Cuando mi hermano pidió lo suyo: Herencia, amor y traición bajo el mismo techo

—¡No es justo, mamá! ¡Tengo derecho a mi parte! —gritó Lucas, con los ojos enrojecidos y la voz quebrada, mientras golpeaba la mesa del comedor. El reloj de pared marcaba las siete y media de la tarde, pero en casa parecía medianoche. Mi madre, Carmen, se llevó las manos a la cara, como si quisiera taparse los oídos y desaparecer. Mi padre, Antonio, apretó los labios y miró por la ventana, evitando la mirada de todos.

Yo estaba allí, sentada entre ellos, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que todos pudieran oírlo. Nunca imaginé que mi hermano pequeño —el mismo al que le enseñé a montar en bici en el parque del Retiro— sería capaz de romper el frágil equilibrio de nuestra familia por algo tan frío como una herencia.

Todo empezó dos semanas antes, cuando Lucas llegó a casa con Marta, su novia de apenas dieciocho años. Nos sentamos todos en el salón y él, con una sonrisa nerviosa, anunció:

—Nos casamos en junio. Y… bueno, quiero independizarme. He pensado que me corresponde mi parte de la casa para poder empezar.

El silencio fue absoluto. Mi madre se atragantó con el café y mi padre dejó caer el periódico al suelo. Yo solo pude mirarle, intentando descifrar si hablaba en serio.

—¿Pero cómo vas a casarte tan joven? —pregunté yo, incapaz de ocultar mi incredulidad.

Lucas me miró desafiante:
—¿Y tú qué sabes? ¿Por qué siempre tienes que opinar sobre mi vida?

Desde ese día, la casa se llenó de susurros y miradas furtivas. Mi madre lloraba por las noches; mi padre se encerraba en el garaje fingiendo arreglar cosas. Yo intenté hablar con Lucas varias veces, pero él solo repetía lo mismo:

—No quiero pelearme con nadie, Ivana. Pero es lo justo. Si tú te fueras, también te correspondería tu parte.

Lo que Lucas no sabía —o no quería recordar— era todo lo que esa casa significaba para nosotros. Era la casa donde mi abuela Mercedes nos contaba historias de la guerra civil junto al brasero; donde celebrábamos cada Navidad con villancicos desafinados y turrón casero; donde mi padre plantó un limonero el día que nací yo y otro cuando nació él.

Pero para Lucas ahora solo era un bien a repartir. Y eso dolía más que cualquier discusión.

Una tarde, mientras ayudaba a mi madre a preparar croquetas en la cocina, ella rompió a llorar:

—No entiendo en qué hemos fallado… ¿Por qué nos hace esto? ¿Por qué ahora?

No supe qué decirle. Yo también me sentía traicionada. Recordé todas las veces que defendí a Lucas cuando suspendía exámenes o llegaba tarde a casa. Siempre pensé que éramos un equipo. Pero ahora parecía que cada uno jugaba su propio partido.

Las discusiones se hicieron diarias. Mi padre, cansado de tanto grito, propuso vender la casa y repartir el dinero:

—Así todos contentos —dijo seco, sin mirarnos a los ojos.

Mi madre se negó rotundamente:
—¡Esta casa no se vende! Aquí hemos vivido toda la vida… ¿Y ahora por un capricho de crío vamos a perderlo todo?

Lucas insistía:
—No es un capricho. Quiero formar mi familia. No quiero depender de nadie.

La tensión era insoportable. Los vecinos empezaron a notar algo raro; la señora Pilar me preguntó un día en el portal si todo iba bien. Yo solo asentí y bajé la mirada.

Una noche escuché a mis padres discutir en voz baja en su habitación:

—Antonio, no puedo más… Si Lucas se va así, no sé si podré mirarle igual —susurró mi madre entre sollozos.

—Es nuestro hijo —respondió mi padre—. Pero esto nos está destrozando.

Me sentí impotente. Quise gritarles que dejaran de pelearse, que volviéramos a ser como antes. Pero sabía que ya nada sería igual.

El día que Lucas vino a recoger sus cosas para irse con Marta a un piso alquilado en Vallecas, mi madre le abrazó llorando. Yo intenté mantenerme fuerte, pero cuando le vi marcharse con esa mezcla de orgullo y tristeza en los ojos, no pude evitarlo:

—¿De verdad vale la pena todo esto? —le pregunté antes de que cerrara la puerta.

Lucas me miró largo rato y murmuró:
—No lo sé… Pero necesito intentarlo.

Desde entonces, la casa está más silenciosa que nunca. Mi madre apenas habla; mi padre pasa horas viendo fútbol sin prestar atención al partido. Yo me siento sola en medio de todo esto, preguntándome si alguna vez podremos perdonarnos los unos a los otros.

A veces pienso en llamar a Lucas y decirle que vuelva, que olvidemos todo. Pero luego recuerdo sus palabras: «Quiero formar mi familia». ¿Y si ese es el precio de crecer? ¿Y si nunca volvemos a ser los mismos?

¿De verdad una casa puede valer más que el amor de una familia? ¿O somos nosotros los que ponemos precio a lo que no debería tenerlo? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?