El eco de los silencios: Un hijo, una madre y la distancia

—¿Miguel? Hijo, soy tu tía Rosario. Es tu madre… Carmen ha tenido un ictus. Está en el hospital Virgen del Rocío. No sabemos si…

La voz de mi tía se quiebra y yo siento cómo el suelo se abre bajo mis pies. Son las dos de la madrugada y el eco de su voz resuena en mi piso de Barcelona, donde mi mujer, Lucía, duerme ajena a la tragedia que acaba de desatarse a mil kilómetros al sur. Me quedo sentado en la cama, con el móvil pegado al pecho, como si así pudiera protegerme del dolor.

Recuerdo a mi madre en la cocina, con las manos manchadas de harina y la radio puesta en Canal Sur. Siempre fuerte, siempre sola desde que papá nos dejó. Me enseñó a no rendirme, a pelear por lo que quiero. Pero ahora soy yo quien no sabe qué hacer.

—¿Qué pasa? —Lucía se incorpora, medio dormida.

—Es mi madre. Ha tenido un ictus. Está grave.

Lucía me mira en silencio. Sé lo que piensa: tenemos dos niños pequeños, un trabajo que no puedo dejar tirado y una hipoteca que apenas podemos pagar. Pero también sabe lo que significa Carmen para mí.

—¿Vas a ir?

No respondo. Miro el techo, buscando respuestas entre las grietas de la escayola. ¿Cómo elegir entre la familia que he formado y la que me formó?

A las seis de la mañana ya estoy en el AVE rumbo a Sevilla. El vagón está casi vacío y el paisaje pasa borroso tras la ventanilla. Siento una mezcla de culpa y alivio: culpa por dejar a Lucía sola con los niños; alivio por estar haciendo lo correcto.

En el hospital, el olor a desinfectante me golpea como un puñetazo. Tía Rosario me abraza fuerte.

—Está en la UCI. No reacciona, Miguelito…

Entro en la habitación y veo a mi madre conectada a máquinas, tan pequeña bajo las sábanas blancas. Le cojo la mano y le hablo bajito:

—Mamá, soy yo. No te vayas todavía…

Las horas pasan lentas. Mi primo Álvaro llega con café y me mira con esa mezcla de compasión y resignación tan andaluza.

—¿Sabes? Mi madre dice que los hijos somos como boomerangs: siempre volvemos al sitio donde nos lanzaron.

Sonrío por primera vez en días. Pienso en todas las veces que discutí con Carmen por tonterías: por no llamarla más, por no ir más a menudo a verla. Ahora todo parece ridículo.

Lucía me llama al móvil:

—Miguel, los niños preguntan por ti. ¿Cuándo vuelves?

No sé qué decirle. Siento que estoy fallando como padre por estar aquí y como hijo por no haber venido antes.

—En cuanto pueda, cariño…

Cuelgo y me derrumbo en una silla del pasillo. Rosario se sienta a mi lado.

—No te castigues tanto, hijo. Tu madre siempre supo que harías lo correcto.

Pero ¿qué es lo correcto? ¿Quedarme aquí hasta que despierte o volver con mi familia?

Esa noche sueño con mi infancia: Carmen cosiendo hasta tarde para pagarme los libros del colegio; yo prometiéndole que algún día le devolvería todo su esfuerzo. Me despierto llorando.

Al tercer día, los médicos dicen que hay una leve mejoría. Puedo entrar a verla unos minutos más.

—Mamá, tienes que luchar —le susurro—. No me hagas elegir entre tú y mis hijos…

Sus dedos se mueven apenas. Una lágrima resbala por su mejilla. No sé si me oye o si es solo un reflejo, pero decido quedarme un día más.

Por la tarde, Lucía me manda una foto de los niños jugando en el parque. Siento una punzada en el pecho: ¿y si algo les pasa mientras no estoy? ¿Y si Carmen no despierta?

En el pasillo del hospital escucho a otras familias discutir sobre turnos para cuidar a sus mayores, sobre residencias y dinero. Pienso en lo solos que estamos todos cuando llega la enfermedad.

Esa noche, Rosario me confiesa:

—Tu madre siempre decía que eras su mayor orgullo, aunque nunca te lo dijera en voz alta.

Me duele pensar en todo lo que nunca nos dijimos. En los silencios llenos de amor mal entendido.

Al quinto día decido volver a Barcelona. Abrazo a Carmen y le prometo volver pronto.

En el tren de regreso, miro mi reflejo en la ventanilla y me pregunto si he hecho lo correcto. ¿Cuántos hijos se ven obligados a elegir entre cuidar a sus padres o a sus propios hijos? ¿Es justo cargar con esa culpa?

Al llegar a casa, Lucía me abraza fuerte y los niños se cuelgan de mi cuello. Pero yo sigo sintiendo el peso de Sevilla en el corazón.

Esa noche, antes de dormir, escribo una carta para Carmen:

“Mamá, gracias por enseñarme a ser fuerte. Ojalá pudiera estar contigo siempre, pero ahora entiendo tu sacrificio: criarme para volar lejos aunque duela.”

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por quienes nos dieron la vida? ¿Y cómo aprendemos a perdonarnos por no poder estar en dos sitios a la vez?