Diez años después: El reencuentro que nunca imaginé
—¿Vas a llegar tarde otra vez, Pablo? —La voz de Marta resonó desde la cocina, cargada de una mezcla de resignación y rabia contenida.
No respondí. Me limité a coger las llaves y salir, cerrando la puerta tras de mí con más fuerza de la necesaria. El portal olía a humedad y lejía, como cada noche. Bajé las escaleras de dos en dos, huyendo de la mirada inquisitiva de mi mujer, de sus preguntas que ya no quería responder. ¿Cómo explicarle que el amor se nos había escapado entre los dedos, como el agua tibia de un grifo mal cerrado?
El bar de la esquina estaba casi vacío. Pedí un café solo, aunque eran las diez de la noche. Necesitaba algo amargo para mantenerme despierto, para no pensar. Saqué el móvil y repasé los mensajes sin leer. Ninguno era de Marta. Ninguno era de Lucía. Pero su nombre seguía ahí, en mi cabeza, como una herida que nunca terminó de cerrar.
Hace diez años, Lucía y yo éramos inseparables. Compartíamos risas en la universidad, tardes en el Retiro, sueños de una vida juntos. Pero la vida —o quizás yo mismo— nos separó. Elegí la estabilidad con Marta, el trabajo fijo en la notaría de mi padre, la casa en Chamberí. Lucía se fue a Barcelona, persiguiendo su carrera como fotógrafa. No volví a saber de ella… hasta hoy.
El mensaje llegó por sorpresa: «Estoy en Madrid unos días. ¿Te gustaría vernos?»
No contesté al instante. Dudé durante horas, mientras Marta preparaba la cena y los niños discutían por el mando de la tele. Al final, respondí con un escueto «Sí». Y ahora estaba aquí, esperando a que Lucía cruzara la puerta del bar.
Cuando entró, el tiempo pareció detenerse. Llevaba el pelo más corto y algunas arrugas nuevas alrededor de los ojos, pero seguía teniendo esa sonrisa capaz de iluminar cualquier habitación.
—Pablo… —dijo ella, y su voz era igual que antes, cálida y dulce.
Nos abrazamos torpemente. Hablamos durante horas: del pasado, del presente, de todo lo que pudo ser y no fue. Lucía me contó que nunca se casó, que viajó por medio mundo con su cámara y que a veces pensaba en mí cuando veía parejas paseando por la Gran Vía.
—¿Y tú? —preguntó al final—. ¿Eres feliz?
No supe qué responderle. Pensé en Marta, en nuestros hijos dormidos en casa, en las discusiones por tonterías y los silencios cada vez más largos entre nosotros. Pensé en las noches como esta, huyendo de todo y de todos.
—No lo sé —admití al fin—. Supongo que sí… o al menos eso intento creer.
Lucía me miró con compasión, pero también con una pizca de reproche.
—A veces nos conformamos con menos de lo que merecemos —dijo—. Y luego nos pasamos la vida arrepintiéndonos.
Salimos del bar juntos. Caminamos bajo la lluvia hasta su hotel. No pasó nada entre nosotros; ni un beso, ni una caricia furtiva. Solo una despedida larga y silenciosa en el portal.
Al volver a casa, encontré a Marta sentada en el sofá, con los ojos rojos e hinchados.
—¿Dónde has estado? —preguntó sin mirarme.
Mentí. Le dije que había estado con un amigo del trabajo. Ella asintió en silencio y subió las escaleras sin decir nada más.
Esa noche no dormí. Me quedé tumbado en la oscuridad, escuchando el leve murmullo del tráfico madrileño y preguntándome en qué momento exacto se rompió todo entre nosotros. ¿Fue cuando nacieron los niños? ¿Cuando empecé a trabajar hasta tarde para evitar volver a casa? ¿O fue mucho antes?
Durante semanas, el recuerdo de Lucía me persiguió como una sombra. Empecé a llegar aún más tarde a casa; Marta dejó de preguntarme dónde estaba. Los niños apenas me hablaban. Un día encontré una maleta junto a la puerta: Marta se iba con ellos a casa de su madre en Salamanca.
—No puedo más, Pablo —me dijo—. No sé quién eres ya.
No intenté detenerla. Solo asentí y vi cómo se marchaba con los niños sin mirar atrás.
Me quedé solo en un piso demasiado grande y demasiado silencioso. Intenté llamar a Lucía, pero su número ya no existía. Busqué su nombre en redes sociales; nada. Era como si nunca hubiera estado aquí.
Pasaron los meses y aprendí a convivir con la soledad y el remordimiento. A veces salía a caminar por el Retiro y pensaba en todo lo que había perdido por miedo a ser sincero conmigo mismo y con los demás.
Hoy hace justo un año desde aquel reencuentro con Lucía. Marta ha rehecho su vida; los niños me visitan algunos fines de semana. Yo sigo aquí, preguntándome si alguna vez podré perdonarme por haber dejado escapar lo único verdadero que tuve.
¿De verdad es tan difícil decir la verdad antes de que sea demasiado tarde? ¿Cuántos de vosotros habéis sentido ese miedo paralizante a perderlo todo por no atreveros a ser honestos?