¿Dónde cabe una madre?

—Mamá, no puedes venirte a vivir con nosotros. No es el momento. —La voz de Lucía, mi hija mayor, retumbó en el salón vacío mientras yo apretaba el teléfono con manos temblorosas. Sentí cómo el silencio se colaba entre las paredes de mi piso en Vallecas, tan frío y tan grande desde que falleció Antonio hace tres años.

—Pero Lucía, sólo sería por un tiempo… —intenté decir, pero ella ya había bajado la voz, como si temiera que sus hijos escucharan—. Mamá, entiéndelo, la casa es pequeña, los niños necesitan su espacio y… bueno, tú sabes que Marcos no está muy de acuerdo.

Colgué sin despedirme. Me quedé mirando la foto de mis tres hijos en la estantería: Lucía, siempre tan responsable; Sergio, el mediano, que apenas llama; y Carmen, la pequeña, que vive en Barcelona y a la que no veo desde Navidad. ¿En qué momento pasé de ser el centro de sus vidas a convertirme en un estorbo?

Esa noche apenas dormí. El techo parecía venirse abajo con cada pensamiento: la pensión justa, la cadera que me duele cada vez más, el miedo a caerme y que nadie lo sepa hasta días después. Recordé cuando eran pequeños y yo me desvivía por ellos: los bocadillos de nocilla para merendar, las noches en vela cuando tenían fiebre, los disfraces cosidos a mano para Carnaval. ¿No era eso lo que hacían las madres? ¿No era ese amor incondicional lo que debía volver a mí ahora que más lo necesitaba?

Al día siguiente llamé a Sergio. —Mamá, no me líes —me cortó antes de que pudiera explicar—. Ya sabes cómo está todo: el trabajo, los niños, Laura con sus cosas… Además, aquí no hay sitio para nadie más.

—¿Y si vendo el piso y os ayudo con una entrada para algo más grande? —sugerí, casi sin pensar.

—No digas tonterías —respondió seco—. Ese piso es tuyo. No tienes por qué moverte.

Pero sí tenía que moverme. El ascensor llevaba semanas averiado y subir cuatro pisos era una tortura diaria. La vecina del segundo me miraba con lástima cada vez que me veía arrastrando la compra.

Carmen fue la última esperanza. Su voz sonó dulce al principio: —Mamá, sabes que te quiero mucho, pero mi vida aquí es un caos. El alquiler es carísimo y apenas llego a fin de mes. No puedo ni planteármelo.

Me senté en la cama y lloré como hacía años no lloraba. No era sólo la negativa; era la certeza de que ya no tenía un lugar seguro al que acudir. Me sentí vieja por primera vez.

Pasaron los días y empecé a notar cómo la soledad se colaba en cada rincón de mi vida: las comidas frente al televisor, los paseos cortos porque me daba miedo tropezar, las tardes eternas mirando por la ventana cómo jugaban los niños en el parque. Una tarde me crucé con Pilar en el mercado.

—¿Qué tal estás, Mercedes? —me preguntó con esa sonrisa suya tan cálida.

—Bien… Bueno, regular —admití—. Los chicos no quieren que me vaya a vivir con ellos.

Pilar suspiró.—Ay, hija… A mí me pasa igual. Mi hija dice que no tiene sitio y mi hijo ni contesta los mensajes. Parece que ahora somos invisibles.

Nos reímos un poco para disimular el dolor. Pero esa conversación me hizo pensar: ¿será esto lo normal ahora? ¿Será que hemos criado a nuestros hijos para volar tan alto que se han olvidado del nido?

Esa noche llamé a Lucía otra vez. —No quiero ser una carga —le dije—. Pero tampoco quiero estar sola. ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?

Lucía guardó silencio unos segundos.—Mamá… No sé qué decirte. Me siento fatal, pero… no sé cómo encajarte en mi vida ahora mismo.

Colgué y me quedé mirando mis manos arrugadas. Pensé en todas las mujeres como yo: madres entregadas, ahora solas en pisos viejos o residencias llenas de desconocidos. Pensé en mi madre, que vivió con nosotros hasta el final sin que nunca se nos ocurriera dejarla sola.

Empecé a buscar alternativas: residencias públicas (listas de espera eternas), compartir piso con otras señoras (¿y si no nos entendemos?), vender el piso y buscar algo más pequeño (pero ¿y si luego me arrepiento?). Cada opción era un salto al vacío.

Un domingo por la tarde recibí la visita inesperada de Carmen. Venía cansada, ojerosa.—Mamá, he estado pensando mucho en ti —dijo mientras me abrazaba—. No puedo ofrecerte mi casa ahora mismo… pero quiero ayudarte a buscar una solución juntas.

Lloramos las dos. Por primera vez sentí que alguien entendía mi miedo y mi tristeza.

Hoy sigo sin saber dónde acabaré viviendo dentro de unos meses. Pero he aprendido algo: no soy la única ni la última madre española que se enfrenta a esto. ¿Dónde cabe una madre cuando sus hijos ya no tienen sitio para ella? ¿Es egoísmo querer compañía o simplemente miedo a desaparecer?

Quizá la pregunta sea otra: ¿qué haríamos nosotros si fuéramos ellos? ¿Y vosotros? ¿Qué haríais si vuestra madre os pidiera volver a casa?