El banquete invisible: la historia de Lucía

—No tienes que sentarte a la mesa. Tu trabajo es asegurarte de que los invitados estén felices y bien alimentados— dijo Sergio, mi marido, mientras yo sostenía la fuente de cordero asado con las manos temblorosas. Era la Nochebuena en casa de mis suegros, en un piso antiguo del centro de Valladolid, y el comedor olía a vino tinto y a expectativas no cumplidas.

Me quedé quieta, con la bandeja en el aire, mientras todos reían y hablaban como si yo fuera parte del mobiliario. Mi suegra, Carmen, me miró con esa mezcla de lástima y superioridad que solo las madres de los hijos varones pueden perfeccionar. —Lucía, cariño, ¿puedes traer más pan?—. Ni siquiera esperó mi respuesta.

Esa noche, mientras recogía los platos y escuchaba las carcajadas desde el salón, sentí una rabia sorda crecer en mi pecho. ¿En qué momento me había convertido en la sombra de mi propia vida? Recordé cuando Sergio y yo éramos novios, cuando me prometía que juntos romperíamos moldes y viajaríamos por el mundo. Ahora, mi mundo era la cocina y el supermercado.

Al día siguiente, mientras doblaba la ropa de los niños —Álvaro y Paula—, decidí preguntarle a Sergio qué quería para Reyes. Él estaba tirado en el sofá, viendo un partido del Real Valladolid.

—¿Qué te gustaría que te regalara este año?— pregunté, intentando sonar alegre.

Él ni apartó la vista de la tele. —Una suscripción al gimnasio—.

Me sorprendió. —¿Pero si no te gusta hacer ejercicio?—

—No— respondió encogiéndose de hombros —pero así tengo una excusa para salir de casa y no escuchar a tu madre cuando viene—.

Me reí por compromiso, pero por dentro sentí un vacío. ¿Y yo? ¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó qué quería yo?

Esa tarde fui a buscar a Paula al conservatorio. Mientras esperábamos el autobús, me miró con esos ojos grandes que heredó de mi abuela Rosario.

—Mamá, ¿por qué siempre eres tú la que sirve la mesa?—

No supe qué contestar. Le acaricié el pelo y le dije: —Porque así lo hacemos en casa, hija—. Pero esa respuesta me supo amarga.

Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui a la cocina. Me senté en la oscuridad, con una taza de té frío entre las manos. Pensé en mi madre, en cómo luchó para sacar adelante a mis hermanos y a mí tras el divorcio. Ella nunca se dejó pisotear. ¿Por qué yo sí?

Al día siguiente, decidí hablar con Sergio. Lo encontré en el garaje, limpiando el coche.

—Sergio, necesito hablar contigo—

Él suspiró, como si ya supiera que iba a ser una conversación incómoda.

—¿Qué pasa ahora?—

—No quiero ser solo la que sirve la mesa. Quiero sentirme parte de esta familia, no su criada—

Él se encogió de hombros. —Lucía, siempre te pones dramática. Así ha sido siempre en mi casa. Mi madre lo hacía igual—

—Pues yo no soy tu madre— respondí con voz temblorosa pero firme.

Él me miró como si acabara de decir una barbaridad. —¿Y qué quieres hacer? ¿Que los niños sirvan la comida? ¿Que yo ponga la mesa?—

—Quiero que todos colaboremos. Que nos respetemos. Que me veas—

Sergio se pasó la mano por el pelo y murmuró: —No sé por qué te complicas tanto la vida…—

Me di cuenta entonces de que él no iba a cambiar si yo no cambiaba primero.

Esa semana empecé a buscar trabajo. No fue fácil; llevaba años fuera del mercado laboral. Pero encontré una oferta para dar clases particulares de francés a domicilio. Cuando se lo conté a Sergio, puso mala cara.

—¿Y quién va a llevar a los niños al cole? ¿Quién va a hacer la compra?—

—Podemos organizarnos entre los dos— le dije.

Él bufó y salió dando un portazo.

Los días siguientes fueron un caos: desayunos apresurados, mochilas olvidadas, discusiones por quién iba a recoger a Paula del conservatorio o llevar a Álvaro al fútbol. Pero también empecé a sentirme viva otra vez. Mis alumnas —Marina y Teresa, dos adolescentes llenas de sueños— me recordaron quién era yo antes de convertirme en «la mujer de Sergio».

Un sábado por la mañana, mientras preparaba churros para desayunar, Paula entró en la cocina.

—Mamá, ¿puedo ayudarte?—

La miré sorprendida y sentí un nudo en la garganta.

—Claro que sí, cariño.—

Mientras batíamos juntas la masa, pensé en todas las mujeres invisibles que conocía: mi vecina Pilar, siempre corriendo detrás de sus nietos; mi amiga Elena, atrapada en un matrimonio sin amor; mi tía Mercedes, que nunca se atrevió a decir lo que pensaba.

Esa noche, durante la cena familiar del domingo, me senté a la mesa antes de servir el postre. Sergio me miró extrañado.

—¿No vas a traer el flan?—

Le sonreí con calma.

—Hoy lo trae Álvaro.—

Mi hijo se levantó sin protestar y trajo el postre entre risas. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que pertenecía a esa mesa.

No sé si Sergio alguna vez entenderá lo que significa ser invisible en tu propia casa. Pero sé que ya no quiero volver a serlo nunca más.

¿Y vosotros? ¿Cuántas veces habéis sentido que vuestra voz no importa? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar ser solo las anfitrionas del banquete de otros?