Cuando mi hija me confió a mi nieto: Secretos que rompieron nuestra familia

—Mamá, ¿puedes quedarte con Lucas esta noche?— La voz de Marta temblaba al otro lado del teléfono, como si cada palabra le costara un mundo. Eran las once y media, y yo ya estaba en bata, lista para acostarme. Pero su tono me heló la sangre.

—Claro, hija. ¿Ha pasado algo?— pregunté, intentando sonar tranquila, aunque el corazón me latía con fuerza.

—Tengo que ir al hospital… No te preocupes, solo es una revisión.— Pero su voz se quebró en la última sílaba. No insistí más. Sabía que si presionaba, colgaría o se cerraría en banda, como tantas otras veces desde que se casó con Sergio.

En menos de veinte minutos, Marta llegó con Lucas dormido en brazos. Su cara estaba pálida, los ojos hinchados. Apenas me miró al dejarme al niño.

—¿Quieres que te acompañe?— le ofrecí, pero negó con la cabeza.

—No hace falta. Solo… cuida de él.— Y se fue sin darme un beso ni mirarme a los ojos.

Esa noche no dormí. Lucas se removía inquieto en la cama de invitados y yo repasaba mentalmente los últimos meses: las llamadas cortas de Marta, sus silencios, las excusas para no venir a comer los domingos. Sergio siempre tenía algo urgente, o Marta estaba «cansada». Algo no encajaba.

A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, Lucas se despertó llorando. Le costó calmarse. Me abrazó fuerte y no quería soltarme. Le pregunté por su madre y solo dijo: «Mamá está triste».

Pasaron dos días sin noticias de Marta. Llamé a su móvil y saltó el buzón. Fui a su piso en Vallecas y nadie abrió. La portera me dijo que había visto a Sergio salir con una maleta grande la noche anterior.

El tercer día, recibí una carta manuscrita en el buzón. Era de Marta:

«Mamá, sé que estarás preocupada. Estoy bien, pero necesito tiempo para pensar. Cuida de Lucas. No le digas nada a Sergio si llama. Te quiero. Marta.»

Me temblaban las manos al leerla. ¿Por qué ese miedo a Sergio? ¿Por qué esa urgencia de proteger al niño?

Esa tarde, mientras buscaba el pijama de Lucas en la mochila que Marta había traído, encontré un cuaderno pequeño escondido entre la ropa. Dudé antes de abrirlo, pero algo dentro de mí me empujó a hacerlo.

Las primeras páginas eran dibujos infantiles de Lucas: casas, árboles, una figura grande (yo supuse que era Marta) y otra más pequeña (quizá él mismo). Pero después, la letra de Marta llenaba las hojas:

«Hoy Sergio ha vuelto a gritarme delante de Lucas. Dice que soy una inútil, que todo lo hago mal. Intento no llorar delante del niño, pero no puedo más…»

Leí página tras página: insultos, desprecios, noches sin dormir por miedo a que Sergio volviera borracho. Marta escribía sobre su soledad, sobre cómo había dejado de ver a sus amigas porque Sergio se enfadaba si salía sin él. Sobre cómo Lucas se tapaba los oídos cuando discutían.

Me sentí culpable por no haberlo visto antes. Por haber creído sus excusas. Por no haber insistido más cuando noté que algo iba mal.

Esa noche llamé a mi hermana Carmen:

—Carmen, creo que Marta está huyendo de Sergio.— Le conté lo del diario.

—¿Y la policía?— preguntó ella.

—No sé si debo denunciarlo yo… Marta me ha pedido que no diga nada.—

—Pero si ese hombre es peligroso…—

No dormí en toda la noche pensando qué hacer. Al día siguiente, Sergio llamó a casa:

—¿Está Marta contigo?— Su voz era fría.

—No.— respondí seca.

—Dile que vuelva a casa.—

Colgó antes de que pudiera decir nada más.

Durante una semana entera cuidé de Lucas como pude. Él preguntaba por su madre cada noche antes de dormir. Yo le inventaba historias: «Mamá está trabajando mucho», «Mamá te quiere mucho»… Pero él notaba mi angustia.

Un día, mientras jugábamos en el parque del barrio, vi a Marta acercarse desde lejos. Llevaba gafas de sol y una bufanda aunque hacía calor. Cuando se quitó las gafas vi un moratón en su pómulo derecho.

Me abracé a ella llorando.

—Mamá… no puedo más.—

Nos sentamos en un banco y me contó todo: cómo Sergio la controlaba, cómo le revisaba el móvil y el correo, cómo le prohibía vernos o salir sola. Cómo la había empujado aquella noche y ella había caído contra la mesa del salón.

—He ido al hospital y he puesto una denuncia.—

Sentí alivio y miedo al mismo tiempo.

—¿Dónde vas a ir?—

—A una casa de acogida.—

La ayudé a recoger algunas cosas del piso mientras Sergio estaba trabajando. Llamé a Carmen para que nos acompañara por si acaso él volvía antes de tiempo.

Durante semanas vivimos con miedo: llamadas anónimas al fijo, mensajes amenazantes en el buzón del portal… Pero poco a poco Marta fue recuperando fuerzas. Encontró trabajo en una tienda pequeña del barrio y empezó terapia psicológica.

Lucas volvió a sonreír poco a poco. Yo aprendí a escuchar más y juzgar menos. A veces me pregunto cómo es posible que una madre no vea el sufrimiento de su propia hija hasta que es casi demasiado tarde.

Ahora vivimos juntas en mi piso mientras Marta reconstruye su vida desde cero. Hay días buenos y días malos, pero estamos juntas.

A veces me despierto por la noche preguntándome: ¿Cuánto sabemos realmente de las personas que amamos? ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado por miedo o por comodidad? ¿Y si mañana fuera demasiado tarde para ayudarles?