El ascenso que me rompió: La historia de Lucía Sánchez

—¿De verdad vas a llegar tarde otra vez, Lucía? —La voz de mi hija Paula atravesó el pasillo como una flecha. Yo, con el abrigo aún en la mano y el portátil colgando del hombro, sentí cómo la culpa me apretaba el pecho. Miré el reloj: las ocho y media de la noche. Otra vez. Otra vez llegaba tarde a casa, otra vez la cena fría, otra vez las caras largas.

Pero esta noche era diferente. Esta noche, mientras subía en el ascensor del edificio, el móvil vibró con un mensaje de mi jefe, don Ernesto: “Enhorabuena, Lucía. El puesto de directora de proyectos es tuyo. Mañana a las 8:00 hablamos.”

Me quedé paralizada. Era lo que había soñado durante años. El ascenso que justificaba todas las horas extra, las comidas solitarias en la oficina, las discusiones con mi marido, Javier, por no estar nunca en casa. Pero en ese instante, sentí un vacío extraño, como si algo se hubiera roto dentro de mí.

Entré en casa y vi a Paula recogiendo la mesa. Javier estaba sentado en el sofá, con la mirada perdida en la televisión encendida pero sin sonido. Nadie dijo nada. El silencio era tan denso que dolía.

—Me han dado el ascenso —dije al fin, intentando sonar alegre.

Javier ni siquiera giró la cabeza. Paula me miró con una mezcla de admiración y reproche.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a venir aún menos a casa? —preguntó ella, con esa sinceridad brutal que solo tienen los adolescentes.

No supe qué responder. Me senté a su lado y le acaricié el pelo, pero ella se apartó.

—Mamá, no quiero que seas una desconocida —susurró antes de irse a su cuarto.

Me quedé allí, mirando el plato frío sobre la mesa. Recordé los primeros años con Javier, cuando soñábamos con una vida sencilla en Madrid, cuando prometimos que nunca dejaríamos que el trabajo nos separara. Pero la vida no es tan simple. Cuando llegó la crisis y Javier perdió su empleo en la constructora, fui yo quien sostuvo la casa. Y cuando por fin conseguí entrar en esa multinacional tecnológica del Paseo de la Castellana, sentí que todo era posible.

Pero el precio fue alto. Horas interminables en reuniones, viajes relámpago a Barcelona y Valencia, cenas de empresa donde tenía que sonreír aunque solo quisiera dormir. Y luego estaba Marta, mi compañera y amiga… o eso creía yo.

Marta y yo compartíamos confidencias en los cafés de media mañana. Me apoyó cuando dudaba de mis capacidades, cuando pensaba que nunca me tomarían en serio por ser mujer y madre. Pero hace dos semanas descubrí que ella también aspiraba al mismo puesto. No me lo dijo; lo supe por casualidad, al ver su nombre en un correo dirigido al director general.

La traición me dolió más que cualquier jornada maratoniana. Empecé a verla como una rival. Dejamos de hablar de nuestras familias y empezamos a medirnos en cada reunión, cada informe, cada idea lanzada sobre la mesa.

El día de la entrevista final fue un infierno. Marta me miró con ojos fríos mientras esperábamos nuestro turno en el pasillo. Yo repasaba mentalmente mis logros: el proyecto para Telefónica que salvó la cuenta más importante del año pasado; las horas extra para sacar adelante la integración del nuevo software; los fines de semana robados a mi familia para preparar presentaciones perfectas.

Cuando salí de la sala de entrevistas, supe que había dado todo lo que tenía. Pero también sentí que había perdido algo irrecuperable: la confianza en los demás… y en mí misma.

Ahora, sentada en mi salón silencioso, con Javier ausente y Paula enfadada tras la puerta cerrada de su cuarto, me pregunto si todo esto ha valido la pena.

Al día siguiente llegué a la oficina antes del amanecer. Marta no estaba; había enviado un correo diciendo que se tomaba unos días libres. Nadie mencionó su nombre durante la reunión donde don Ernesto me presentó como nueva directora. Todos sonrieron y me felicitaron, pero sentí sus miradas evaluadoras: ¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar Lucía Sánchez para mantener su puesto?

Las semanas siguientes fueron una vorágine de trabajo y soledad. Javier apenas me hablaba; Paula se encerraba cada vez más en sí misma. Mi madre me llamaba desde Salamanca para preguntarme cuándo iría a verla; siempre tenía una excusa preparada.

Una noche encontré a Javier en la cocina, mirando por la ventana con una copa de vino en la mano.

—¿Recuerdas cuando decías que querías cambiar el mundo? —me preguntó sin mirarme.

—Sí —respondí bajito.

—¿Y ahora? ¿Qué has cambiado? —Su voz era suave pero cargada de reproche.

No supe qué decirle. Me sentí pequeña, insignificante ante sus ojos cansados.

El domingo siguiente intenté preparar una comida especial para Paula y Javier. Cociné su plato favorito: tortilla de patatas con cebolla, como hacía mi abuela Carmen. Pero nadie habló durante la comida. Paula se levantó antes del postre y Javier se fue a dormir la siesta sin decir palabra.

Esa noche lloré sola en el baño, ahogada por una tristeza sorda. Pensé en Marta, en cómo nuestra amistad se había roto por culpa de una ambición compartida. Pensé en mi familia, cada vez más lejana. Pensé en mí misma y en lo poco que reconocía a esa mujer reflejada en el espejo.

A veces me pregunto si todo esto ha merecido la pena. ¿De qué sirve llegar tan alto si al final te quedas sola? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por un éxito que quizá no nos haga felices?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Dónde está el límite entre luchar por tus sueños y perderte a ti misma por el camino?