El día que Julián tocó la puerta equivocada

—¡Mamá, por favor, solo un ratito más! —La voz de la niña, apenas un susurro, se colaba por la rendija de la puerta mientras yo, Julián, apretaba el timbre con impaciencia. Era el tercer mes que venía a cobrar la renta de ese piso en Vallecas y ya estaba harto de excusas.

—¡Ya voy! —contestó una mujer desde dentro, con ese acento castizo que tanto me recordaba a mi infancia en el barrio, antes de que la vida me llevara por otros caminos.

La puerta se abrió y el olor a sopa recalentada y ropa vieja me golpeó de lleno. Allí estaba ella: una niña flaquita, con las trenzas deshechas y las manos llenas de pinchazos de aguja. Cosía a mano un vestido azul, los ojos rojos de sueño y cansancio. Me miró como si yo fuera un inspector del infierno.

—¿Está tu madre? —pregunté, intentando sonar menos brusco.

—Está terminando de planchar en la cocina —respondió sin dejar de coser, los dedos temblorosos.

Me quedé en el umbral, incómodo. Yo, Julián, el del BMW aparcado en doble fila, el que nunca había pasado hambre desde que monté mi empresa de reformas. ¿Qué hacía esa niña cosiendo a estas horas? ¿No debería estar en el parque o haciendo deberes?

La madre apareció, sudando y con la cara desencajada.

—Perdone, don Julián… Sé que le debemos tres meses, pero le juro que en cuanto cobre la extra le pago todo. Es que… —miró a su hija y bajó la voz— …la cosa está muy mal. Mi marido se fue y solo tengo trabajos por horas.

Me crucé de brazos. —Entiendo que esté difícil, pero yo también tengo gastos. No puedo esperar eternamente.

La niña dejó la aguja y me miró con una mezcla de miedo y orgullo. —Estoy ayudando a mamá para que podamos pagarle. Hago vestidos para las vecinas…

Me quedé sin palabras. Recordé a mi abuela cosiendo para sacar adelante a mis tíos en los años duros de la posguerra. Sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento me había convertido en ese tipo de persona?

—¿Cuántos vestidos tienes que hacer para pagarme un mes? —pregunté, casi sin pensar.

—Muchos… —susurró—. Pero si trabajo mucho, igual para Navidad…

La madre se secó las manos en el delantal. —No quiero lástima, don Julián. Solo un poco más de tiempo.

Miré alrededor: muebles viejos, una estufa eléctrica medio rota, dibujos infantiles pegados con celo en la pared desconchada. El ruido lejano del televisor del vecino se colaba por las paredes finas como papel.

—Mire… —dije al fin—. No voy a echarles. Pero necesito que me digan la verdad siempre. Si necesitan ayuda… hay asociaciones en el barrio. Yo puedo preguntar.

La mujer rompió a llorar en silencio. La niña bajó la cabeza y siguió cosiendo con más fuerza, como si cada puntada fuera una promesa.

Salí del piso con el corazón encogido y el ruido de la máquina de coser imaginaria retumbando en mis oídos. Me senté en el coche y miré mi reflejo en el retrovisor: traje caro, corbata perfecta… pero algo dentro de mí se había roto.

Esa noche no pude dormir. Pensé en mi infancia, en mi madre luchando por darnos lo justo. Pensé en esa niña y su madre, en la dignidad con la que afrontaban la vida pese a todo.

Al día siguiente volví al piso con bolsas de comida y una oferta: si la niña quería, podía ayudarme a arreglar ropa vieja para donarla a Cáritas. Así podría ganar algo sin dejar los estudios.

La madre me miró sorprendida, los ojos llenos de gratitud y desconfianza a partes iguales.

—¿Por qué hace esto? —preguntó.

Me encogí de hombros. —Quizá porque hace tiempo olvidé lo que era tener miedo al final de mes… y hoy lo he recordado.

A veces pienso: ¿cuántas puertas cerradas esconden historias como esta? ¿Cuántas veces pasamos de largo sin mirar lo que hay detrás? ¿Y si todos nos atreviéramos a preguntar antes de juzgar?