: sus silencios, sus portazos, su forma de mirar por la ventana como si quisiera escapar de esta casa vieja y de mí.

Una tarde, mientras Alba dibujaba en el salón, encontré una caja escondida bajo la cama de Lucía. Dentro había fotos antiguas, cartas sin enviar y un diario. Dudé antes de abrirlo, pero la desesperación pudo más que la culpa.

«A veces siento que no encajo ni aquí ni en ningún sitio», leía en una página. «Mamá nunca lo entenderá. Siempre espera que sea fuerte, que no me queje… pero yo solo quiero desaparecer».

Las palabras me atravesaron como cuchillos. ¿Tan ciega había estado? ¿Tanto dolor llevaba Lucía por dentro?

Esa noche soñé con ella: era pequeña otra vez y corría por el parque de La Alamedilla, riendo mientras yo intentaba alcanzarla. Al despertar, sentí una mezcla de nostalgia y rabia conmigo misma.

Alba empezó a hacer preguntas incómodas: «¿Por qué mamá está triste? ¿Es culpa mía?» La abracé fuerte y le prometí que nada era culpa suya, aunque yo misma no estuviera segura de nada.

Una tarde recibí una llamada anónima. Una voz temblorosa susurró: «Lucía está bien… necesita tiempo» y colgó antes de que pudiera preguntar más. La policía rastreó la llamada hasta una cabina cerca del río Tormes. Fui hasta allí con Carmen y Alba; buscamos entre los bancos, preguntamos a los vecinos, pero nadie había visto nada.

Los rumores empezaron a circular por el barrio: que Lucía se había fugado con un hombre casado; que tenía problemas con las drogas; que estaba enferma y no quería preocuparnos. Cada rumor era una puñalada más.

Una noche, mientras cenábamos en silencio, Alba rompió a llorar. «Mamá me dijo que tenía un secreto… que si algún día desaparecía, tenía que buscar en el armario azul».

Corrí al armario azul del pasillo. Allí, pegada con celo bajo una balda, encontré una carta dirigida a mí:

«Mamá,
Sé que esto te va a doler más que nada en el mundo. Pero necesito encontrarme lejos de todo lo que conozco. No es culpa tuya ni de Alba; es algo mío, algo roto desde hace años y que no sé cómo arreglar. Cuida de mi hija como solo tú sabes hacerlo. Si algún día puedo volver a ser yo misma, volveré.
Te quiero siempre,
Lucía»

Me derrumbé en el suelo del pasillo, abrazando la carta contra el pecho mientras Carmen y Alba me rodeaban en silencio.

Pasaron semanas sin noticias. Aprendí a vivir con la ausencia: preparaba el desayuno para Alba cada mañana, le ayudaba con los deberes, le contaba historias sobre su madre cuando era niña. Pero cada noche miraba el móvil esperando un mensaje que nunca llegaba.

Un día cualquiera —un martes gris— recibí una postal desde Barcelona: «Estoy bien. No os preocupéis por mí». No había firma, pero reconocí la caligrafía temblorosa de Lucía.

A veces pienso si hice lo correcto como madre; si debí escuchar más y juzgar menos; si debí preguntar menos por las notas y más por sus miedos. Ahora solo me queda esperar y cuidar de Alba como ella me pidió.

¿De verdad conocemos a nuestros hijos? ¿O solo vemos lo que queremos ver? ¿Cuántos secretos caben en el silencio de una familia española?