¿Debo renunciar a mi hogar por mi hermano?

—¿Puedes venir a casa esta noche? —La voz de mi madre sonaba temblorosa, como si cada palabra le costara un mundo. Era jueves, acababa de salir del trabajo y solo quería llegar a mi pequeño piso en Vallecas, ponerme el pijama y olvidarme del mundo. Pero algo en su tono me hizo cambiar de planes.

Cuando llegué, la mesa del salón estaba puesta como si esperáramos invitados. Mi padre, con el ceño fruncido, miraba el telediario sin verlo realmente. Mi hermano Sergio, el pequeño de la familia, no paraba de mover la pierna bajo la mesa. Me senté y, durante unos segundos, nadie dijo nada. Solo se oía el tictac del reloj y el rumor lejano de los coches en la calle.

—Hija, tenemos que hablar —dijo mi madre al fin, con esa voz que usaba cuando algo iba mal de verdad.

Me miró a los ojos y sentí un nudo en el estómago. Sabía que no era una conversación cualquiera.

—Sergio… necesita tu piso —soltó de golpe.

Me quedé helada. ¿Mi piso? El piso por el que había luchado durante años, ahorrando cada euro, renunciando a viajes, cenas y caprichos. El piso donde había aprendido a vivir sola, donde había llorado tras mi ruptura con Luis, donde había celebrado mis treinta rodeada de amigos.

—¿Cómo que necesita mi piso? —pregunté, intentando mantener la calma.

Sergio bajó la mirada. Mi padre suspiró. Mi madre empezó a hablar atropelladamente:

—Sabes que Sergio lo está pasando mal desde que perdió el trabajo. Y ahora con lo de Marta…

Marta era su novia de toda la vida, que lo había dejado hacía dos meses. Desde entonces, Sergio apenas salía de casa y se pasaba el día jugando a la Play o viendo series. Mis padres estaban desesperados.

—Pero mamá… ese piso es mío. Lo he pagado yo —dije, sintiendo cómo me ardían los ojos.

—Solo sería un tiempo —intervino mi padre—. Hasta que se recupere un poco. Tú podrías volver aquí…

Volver a casa de mis padres. A mis treinta y dos años. Después de haber conseguido por fin mi independencia. Sentí una mezcla de rabia y tristeza.

—¿Y si no se recupera nunca? ¿Tengo que renunciar a todo por él? —pregunté, con la voz rota.

Sergio levantó la cabeza y me miró suplicante:

—Por favor, Lucía… solo necesito un poco de tiempo. No sé qué hacer con mi vida ahora mismo.

Me levanté y salí al balcón para respirar. Madrid brillaba bajo las luces de la noche, indiferente a mi drama familiar. Recordé todas las veces que había cuidado de Sergio cuando éramos pequeños: cuando se cayó de la bici y le curé la rodilla, cuando le defendí en el colegio porque le hacían bullying… Siempre había sido yo la fuerte, la responsable.

Pero ahora sentía que me pedían demasiado. ¿Por qué tenía que ser siempre yo la que sacrificara todo?

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en lo injusto que era todo. Al día siguiente, en el trabajo, apenas podía concentrarme. Mis compañeras notaron que algo iba mal.

—¿Te pasa algo, Lucía? —me preguntó Carmen en la pausa del café.

Le conté lo sucedido y su reacción fue inmediata:

—¡Ni se te ocurra! Ese piso es tuyo. Si cedes ahora, nunca te lo devolverán.

Pero otra parte de mí sentía culpa. ¿Y si Sergio realmente se hundía? ¿Y si mis padres no podían con él?

Pasaron los días y la presión aumentó. Mi madre me llamaba cada noche para preguntarme si ya había tomado una decisión. Mi padre apenas me hablaba. Sergio me enviaba mensajes llenos de emoticonos tristes.

Una tarde, al volver del trabajo, encontré a mi madre esperándome en el portal.

—Lucía, hija… no sabes lo difícil que es para nosotros pedirte esto —me dijo entre lágrimas—. Pero Sergio está muy mal. No come, no duerme…

Sentí que me rompía por dentro. Abracé a mi madre y lloramos juntas en medio de la calle.

Esa noche soñé con mi infancia: los veranos en el pueblo de mis abuelos en Ávila, las peleas tontas con Sergio por el mando de la tele, las meriendas de pan con chocolate… ¿Cuándo se había complicado tanto todo?

Finalmente, reuní a mi familia en el salón de mis padres.

—He tomado una decisión —anuncié con voz temblorosa—. Voy a dejarle el piso a Sergio… pero solo por seis meses. Después quiero recuperarlo. Y necesito que todos lo respetéis.

Mi madre me abrazó agradecida. Mi padre asintió en silencio. Sergio lloró como un niño pequeño y me prometió que buscaría trabajo y volvería a empezar.

Pero mientras recogía mis cosas del piso días después, sentí una tristeza inmensa. Cada objeto tenía una historia: la taza azul que compré en Toledo, las fotos con mis amigas en la nevera, el cojín raído del sofá… Era como si me arrancaran una parte de mí misma.

Ahora vivo otra vez con mis padres. Echo de menos mi espacio, mi libertad… y me pregunto cada día si hice lo correcto o si solo perpetué ese papel de hermana mayor sacrificada que nunca elegí realmente.

A veces me despierto en mitad de la noche preguntándome: ¿Hasta dónde debemos llegar por nuestra familia? ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse a uno mismo?