¿De verdad se puede estar tan sola en un matrimonio?
—No puedo más, Lucía. Necesito descansar. Llévate a la niña a casa de tus padres unos días —me soltó Miguel, sin mirarme a los ojos, mientras Zosia lloraba desconsolada en mis brazos.
Me quedé helada. Era la tercera noche seguida sin dormir, con Zosia retorciéndose de dolor por los cólicos y yo al borde del colapso. Pensé que Miguel, mi marido, sería mi apoyo. Pero ahí estaba, con la maleta en la mano, empujándome suavemente hacia la puerta.
—¿De verdad me estás echando? —pregunté, la voz temblorosa.
—No te echo. Solo… necesito respirar. No puedo con esto ahora —contestó él, casi susurrando.
No recuerdo cómo llegué a casa de mis padres en Alcalá de Henares. Mi madre abrió la puerta y, al verme con las lágrimas corriendo por las mejillas y la niña berreando, no preguntó nada. Me abrazó fuerte y me llevó al salón. Mi padre, siempre tan serio, solo asintió y se fue a preparar una tila.
Las primeras horas fueron un torbellino de emociones: rabia, tristeza, vergüenza. ¿Cómo podía Miguel dejarme sola en el momento más vulnerable de mi vida? ¿No éramos un equipo? ¿No habíamos soñado juntos con tener una familia?
Mi madre intentó animarme:
—Lucía, hija, los hombres a veces no entienden lo que es esto. Dale tiempo.
Pero yo no quería darle tiempo. Quería que estuviera a mi lado. Quería que me ayudara a calmar a Zosia cuando lloraba sin parar, que me abrazara cuando sentía que no podía más. Quería sentirme acompañada en esta batalla diaria contra el cansancio y el miedo.
Las noches en casa de mis padres eran largas. Zosia seguía llorando y yo me sentía cada vez más pequeña. Mi padre intentaba distraerme con historias de cuando yo era bebé:
—Tú también eras llorona, ¿sabes? Pero tu madre y yo nos turnábamos. Nunca dejamos que uno solo cargara con todo.
Esa frase me dolió más de lo que debería. ¿Por qué Miguel no podía ser como mi padre?
Los días pasaban y Miguel apenas llamaba. Un mensaje al día: «¿Cómo está Zosia?» Nada más. Ni un «¿cómo estás tú?», ni un «te echo de menos». Empecé a preguntarme si realmente le importábamos.
Una tarde, mientras paseaba con el carrito por el parque O’Donnell, vi a una pareja joven con un bebé. Reían juntos, se turnaban para empujar el carrito y se miraban con complicidad. Sentí una punzada de envidia tan fuerte que tuve que sentarme en un banco y llorar en silencio.
Mi madre se dio cuenta de mi tristeza y una noche me dijo:
—Lucía, tienes que hablar con él. No puedes quedarte aquí esperando eternamente.
Así que reuní valor y llamé a Miguel.
—Miguel, ¿vas a venir a vernos? —pregunté, intentando sonar tranquila.
—No sé si estoy preparado —respondió él tras un silencio incómodo—. Todo esto me supera.
—¿Y a mí no? —le grité— ¡A mí también me supera! Pero no puedo huir. No puedo dejar de ser madre ni un solo minuto.
Colgué antes de que pudiera responderme. Esa noche lloré como nunca antes. Me sentí fracasada como esposa, como madre, como mujer. ¿Qué había hecho mal para merecer esto?
Pasaron dos semanas. Mis padres hicieron todo lo posible por ayudarme, pero yo seguía sintiéndome sola. Empecé a pensar que quizás era mejor criar a Zosia sin Miguel. Que quizá era más fuerte de lo que pensaba.
Un domingo por la tarde, mientras le daba el pecho a Zosia en el sofá, escuché el timbre. Era Miguel. Tenía ojeras profundas y la barba descuidada.
—He estado pensando mucho —dijo sin mirarme—. Lo siento, Lucía. No supe estar a la altura.
No supe qué decirle. Solo lo miré en silencio mientras Zosia se removía en mis brazos.
—¿Podemos intentarlo otra vez? —preguntó él, casi suplicando.
Sentí rabia y alivio al mismo tiempo. Quería abrazarlo y gritarle a la vez.
—No sé si puedo perdonarte tan fácilmente —le dije—. Pero por nuestra hija… podemos intentarlo.
Esa noche dormimos los tres juntos por primera vez en semanas. Miguel se levantó dos veces para calmar a Zosia y yo lloré en silencio al verlo intentarlo, aunque torpemente.
Ahora han pasado meses desde aquella noche. No todo es perfecto; seguimos discutiendo y hay días en los que siento que la soledad vuelve a acecharme. Pero también hay momentos de ternura inesperada: una mano sobre mi hombro cuando estoy agotada, un café caliente preparado sin pedirlo, una sonrisa cómplice cuando Zosia nos regala una carcajada.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres habrá como yo, sintiéndose solas aunque estén casadas? ¿Cuántos hombres huyen porque no saben cómo enfrentarse al miedo y la responsabilidad?
¿De verdad es posible estar tan sola dentro de un matrimonio? ¿O es que nunca aprendimos a pedir ayuda antes de rompernos por dentro?