El día que dejé de ser la chica para todo de doña María: Mi verdad, demasiado tiempo callada
—No puedo más, doña María. No puedo seguir siendo su chica para todo.
Mi voz tembló, pero no bajé la mirada. Ella me observó desde su sillón de orejas, con ese gesto entre dolido y ofendido que tantas veces había visto en mi madre cuando le decía que no a algo. La tarde caía sobre el barrio de Chamberí, y el reloj del salón marcaba las siete y cuarto. Afuera, los niños jugaban al fútbol en la plaza, ajenos a la tormenta que se desataba en mi pecho.
Durante años, fui la vecina ejemplar. La que subía las bolsas del súper, la que recogía recetas en el ambulatorio, la que escuchaba historias repetidas mil veces sobre la guerra y los hijos que nunca venían. Me llamo Lucía y tengo cuarenta y dos años. Vivo en el piso de arriba con mi hijo Pablo y mi madre, Carmen, que ya empieza a olvidar cosas. Mi marido se fue hace tres años, cansado de una vida demasiado pequeña para sus sueños. Desde entonces, todo recayó sobre mí: la casa, el niño, mi madre… y doña María.
Doña María tiene ochenta y seis años y una hija, Teresa, que vive en Madrid pero viene poco. Siempre hay una excusa: el trabajo, los niños, el tráfico. Así que yo me convertí en su familia suplente. Al principio lo hacía con gusto; me recordaba a mi abuela y sentía que ayudaba a alguien que lo necesitaba. Pero con el tiempo, la ayuda se volvió obligación. Si no podía bajar a comprarle el pan, me llamaba tres veces seguidas. Si no le recogía las pastillas, me esperaba en el rellano con cara de reproche.
—¿Y ahora quién me va a ayudar? —me preguntó esa tarde, con voz quebrada.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Quién iba a ayudarla? ¿Quién iba a escucharla cuando llorara por las noches? Pero también pensé en mi hijo Pablo, que últimamente se encerraba más en su cuarto porque yo siempre estaba «ocupada». Pensé en mi madre, que cada vez me necesitaba más y a quien apenas dedicaba tiempo de calidad porque siempre estaba corriendo de un lado a otro.
—No lo sé, doña María —le respondí—. Pero no puedo seguir así. Estoy agotada.
Ella suspiró y apartó la mirada hacia la ventana. El silencio se hizo pesado entre nosotras. Sentí la culpa mordiéndome por dentro, como tantas otras veces: cuando le dije a Pablo que no podía ir al parque porque tenía que ayudar a doña María; cuando mi madre me preguntó si podía acompañarla al médico y yo le contesté que tenía que hacerle la compra a la vecina.
Esa noche apenas dormí. Escuché los pasos de Pablo por el pasillo y el murmullo de mi madre hablando sola en su habitación. Pensé en todas las mujeres como yo: las que intentan ser buenas hijas, buenas madres, buenas vecinas… hasta desdibujarse por completo.
Al día siguiente, Teresa llamó desde Madrid:
—Lucía, ¿qué ha pasado con mi madre? Me ha dicho que estabas rara.
Me mordí el labio antes de contestar:
—Nada grave. Solo… necesito poner límites. No puedo con todo.
—Ya… pero entiéndela, está sola —me dijo con voz cansada—. Yo hago lo que puedo desde aquí.
Sentí una rabia sorda. ¿De verdad hacía lo que podía? ¿O era más fácil delegar en la vecina soltera del cuarto?
Esa semana fue un infierno silencioso. Doña María dejó de saludarme en el portal; sentí las miradas de otras vecinas cuchicheando cuando pasaba por delante del ascensor. Mi madre me preguntó si había hecho algo malo. Pablo me abrazó una noche y me dijo:
—Mamá, ¿por qué siempre estás triste?
Lloré en silencio mientras él dormía. Me pregunté si alguna vez podría ser suficiente para todos sin dejarme a mí misma atrás.
Un viernes por la tarde, llamaron al timbre. Era Teresa. Venía con prisas y cara de pocos amigos.
—Mira, Lucía —me dijo sin rodeos—. Sé que has hecho mucho por mi madre, pero tienes que entender…
Le interrumpí:
—No, Teresa. Tienes tú que entenderlo. Yo también tengo una familia. También necesito tiempo para mí. No soy una ONG.
Se quedó callada unos segundos antes de bajar la mirada.
—Tienes razón —susurró—. Perdona si he abusado de tu buena voluntad.
No sé si lo decía de verdad o solo quería acabar rápido con la conversación incómoda. Pero esa noche dormí mejor.
Poco a poco aprendí a decir «no» sin sentirme mala persona. A veces doña María me mira con tristeza desde su ventana; otras veces me saluda con frialdad. Pero he recuperado tiempo para Pablo, para mi madre… incluso para mí misma.
Aún siento culpa algunas noches, pero también orgullo por haberme atrevido a romper ese círculo invisible de sacrificio femenino tan común en España: las mujeres que sostienen familias ajenas mientras descuidan la propia.
Me pregunto cuántas Lucías hay en cada barrio, cuántas veces hemos callado nuestra verdad por miedo al qué dirán o al peso de la culpa.
¿Y tú? ¿Dónde pones tus límites? ¿Hasta cuándo vas a seguir siendo la chica para todo?