Cuando las puertas se abren: Regreso al pueblo y heridas familiares

—¿Vas a quedarte ahí parada como una estatua o vas a ayudarme con la mesa?— La voz de mi madre, Carmen, retumba en el pasillo mientras yo, con la maleta aún en la mano, intento respirar hondo. El olor a cocido y lejía me golpea como un recuerdo de infancia: los domingos eternos, las broncas por cualquier tontería, las miradas de mi padre, Antonio, siempre tan duras.

No he pisado esta casa en dos años. Desde que me fui a Madrid, solo he vuelto para funerales o compromisos ineludibles. Pero hoy, cuando mamá me llamó diciendo que venían los primos de Zaragoza y que necesitaba ayuda, sentí esa mezcla de culpa y rabia que me acompaña desde niña. ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que cede?

Dejo la maleta junto a la puerta y entro en la cocina. Mi hermana Lucía ya está allí, cortando pan con una precisión casi militar. Ni me mira. —Hola— susurro. Ella ni responde. El silencio entre nosotras pesa más que cualquier discusión.

Mi padre aparece en la puerta, se limpia las manos en el pantalón y me observa como si fuera una extraña. —¿Ya has dejado el trabajo ese tan importante para venir a vernos?— Su tono es ácido, como siempre. Me muerdo la lengua para no saltar. No quiero empezar otra guerra.

Mientras ayudo a poner la mesa, escucho los cuchicheos de mi madre y Lucía. Hablan de mí como si no estuviera presente: “Ya sabes cómo es Marta…”, “Siempre tan rara…”, “Nunca contenta con nada…”. Me arde la cara de vergüenza y rabia. ¿Por qué nunca pueden aceptarme tal y como soy?

Llaman al timbre. Los primos llegan con risas y abrazos exagerados. Mi tía Pilar me da dos besos y comenta lo delgada que estoy. Mi primo Sergio pregunta si sigo soltera, si no he encontrado aún “un buen chico”. Me río por compromiso, pero por dentro me siento cada vez más pequeña.

La comida es un campo de minas. Mi padre presume del trabajo de Lucía en el ayuntamiento, de lo bien que le va a mi primo en la empresa familiar. Cuando llega mi turno, apenas dice: —Marta está en Madrid, haciendo… cosas de esas modernas—. Todos ríen. Yo trago saliva.

En un momento dado, Lucía suelta: —Claro, como tú siempre has sido la lista…—. La frase queda flotando en el aire. Mi madre intenta cambiar de tema, pero yo ya no puedo más.

—¿Por qué siempre tenéis que hacerme sentir menos? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?— Mi voz tiembla, pero no bajo la mirada.

El silencio es brutal. Mi padre se levanta y sale al patio. Mi madre baja la cabeza. Lucía me mira con una mezcla de odio y tristeza.

—No es tan fácil para nosotras— dice Lucía al fin—. Tú te fuiste y nos dejaste aquí con todo.

—¿Con todo el qué? ¿Con mamá y papá? ¿Con el pueblo? Yo solo quería respirar…

Mi madre rompe a llorar. —Siempre pensé que te perdería… Que te irías y no volverías nunca más.

Me acerco a ella y le cojo la mano. —Mamá, nunca quise hacerte daño. Solo quería ser yo misma.

La tarde avanza entre silencios incómodos y miradas furtivas. Cuando los primos se van, mi padre regresa del patio y se sienta frente a mí.

—¿Sabes?— dice sin mirarme— Yo tampoco lo tuve fácil con mi padre. Pero nunca me fui.

—Quizá deberías haberlo hecho— respondo bajito.

Él me mira por primera vez en años con algo parecido a ternura. —Quizá sí…

Esa noche no puedo dormir. Escucho a mis padres hablar en voz baja en el salón. Oigo mi nombre varias veces, pero no entiendo las palabras. Me levanto y salgo al jardín. El aire huele a tierra mojada y a promesas rotas.

Lucía aparece junto a mí, envuelta en una manta.

—¿Te acuerdas cuando éramos pequeñas y jugábamos aquí?— pregunta.

—Sí… Siempre acabábamos peleándonos por cualquier cosa.

—Yo solo quería ser como tú— confiesa—. Siempre fuiste valiente.

Me quedo callada. Nunca lo vi así.

—Quizá deberíamos dejar de hacernos daño— susurro.

Lucía asiente y me abraza por primera vez en años.

Al día siguiente, antes de volver a Madrid, mi madre me da un tupper con croquetas y un beso largo en la mejilla.

—Vuelve pronto, hija… Pero vuelve como eres tú, no como queremos que seas nosotros.

En el tren de regreso miro por la ventana y pienso: ¿Cuántas veces nos alejamos de quienes amamos solo por miedo a no ser aceptados? ¿Y si el verdadero valor está en quedarnos y mostrarnos tal cual somos?