Cuando la vida se apaga: El lienzo vacío de mi alma
—¿Otra vez con los pinceles, Álvaro? ¿No ves que eso no te va a dar de comer?— La voz de mi madre retumbó en la cocina, mezclándose con el olor a cocido y la radio encendida con noticias de fondo. Me quedé quieto, el pincel suspendido en el aire, mirando el lienzo blanco que parecía burlarse de mí.
No era la primera vez que escuchaba esas palabras. En Villanueva del Campo, un pueblo donde todos se conocen y nadie se sale del camino marcado, ser artista es casi un pecado. Mi padre, Julián, siempre decía que los hombres de verdad trabajan en el campo o en la carpintería, como él. Mi hermana Lucía, más práctica, me animaba a buscar un trabajo «de verdad» en la capital. Pero yo… yo solo quería pintar.
A veces me preguntaba si estaba maldito. Cada mañana me levantaba con la esperanza de que ese día los colores volverían a mi vida, pero solo veía grises. El pueblo era una sucesión de casas encaladas, calles vacías y miradas llenas de juicio. Mis amigos de la infancia se habían ido a Madrid o Barcelona; los que quedaban aquí parecían resignados a una vida sin sobresaltos.
Una tarde de otoño, mientras pintaba en la plaza, se acercó don Ernesto, el cura del pueblo. —Álvaro, hijo, ¿por qué no pintas algo para la iglesia? Un mural de la Virgen, por ejemplo. Así al menos tu arte serviría para algo—. Sentí una punzada en el pecho. ¿Servir para algo? ¿Acaso mi arte no tenía valor si no era útil para los demás?
Esa noche discutí con mi padre. —No entiendo por qué te empeñas en perder el tiempo— me gritó. —Mira a tu primo Sergio: ya tiene su propia panadería y tú sigues aquí, con tus cuadros que nadie compra—. Salí de casa dando un portazo, con lágrimas en los ojos y el corazón hecho trizas.
Me refugié en el taller que había montado en el antiguo granero. Allí, rodeado de lienzos inacabados y tubos de óleo secos, sentí que el silencio me ahogaba. Cogí un pincel y lo lancé contra la pared. —¡¿Por qué no puedo ser como los demás?!— grité al vacío.
Durante semanas caí en una rutina gris: desayunar solo, pasear por el campo sin rumbo, intentar pintar sin éxito. La inspiración me había abandonado y yo no sabía cómo recuperarla. Empecé a evitar a la gente; incluso Lucía dejó de llamarme porque siempre le respondía con monosílabos.
Un día, mientras caminaba por el río, vi a una niña sentada en la orilla, dibujando en una libreta. Me acerqué y le pregunté qué hacía. —Estoy pintando el agua— me dijo con una sonrisa tímida. Me senté a su lado y observé cómo mezclaba los colores con los dedos, sin miedo a equivocarse.
—¿No te da miedo que no te salga bien?— le pregunté.
—No— respondió encogiéndose de hombros—. Si no me gusta, lo vuelvo a intentar.
Sus palabras me golpearon como un relámpago. ¿Cuándo había dejado yo de intentarlo? ¿Cuándo había empezado a tener tanto miedo al fracaso?
Esa noche volví al taller y saqué todos mis lienzos viejos. Empecé a pintar sin pensar en lo que dirían los demás, sin preocuparme por vender o agradar. Pinté mi tristeza, mi rabia, mi soledad… pero también los recuerdos felices: las fiestas del pueblo, las tardes con Lucía jugando al escondite, el primer beso bajo la lluvia.
Poco a poco, los colores regresaron a mi vida. No fue fácil: hubo días en los que quería rendirme, noches en las que lloraba hasta quedarme dormido. Pero cada vez que terminaba un cuadro sentía que recuperaba una parte de mí mismo.
Un sábado por la mañana, Lucía apareció en el taller con una sonrisa nerviosa.
—He hablado con una amiga que trabaja en una galería en Toledo— me dijo—. Quiere ver tus cuadros.
Sentí miedo y emoción al mismo tiempo. ¿Y si no le gustaban? ¿Y si volvía a fracasar? Pero recordé las palabras de la niña del río y decidí arriesgarme.
La exposición fue un pequeño milagro: algunas personas se emocionaron al ver mis cuadros; otras simplemente pasaron de largo. Pero por primera vez sentí que mi arte tenía sentido, aunque solo fuera para mí.
Mi padre vino a verme después de la inauguración. No dijo nada al principio; solo miró mis cuadros en silencio. Finalmente murmuró: —No lo entiendo… pero veo que eres feliz—. Me abrazó torpemente y supe que, aunque nunca compartiría mi pasión, al menos había aprendido a respetarla.
Hoy sigo viviendo en Villanueva del Campo. Sigo luchando contra los prejuicios y las dudas, pero ya no me siento solo ni vacío. He aprendido que el valor del arte no está en lo que piensen los demás, sino en lo que significa para uno mismo.
A veces me pregunto: ¿Cuántos sueños se apagan cada día por miedo al qué dirán? ¿Cuántas vidas se quedan sin color porque nadie se atreve a pintar su propio camino?