El día que mi hermano rompió nuestra familia: una herencia, un amor y una traición

—¡No es justo, mamá! ¡Tengo derecho a mi parte!— gritó Sergio, con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa. Yo estaba en la cocina, con las manos aún mojadas del fregadero, y sentí cómo el corazón se me encogía. Mi madre, sentada en la mesa, apretaba un pañuelo entre los dedos. Mi padre ni siquiera levantó la vista del periódico; hacía semanas que prefería no intervenir.

Nunca imaginé que mi hermano pequeño, el mismo que me perseguía por el pasillo con un coche de juguete, acabaría enfrentándose así a nuestra familia. Pero todo empezó hace apenas un año, cuando Sergio cumplió dieciocho y nos soltó, sin anestesia, que quería casarse con Lucía. Nadie lo vio venir. Ni embarazo, ni presión: solo un amor adolescente que él defendía como si fuera la última verdad del mundo.

—¿Pero cómo vais a vivir?— pregunté yo, intentando sonar razonable.

—Nos buscaremos la vida. Lucía tiene un trabajo en la tienda de su tía y yo… bueno, algo saldrá. Pero necesitamos un sitio donde empezar. Y la casa de los abuelos es tan mía como tuya.

La casa. Ese viejo piso en Lavapiés donde crecimos todos, donde los veranos olían a tortilla de patatas y los inviernos a castañas asadas. Mis padres siempre dijeron que sería para los dos, pero nunca pensamos en repartirla tan pronto. Ni mucho menos por una boda precipitada.

Sergio insistía: “No quiero vivir de alquiler toda la vida. Si vendemos la casa, podemos empezar bien”. Yo no podía evitar pensar en mis propios planes: llevaba años ahorrando para independizarme, pero nunca se me ocurrió exigir nada. Mi madre lloraba cada noche; mi padre se encerraba en su silencio. Y yo… yo me sentía traidora por no apoyar a mi hermano, pero también furiosa por su egoísmo.

Las discusiones se volvieron rutina. Una tarde, mientras recogía la mesa, escuché a mis padres hablar en voz baja:

—No podemos obligarle a quedarse aquí si no quiere— decía mi madre.

—Pero tampoco podemos dejar que nos arranque la casa de las manos— respondió mi padre.

Yo entré en el salón y solté lo que llevaba semanas guardando:

—¿Y si le damos su parte? Pero con condiciones: que termine sus estudios y encuentre un trabajo estable. No podemos regalarle todo solo porque quiera casarse.

Sergio estalló cuando se lo propusimos:

—¡No sois nadie para ponerme condiciones! ¡Es mi derecho!

A partir de ahí, todo fue cuesta abajo. Lucía empezó a venir menos por casa; mis padres apenas se hablaban; yo me refugiaba en el trabajo para no escuchar los gritos. Una noche, Sergio apareció borracho y rompió una foto familiar contra la pared. Mi madre recogió los cristales llorando.

En el barrio todos empezaron a murmurar. “Los hijos de Carmen se han peleado por la herencia”, decían en la panadería. Yo sentía vergüenza y rabia a partes iguales.

Un día, mi padre me llamó al despacho:

—Hija, ¿tú qué harías si fueras yo?

No supe qué responderle. ¿Cómo elegir entre tu hermano y tus padres? ¿Entre el pasado y el futuro?

Finalmente, mis padres cedieron: venderían la casa y repartirían el dinero. Sergio firmó los papeles sin mirar atrás; Lucía le esperaba en la puerta con una sonrisa nerviosa. Yo me quedé allí, en el salón vacío, rodeada de ecos y recuerdos.

Hoy vivo en un piso pequeño en Vallecas. Mis padres se mudaron a un apartamento más modesto; Sergio y Lucía alquilaron algo lejos del centro. Apenas nos vemos. La última vez que coincidimos fue en Navidad: brindamos por compromiso y evitamos mirarnos demasiado tiempo a los ojos.

A veces me pregunto si todo esto mereció la pena. Si el amor justifica romper una familia. Si el dinero puede más que los abrazos de infancia o las tardes de juegos en el pasillo.

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde estaríais dispuestos a llegar por un hermano? ¿Es posible perdonar cuando la herida es tan profunda?