Doce años de silencio: Cuando el pasado llama a la puerta
—¿Por qué has venido ahora, después de todo este tiempo? —mi voz temblaba, aunque intentaba mantener la compostura.
Era una tarde lluviosa de noviembre en Madrid. El timbre sonó justo cuando estaba a punto de sentarme con una taza de café y el libro que llevaba semanas postergando. Al abrir la puerta, lo vi: Sergio. Mi exmarido. Doce años sin saber nada de él, ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una postal en Navidad. Y ahora estaba ahí, empapado, con la mirada baja y las manos temblorosas.
Recuerdo perfectamente la última vez que lo vi. Fue en nuestra casa de Salamanca, la que habíamos comprado juntos con tanto esfuerzo. Yo estaba preparando la cena —lentejas, como le gustaban— cuando él entró al salón y me soltó, casi sin mirarme:
—Me voy. Estoy enamorado de otra persona.
No hubo discusión, ni lágrimas por su parte. Solo recogió una maleta y se fue. Yo me quedé paralizada, con las manos llenas de cebolla y el corazón hecho trizas. Mis padres, Mercedes y Antonio, me repitieron durante meses que era mejor así, que los hombres como Sergio no merecen ni una lágrima. Pero yo lloré igual, cada noche, durante años.
En el pueblo todos se enteraron enseguida. Las vecinas cuchicheaban cuando iba a la panadería, y mi madre no podía salir a misa sin recibir miradas de lástima. Me sentía humillada, traicionada y sola. La soledad era un pozo sin fondo en el que caí durante mucho tiempo.
Pero la vida sigue, aunque duela. Me mudé a Madrid buscando anonimato y un nuevo comienzo. Encontré trabajo en una librería del centro y poco a poco fui reconstruyendo mi vida. Hice nuevas amigas: Lucía, que siempre tenía un chiste para animarme; Carmen, que me enseñó a bailar sevillanas; y Pilar, que me invitaba a cenar los domingos para que no me sintiera sola.
Nunca volví a enamorarme del todo. Hubo algún intento, alguna cita fallida, pero siempre tenía miedo de volver a confiar y que me rompieran otra vez. Mi familia insistía en que debía rehacer mi vida, pero yo prefería la tranquilidad de mi rutina: el trabajo, los libros y mis paseos por El Retiro.
Y ahora Sergio estaba ahí, en mi puerta, como si el tiempo no hubiera pasado.
—¿Puedo pasar? —preguntó con voz ronca.
Le hice un gesto para que entrara. Se sentó en el sofá donde tantas veces habíamos reído y discutido años atrás. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
—He cometido muchos errores —empezó—. Lo sé. No espero que me perdones, pero necesitaba verte.
Me quedé mirándolo, intentando reconocer al hombre del que una vez estuve tan enamorada. Había envejecido: tenía más canas y las arrugas le marcaban el rostro. Pero seguía teniendo esa mirada triste que nunca supe descifrar.
—¿Por qué ahora? —insistí.
—Ella me dejó hace dos años. He estado solo desde entonces. Pensé mucho en ti… en lo que te hice. No busco volver contigo ni nada parecido. Solo… necesitaba pedirte perdón.
Sentí una mezcla de rabia y compasión. Recordé las noches en vela, los días en los que no podía levantarme de la cama, las veces que deseé desaparecer para no sentir más dolor.
—¿Sabes lo que es reconstruirse desde cero? —le pregunté—. ¿Tienes idea de lo difícil que fue para mí salir adelante mientras tú hacías tu vida?
Sergio bajó la cabeza.
—No hay excusas para lo que hice. Fui un cobarde.
Las palabras flotaron en el aire mientras la lluvia golpeaba los cristales. Por un momento pensé en echarlo de casa, gritarle todo lo que había guardado durante años. Pero algo dentro de mí se rompió y empecé a llorar, no por él, sino por mí misma y por todo lo perdido.
Él se levantó despacio y se acercó a la puerta.
—Solo quería decirte eso. Perdón.
Cuando se fue, me senté en el suelo del salón y lloré como no lo hacía desde hacía años. No por Sergio, sino por la mujer que fui y por la mujer en la que me había convertido.
Esa noche llamé a mi madre.
—Mamá, ha venido Sergio…
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Hija, tú ya no eres la misma de antes. No dejes que nadie te haga dudar de lo fuerte que eres ahora.
Colgué y me miré al espejo del pasillo. Vi a una mujer cansada pero valiente, con cicatrices pero también con esperanza.
Al día siguiente fui a trabajar como siempre. Lucía notó enseguida que algo me pasaba.
—¿Te ha pasado algo? —preguntó mientras colocábamos libros en las estanterías.
—He visto a un fantasma del pasado —respondí con una sonrisa triste.
Ella me abrazó sin decir nada más. Y entendí que no estaba sola.
Ahora, mientras escribo esto sentada junto a la ventana viendo cómo llueve sobre Madrid, me pregunto: ¿Es posible perdonar de verdad? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrarse? ¿Vosotros qué haríais si alguien así llamara a vuestra puerta después de tantos años?