Devuelta como un objeto: La historia de Lucía y la mujer que nunca la olvidó
—No la queremos más. No encaja con nosotros.
La voz de la señora Martínez retumbó en el despacho de la directora del centro. Yo tenía nueve años y apretaba con fuerza el peluche que me había regalado Carmen, la única cuidadora que alguna vez me abrazó sin miedo. Sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos mientras veía a la familia que me había prometido una vida nueva marcharse sin mirar atrás.
—Lucía, cariño, ven conmigo —me susurró Carmen, intentando ocultar las lágrimas que le empañaban los ojos.
No era la primera vez que me devolvían. La primera familia me había devuelto después de seis meses porque, según ellos, «era demasiado callada». Esta vez, ni siquiera me dieron una razón. Solo dijeron que no encajaba, como si fuera una prenda defectuosa en una tienda de ropa barata de Lavapiés.
Carmen me llevó a su despacho y me sentó en su regazo. Olía a colonia barata y a café recién hecho. Me acarició el pelo y me susurró:
—No eres tú, Lucía. Nunca ha sido culpa tuya.
Pero yo no podía dejar de pensar que sí lo era. ¿Por qué nadie quería quedarse conmigo? ¿Por qué era tan fácil para los adultos rendirse?
Los días siguientes fueron un infierno. Los otros niños del centro cuchicheaban a mis espaldas:
—La han devuelto otra vez…
—Seguro que es rara…
Yo solo quería desaparecer. Me refugiaba en la biblioteca del centro, entre libros polvorientos y cuentos de hadas que prometían finales felices que nunca llegaban.
Carmen era mi único refugio. Siempre encontraba tiempo para sentarse conmigo, aunque fuera solo cinco minutos antes de irse a casa con su propia familia. A veces me traía un bocadillo de tortilla o una pulsera hecha a mano.
—¿Por qué no puedes llevarme contigo? —le pregunté una tarde, con la voz rota.
Carmen suspiró y me miró con tristeza.
—No es tan fácil, Lucía. Tengo dos hijos y mi marido está en paro. No tenemos sitio ni dinero… Pero te juro que si pudiera, te llevaría conmigo ahora mismo.
Sentí rabia, impotencia y una soledad tan grande que me dolía el pecho. Pero también sentí algo parecido a la esperanza. Al menos una persona en el mundo no quería rendirse conmigo.
Pasaron los años y fui creciendo entre mudanzas de centros, visitas de trabajadores sociales y promesas vacías de familias que nunca volvían. Aprendí a no encariñarme con nadie, a no esperar nada de nadie. Pero Carmen seguía ahí, aunque fuera solo con cartas o llamadas rápidas cuando cambiaba de centro.
A los dieciséis años, cuando ya casi nadie quería adoptar a una adolescente rebelde y desconfiada, Carmen apareció un día en el patio del centro con una bolsa llena de churros y chocolate caliente.
—¿Te acuerdas de mí? —me preguntó con una sonrisa tímida.
—¿Cómo podría olvidarte? —le respondí, intentando no llorar delante de los demás.
Nos sentamos juntas en un banco y hablamos durante horas. Me contó que su marido había encontrado trabajo y que sus hijos ya eran mayores. Me preguntó qué quería hacer con mi vida.
—No lo sé —le dije—. A veces pienso que sería mejor desaparecer…
Carmen me agarró la mano con fuerza.
—No digas eso nunca más. Eres valiosa, Lucía. Aunque el mundo te haya dado la espalda, yo no lo haré jamás.
Esa noche lloré como hacía años que no lloraba. Por primera vez sentí que alguien realmente me veía, que mi existencia importaba para alguien.
A los dieciocho salí del centro sin nada más que una mochila vieja y un montón de heridas invisibles. Carmen fue la única que vino a despedirse. Me dio su número de teléfono y una carta escrita a mano:
«No eres un objeto defectuoso, Lucía. Eres un milagro que el mundo aún no ha sabido apreciar. Si alguna vez necesitas un hogar, aquí estaré.»
Hoy tengo veinticinco años y trabajo como educadora social en un centro de menores en Vallecas. Cada vez que veo a una niña sola en un rincón, recuerdo a la Lucía de nueve años que fui y a Carmen, la mujer que nunca dejó de creer en mí.
A veces me pregunto: ¿Cuántos niños más serán devueltos como si fueran cosas rotas? ¿Cuántos Carmenes hacen falta para cambiar el destino de un solo niño?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que os devolvían como si fuerais objetos? ¿Qué haríais para cambiar esta realidad?