El día que mi nieto me enseñó a ser abuela: una lección inesperada

—Mamá, ¿puedes quedarte con Lucas hoy?— La voz de Marta temblaba al otro lado del teléfono. Era lunes, siete de la mañana, y yo apenas había terminado mi café. —El niño tiene fiebre y no puedo faltar otra vez al trabajo. Por favor.

Miré el reloj, sentí el peso de mis setenta años en los hombros y dudé. Hacía tiempo que no pasaba un día entero con un niño pequeño. Desde que Marta se fue de casa para estudiar en Madrid, nuestra relación se había llenado de silencios y reproches velados. Pero ese día, algo en su voz me hizo decir sí.

A las ocho y media, Marta llegó con Lucas en brazos. Tenía los ojos rojos de no dormir y una prisa amarga en los gestos. —Gracias, mamá. No sé qué haría sin ti.— Me besó la mejilla y salió corriendo, dejando tras de sí el olor a colonia barata y preocupación.

Lucas me miró con esos ojos enormes que tenía su abuelo cuando era joven. —¿Abuela?— preguntó, como si no estuviera seguro de quién era yo. Le sonreí, aunque por dentro sentía un miedo absurdo a no estar a la altura.

Las primeras horas fueron un caos: Lucas lloraba porque le dolía la garganta, no quería tomar el jarabe y se negaba a comer. Yo intentaba recordar las canciones de cuna que le cantaba a Marta, pero solo me venían a la cabeza fragmentos sueltos. Al final, me senté en el sofá con él en brazos y le hablé bajito:

—¿Sabes? Tu madre también era así de cabezota cuando estaba malita. Pero siempre se curaba más rápido si le contaba un cuento.—

Lucas me miró con curiosidad. Saqué un libro viejo de la estantería y empecé a leerle sobre dragones y princesas. Poco a poco, su respiración se hizo más tranquila y se quedó dormido en mi regazo.

Mientras lo observaba dormir, recordé los años en que Marta era pequeña. Yo trabajaba en una tienda de ropa en el centro de Sevilla y apenas tenía tiempo para ella. Siempre estaba cansada, siempre con prisas. Mi marido, Antonio, murió joven y me dejó sola con una niña y muchas cuentas por pagar. A veces pienso que nunca fui la madre que ella necesitaba.

El timbre del móvil me sacó de mis pensamientos. Era un mensaje de Marta: «¿Todo bien? Perdona por dejarte esto encima…» Sentí una punzada de culpa. ¿Cuántas veces le había pedido yo ayuda a mi madre sin pensar en lo difícil que sería para ella?

A media mañana, Lucas despertó llorando. Tenía fiebre alta y no quería separarse de mí. Llamé al centro de salud y me dijeron que vigilara la temperatura y le diera líquidos. Me sentí inútil, torpe, como si hubiera olvidado todo lo que una vez supe sobre cuidar a un niño.

—Tranquilo, cariño,— le susurré mientras le ponía un paño húmedo en la frente.— La abuela está aquí.

En ese momento, sentí una ternura inmensa por ese niño que apenas conocía. Me di cuenta de que había dejado que el orgullo y los viejos rencores me alejaran de mi hija y de su familia. ¿Por qué nos cuesta tanto pedir perdón? ¿Por qué dejamos pasar los años sin acercarnos?

A la hora de comer, intenté prepararle una sopa como las que hacía mi madre. Lucas apenas probó dos cucharadas antes de quedarse dormido otra vez. Aproveché para llamar a Marta.

—Está mejor,— le dije.— No te preocupes, hija. Descansa tranquila en el trabajo.

Al otro lado del teléfono, escuché un suspiro aliviado.— Gracias, mamá. De verdad.—

Por la tarde, mientras Lucas jugaba con unos bloques en el suelo del salón, me senté a su lado y le enseñé a construir una torre alta. Se reía cada vez que se caía y yo también reía, sintiendo cómo algo dentro de mí se aflojaba después de tantos años apretado.

Cuando Marta vino a recogerlo al final del día, me abrazó fuerte.— No sé cómo agradecerte esto.—

La miré a los ojos y vi reflejada a la niña que fui incapaz de comprender durante tanto tiempo.— No tienes que agradecerme nada,— le dije.— Solo prométeme que no dejaremos pasar tanto tiempo sin vernos.

Esa noche, mientras recogía los juguetes del suelo y apagaba las luces del salón, sentí una paz nueva en el pecho. Había sido un día agotador, sí, pero también hermoso. Había recuperado algo que creía perdido: la capacidad de cuidar y dejarme cuidar.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo o el miedo nos alejen de quienes más queremos? ¿Y si mañana fuera demasiado tarde para decir lo siento o te quiero? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez ese vértigo al mirar atrás y ver todo lo que podríamos haber hecho diferente?