El ascenso que nunca llegó: La historia de Lucía en una oficina madrileña
—¿Pero cómo que no me han dado el puesto? —mi voz temblaba mientras sostenía el móvil, mirando la pantalla como si pudiera encontrar una explicación entre las notificaciones de WhatsApp y los correos sin leer. Mi hermana Carmen, al otro lado de la línea, guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Lucía, tranquila. Seguro que hay una razón. ¿Has hablado con el jefe?
No podía tranquilizarme. Llevaba meses quedándome hasta tarde en la oficina de la Gran Vía, revisando informes, cubriendo a compañeros y soportando el humor cambiante de don Ernesto, nuestro director. Había sacrificado cenas familiares, cumpleaños y hasta las vacaciones en la playa con mis padres en Cádiz. Todo por ese ascenso a jefa de equipo que, según todos, era mío por derecho propio.
Pero esa mañana, al llegar a la oficina, algo era distinto. Las miradas esquivas de mis compañeros, los susurros en la máquina de café… Y entonces apareció ella: Marta Salazar. Morena, elegante, con un currículum brillante y una sonrisa perfecta. Don Ernesto la presentó como la nueva jefa de equipo, sin mirarme siquiera a los ojos.
—Estoy segura de que Marta será un gran aporte para el equipo —dijo él, mientras yo sentía cómo se me encogía el estómago.
No recuerdo haber aplaudido ni haber sonreído. Solo recuerdo el zumbido en mis oídos y las ganas de salir corriendo. En el baño, me miré al espejo y vi a una mujer agotada, con ojeras y el rímel corrido. ¿Para esto había trabajado tanto?
Esa noche, en casa, mi madre intentó animarme mientras preparaba una tortilla de patatas:
—Hija, la vida no siempre es justa. Pero tú eres fuerte. Ya verás cómo todo se arregla.
Pero yo no quería escuchar palabras vacías. Quería respuestas. Quería justicia.
Al día siguiente, enfrenté a don Ernesto en su despacho. Él me miró por encima de las gafas y suspiró.
—Lucía, eres una excelente trabajadora, pero necesitamos aire fresco. Marta viene con ideas nuevas y experiencia internacional. Estoy seguro de que aprenderás mucho trabajando con ella.
Sentí rabia e impotencia. ¿Aire fresco? ¿Experiencia internacional? ¿Y todo lo que yo había dado por esta empresa? Salí del despacho con la cabeza alta, pero por dentro estaba rota.
Las semanas siguientes fueron un infierno. Marta intentaba ser amable conmigo, pero cada vez que me pedía ayuda o sugería cambios en mi trabajo sentía que me humillaba. Mis compañeros me miraban con lástima o evitaban hablar del tema. Incluso Carmen empezó a llamarme menos; decía que estaba demasiado ocupada con los niños y el trabajo.
En casa, el ambiente también se enrareció. Mi padre dejó caer un comentario durante la cena:
—Quizá deberías buscar algo más estable, Lucía. Un trabajo en la administración pública, como tu prima Elena.
Sentí ganas de gritarle que no entendía nada, que yo no quería una vida gris y predecible. Pero solo asentí en silencio y recogí mi plato.
Una noche, después de otra jornada interminable y tras ver cómo Marta se llevaba los aplausos por una presentación que yo había preparado, exploté delante de mi madre:
—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que se esfuerza y nunca recibe nada a cambio? ¿Por qué siempre hay alguien mejor?
Ella me abrazó fuerte y lloré como una niña pequeña.
Pasaron los meses y empecé a cambiar. Dejé de quedarme hasta tarde. Volví a salir con mis amigas los viernes y retomé las clases de pintura que había abandonado por el trabajo. Poco a poco, empecé a ver las cosas desde otra perspectiva.
Un día, Marta se acercó a mi mesa después de una reunión:
—Lucía, sé que esto no ha sido fácil para ti. Pero admiro tu profesionalidad y tu dedicación. Me gustaría contar contigo para un nuevo proyecto importante.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien valoraba mi esfuerzo sin compararme con nadie más.
Ahora miro atrás y me doy cuenta de que ese ascenso no era el final del camino, sino solo una parada más en mi viaje personal. Aprendí a poner límites, a cuidar de mí misma y a no medir mi valor solo por un título o un reconocimiento externo.
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos que una decepción nos defina? ¿Cuántas oportunidades dejamos pasar por miedo a no ser suficientes? ¿Y si lo verdaderamente importante es aprender a levantarse después de caer?