Cuando mi abuelo nos dio la espalda: Crónica de una familia rota

—¿Por qué no me contestas, abuelo? —le pregunté una vez más, con la voz quebrada, mientras él miraba por la ventana del salón, fingiendo no escucharme. El reloj de pared marcaba las siete y media, y el aroma a café frío flotaba en el aire. Mi madre, Carmen, me apretó el brazo con suavidad, como si quisiera protegerme de una verdad que ya era imposible ocultar: Tomás, mi abuelo, ya no era el mismo desde que la abuela Pilar murió.

Recuerdo perfectamente aquel día de noviembre en el que todo cambió. La casa estaba llena de gente vestida de negro, susurros y miradas tristes. Mi abuelo lloró en silencio durante el entierro, pero al volver a casa, su rostro se endureció. Durante semanas apenas habló con nadie. Mi madre intentaba animarle cocinando sus platos favoritos —cocido madrileño, tortilla de patatas— pero él solo apartaba el plato y se encerraba en su habitación.

Un mes después, la vecina del tercero, Rosario, empezó a visitarle. Al principio todos pensamos que era solo por cortesía; después de todo, Rosario siempre había sido amable con nosotros. Pero pronto las visitas se hicieron diarias. Mi tía Mercedes murmuraba cosas al oído de mi madre: “No me gusta nada esa mujer…”, “Va demasiado deprisa…”. Yo escuchaba desde el pasillo, sintiendo una mezcla de curiosidad y miedo.

Una tarde, al volver del instituto, encontré a Rosario sentada en el sillón de la abuela, riendo con mi abuelo. Me invadió una rabia inexplicable. ¿Cómo podía reírse así cuando nosotros seguíamos llorando a Pilar? Aquella noche hubo una discusión. Mi madre le pidió a mi abuelo que tuviera un poco de respeto por la memoria de la abuela. Él respondió con frialdad:

—No soy un muerto en vida. Tengo derecho a rehacer mi vida.

A partir de ahí, todo fue cuesta abajo. Rosario empezó a quedarse a dormir en casa del abuelo. Un día nos enteramos por el portero que se habían casado en secreto en el juzgado. Nadie de la familia fue invitado. Mi madre lloró durante horas. Mi tía Mercedes dejó de hablarle a Tomás.

Las Navidades siguientes fueron un desastre. El abuelo no quiso venir a cenar con nosotros. Cuando fuimos a llevarle un regalo, Rosario nos recibió en la puerta y nos dijo que estaban ocupados. Cerró la puerta sin mirarnos a los ojos. Sentí un vacío enorme en el pecho.

Con el tiempo, los rumores sobre la herencia empezaron a circular. Mi primo Álvaro decía que Rosario estaba manipulando al abuelo para quedarse con el piso del centro y las tierras del pueblo. Mi madre intentó hablar con él varias veces, pero siempre encontraba una excusa para no recibirnos.

Un día recibimos una carta del notario: el abuelo había cambiado el testamento y nos dejaba fuera de todo. Mi madre rompió a llorar y yo sentí una rabia sorda que me quemaba por dentro. ¿Cómo podía hacernos esto? ¿No éramos su familia?

La tensión entre mi madre y su hermana creció hasta hacerse insoportable. Se culpaban mutuamente por no haber hecho más para evitar que Rosario se metiera en nuestras vidas. Las comidas familiares desaparecieron; cada uno celebraba los cumpleaños por su cuenta.

Yo intenté hablar con el abuelo una última vez. Fui solo a su casa y llamé al timbre. Rosario abrió la puerta y me miró con desprecio:

—Tu abuelo está cansado. No quiere ver a nadie.

—Solo quiero hablar con él cinco minutos —suplicé.

Ella cerró la puerta sin responder.

Esa noche soñé con la abuela Pilar. Me decía que perdonara al abuelo, que él también estaba sufriendo. Pero al despertar solo sentí más rabia e impotencia.

Pasaron los años y apenas supimos nada del abuelo. Un día recibimos una llamada del hospital: Tomás había sufrido un ictus y estaba grave. Mi madre dudó si ir o no; al final fuimos juntas. Cuando llegamos, Rosario estaba sentada junto a su cama, sujetándole la mano.

El abuelo apenas podía hablar, pero cuando me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas. Intenté decirle todo lo que llevaba años guardando dentro: el dolor, la traición, la soledad… Pero solo pude susurrar:

—Te he echado mucho de menos.

Él apretó mi mano con fuerza y murmuró algo ininteligible. Quise creer que era una disculpa.

El funeral fue pequeño; Rosario no permitió que lleváramos flores ni fotos de la abuela Pilar. Nos fuimos del cementerio sintiendo que habíamos perdido mucho más que a un abuelo: habíamos perdido nuestra familia.

A veces me pregunto si podré perdonar algún día todo lo que pasó. ¿Es posible reconstruir lo que se ha roto para siempre? ¿O hay heridas que nunca cicatrizan?