El cumpleaños de mi hija y el silencio de mi soledad

—No vengas, mamá. De verdad, no hace falta —me dijo Marisa por teléfono, con esa voz seca que últimamente usa conmigo.

Me quedé mirando el móvil, temblando. Era el primer día de primavera y el sol entraba por la ventana de la cocina, iluminando las migas de pan sobre la mesa. Tenía sesenta años y hacía tres que no trabajaba. Desde que cerraron la tienda donde limpiaba, nadie me ha llamado para nada. Mi marido, Antonio, murió cuando Marisa tenía solo nueve años. Desde entonces, la he criado sola. Y ahora… ahora ni siquiera puedo ir al cumpleaños de mi propia hija.

Recuerdo cómo era Marisa de pequeña: una niña dulce, siempre dispuesta a ayudarme, a escucharme. Sacaba buenas notas y nunca me dio problemas. Pero todo cambió cuando conoció a Sergio. Al principio parecía un buen chico, educado, trabajador. Pero pronto empecé a notar cómo la apartaba de mí. Las visitas se hicieron más cortas, las llamadas más frías.

—¿Por qué no puedo ir? —le pregunté aquella tarde, con la voz rota.

—Sergio no quiere líos, mamá. Ya sabes cómo es… —respondió ella, bajando la voz.

—¿Líos? ¿Qué líos? ¡Solo quiero ver a mi nieta! —insistí, pero ya había colgado.

Me quedé sola en la cocina, escuchando el tic-tac del reloj y el ruido lejano de los niños jugando en la plaza. Mi nieta, Lucía, cumplía cinco años y yo ni siquiera podía llevarle un regalo. Pensé en salir a comprarle una muñeca, pero ¿para qué? No me dejarían entrar en su casa.

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces para mirar fotos antiguas: Marisa con coletas en su primer día de colegio; Antonio abrazándonos a las dos en la playa de Benidorm; yo soplando las velas con Marisa en brazos. ¿En qué momento se rompió todo?

Al día siguiente llamé a mi hermana Pilar.

—No te lo tomes así, Carmen —me dijo—. Los jóvenes son así ahora. Tienen su vida…

—Pero es mi hija, Pilar. ¡Mi única hija! ¿Cómo puede dejarme fuera así?

—Quizá Sergio tiene celos… o miedo de que le quites protagonismo. Ya sabes cómo son algunos hombres.

—Pero yo solo quiero estar con ellas…

Colgué sintiéndome aún peor. No era solo Sergio. Marisa también había cambiado. Ya no me contaba nada de su vida. Si le preguntaba por el trabajo o por Lucía, me respondía con monosílabos. A veces pienso que le molesto solo por existir.

El día del cumpleaños me levanté temprano y preparé una tarta de manzana, como hacía cuando Marisa era pequeña. La casa olía a canela y azúcar, pero el silencio era insoportable. Me senté frente a la ventana y vi pasar a los vecinos con bolsas de regalo y globos. Imaginé la fiesta en casa de Marisa: risas, música, Lucía abriendo regalos… y yo aquí, sola.

A mediodía llamé otra vez.

—Marisa, por favor… aunque sea cinco minutos —suplicaba.

—Mamá, no insistas. Sergio se enfada si vienes sin avisar —me cortó ella.

—¿Y tú? ¿Tú qué quieres?

Silencio al otro lado.

—No lo sé —susurró antes de colgar.

Me quedé mirando la tarta enfriándose sobre la mesa. Pensé en salir a la calle y llevársela igualmente, pero imaginé la cara de Sergio abriéndome la puerta y diciéndome que no podía pasar. No quería hacerle pasar ese mal rato a Marisa delante de todos.

Por la tarde salí a caminar por el barrio. Pasé por delante del colegio donde llevaba a Marisa de niña. Vi a madres jóvenes esperando a sus hijos y sentí una punzada de envidia y tristeza. ¿Por qué las cosas habían salido así? ¿Por qué mi hija me daba la espalda?

Al volver a casa encontré un mensaje en el móvil: una foto de Lucía soplando las velas rodeada de niños y globos rosas. Ni una palabra de Marisa. Ni un «te echamos de menos».

Esa noche lloré como hacía años que no lloraba. Me sentí invisible, prescindible, como si ya no tuviera sitio en la vida de nadie.

Días después intenté hablar con Marisa otra vez.

—¿He hecho algo mal? —le pregunté—. ¿Por qué me apartas así?

—No es eso, mamá… Es que Sergio dice que siempre acabamos discutiendo cuando vienes —respondió ella.

—¿Discutiendo? ¡Si apenas hablamos! —grité sin poder contenerme.

—Mira, mamá… necesito espacio —dijo ella antes de colgar otra vez.

Me quedé pensando en esa palabra: espacio. ¿Cuánto espacio necesita una hija para olvidar a su madre? ¿Cuánto silencio cabe entre dos personas que antes lo compartían todo?

Desde entonces los días pasan lentos y grises. Veo a Lucía solo en fotos o vídeos que Marisa me manda de vez en cuando, casi siempre sin palabras. Mis amigas me dicen que salga más, que busque actividades para mayores en el centro cultural del barrio. Pero yo solo quiero recuperar a mi hija.

A veces sueño con Antonio y le pregunto qué haría él en mi lugar. Me despierto con el corazón encogido y la sensación de que he fallado como madre.

Hoy he vuelto a mirar la tarta de manzana que congelé aquel día. Pienso en descongelarla y llevársela a Lucía al parque, aunque sea a escondidas. Pero luego recuerdo las palabras de Marisa y me paralizo.

¿En qué momento una madre deja de ser necesaria? ¿Es posible reconstruir lo que se ha roto o el tiempo solo sirve para alejarnos más?

¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que vuestra familia os da la espalda? ¿Qué haríais en mi lugar?