El eco de las paredes: Mi familia espera mi final
—¿Y si la abuela no aguanta mucho más? —escuché susurrar a Lucía desde el pasillo, creyendo que yo dormía. El eco de su voz rebotó en las paredes de mi pequeño piso en Chamberí, como una bofetada inesperada. Mi nieto Sergio respondió con un suspiro: —Pues habrá que ver cómo repartimos esto. Yo necesito el dinero para la entrada del piso con Marta.
No sé si fue el insomnio o el dolor en las piernas lo que me mantuvo despierta esa noche, pero desde entonces, nada volvió a ser igual. Me llamo Carmen, tengo setenta y ocho años y llevo viviendo en este piso desde que Franco murió. Aquí crié a mis dos hijas, Lucía y Teresa, aquí enterré a mi marido y aquí aprendí a sobrevivir a la soledad. Pero nunca imaginé que el mayor enemigo estaría dentro de mi propia sangre.
Al día siguiente, Lucía vino con su sonrisa de siempre y una bolsa de magdalenas del supermercado. —¿Cómo has dormido, mamá? —preguntó, fingiendo interés mientras miraba de reojo las paredes, como si midiera el espacio para sus muebles. Yo asentí, tragando la rabia y el miedo. ¿Cómo decirle que la había escuchado? ¿Cómo enfrentar esa verdad sin romper lo poco que nos quedaba?
Teresa, mi hija menor, vive en Valencia y apenas llama. Siempre fue la más distante, pero últimamente noto que sus mensajes son más frecuentes, aunque siempre terminan con alguna pregunta sobre el testamento o el valor del piso. «Mamá, deberías pensar en venderlo antes de que te compliques más la vida», me escribió hace una semana. No sé si es preocupación o interés disfrazado.
El piso es mi refugio y mi condena. Cada rincón guarda recuerdos: la mancha de vino en la alfombra del salón cuando celebramos la selectividad de Lucía; las marcas en la pared del pasillo donde medíamos a Teresa cada cumpleaños; la cocina pequeña donde mi marido me abrazaba por detrás mientras cocinaba lentejas los domingos. ¿Cómo pueden querer arrancarme todo eso antes de tiempo?
Hace un mes fui al notario. Firmé un testamento dejando el piso a quien menos lo espera: mi vecina Rosario, una mujer viuda que me ha cuidado más que mis propias hijas en los últimos años. Rosario me trae caldo cuando estoy enferma, me acompaña al médico y me escucha sin juzgarme. Sé que muchos pensarán que estoy loca, pero ¿qué sentido tiene dejarle todo a quienes solo ven ladrillos y euros?
A veces me siento culpable. ¿Estoy traicionando a mis hijas? ¿O son ellas quienes me traicionan a mí? El otro día, Sergio vino solo. Se sentó en el sofá y empezó a hablarme de su trabajo precario y de lo difícil que es encontrar piso en Madrid. «Abuela, tú sabes lo mucho que te quiero… Pero si algún día no estás, este piso podría ayudarme a empezar una vida con Marta». Le miré a los ojos y vi al niño que crié, pero también al hombre que calcula su futuro con mis paredes.
La tensión crece cada vez que Lucía viene a verme. El otro día discutimos por una tontería: el mando de la tele. Pero sé que no era por eso. —Mamá, deberías dejarme ayudarte con las cuentas del banco —insistió—. No quiero que te líes con los recibos.
—No estoy tan mayor como crees —le respondí seca—. Sé perfectamente lo que hago.
Se hizo un silencio incómodo. Ella suspiró y se fue antes de tiempo. Me quedé sola, mirando por la ventana cómo caía la lluvia sobre los tejados de Madrid.
A veces pienso en venderlo todo e irme a un pueblo pequeño, lejos del ruido y de las miradas interesadas. Pero sé que no podría vivir sin el bullicio de la ciudad ni sin los recuerdos que me atan a estas paredes.
Hace dos semanas tuve un susto: me caí en la ducha y estuve horas en el suelo hasta que Rosario vino a buscarme porque no contestaba al timbre. Cuando Lucía se enteró, llegó hecha una furia: —¡Esto no puede seguir así! Tienes que irte a una residencia o venirte conmigo.
—¿Y dejar mi casa? ¿Para qué? ¿Para que puedas venderla cuanto antes?
No sé de dónde saqué el valor para decirlo en voz alta. Lucía se quedó helada. Lloró. Yo también lloré. Pero nada cambió.
Ahora vivo con miedo a enfermar o a morir sola, pero también con miedo a vivir rodeada de gente que solo espera mi final para repartirse mis recuerdos como si fueran billetes de lotería.
A veces escucho a mis vecinos reírse en el patio interior y me pregunto si alguna vez volveré a sentirme parte de una familia de verdad. Si alguna vez podré perdonarles o perdonarme por haber llegado hasta aquí.
¿Es justo proteger lo poco que me queda aunque eso signifique romper los lazos con mis hijas? ¿O debería ceder y dejarles todo, aunque sé que solo les importa el dinero? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?