El fin de semana que lo cambió todo: Un abuelo, un nieto y la herida del pasado
—¡Papá, no insistas más!— gritó Lucía, mi hija, mientras colgaba el teléfono con brusquedad. El pitido seco del auricular fue como una bofetada en mi oído. Me quedé mirando la foto polvorienta de mi difunta esposa, Carmen, sobre la repisa. Era viernes por la tarde y, una vez más, nadie traería a mi nieto, Daniel, a pasar el fin de semana conmigo.
La casa estaba demasiado silenciosa. Desde que Carmen se fue hace tres años, los días se arrastraban lentos y grises. Mi hija y yo apenas hablábamos; desde aquella discusión absurda por la herencia, todo se volvió distante y frío. Daniel era mi única alegría, pero Lucía siempre encontraba una excusa para no traerlo: “Tiene fútbol”, “Está cansado”, “No quiere ir”. Yo sabía que era ella quien no quería verme.
Me senté en el sofá, encendí la televisión y subí el volumen para ahogar el vacío. Pero ni los gritos del partido del Real Madrid lograban tapar el silencio de la casa. Cerré los ojos y recordé cuando Lucía era pequeña y corría por este mismo salón, cuando Carmen reía preparando croquetas en la cocina. ¿En qué momento se rompió todo?
De repente, sonó el timbre. Me sobresalté. ¿Quién podía ser a esas horas? Abrí la puerta y allí estaba Daniel, con su mochila azul y una expresión nerviosa.
—Hola, abuelo —dijo bajito.
—¡Daniel! ¿Qué haces aquí solo? ¿Dónde está tu madre?
—Me ha dejado en la esquina. Dice que si quiero verte, tengo que venir yo —respondió encogiéndose de hombros.
Sentí una punzada de rabia y tristeza. ¿Cómo podía Lucía hacerle esto a su propio hijo? Pero me tragué las palabras y abracé a Daniel con fuerza.
—Pasa, hijo, pasa. ¿Tienes hambre?
Asintió tímidamente. Le preparé un bocadillo de jamón y abrí una Fanta de naranja. Mientras comía, me miraba de reojo, como si temiera que le fuera a regañar o a preguntar demasiado.
—¿Sabes? Cuando tu madre era pequeña, le encantaba venir aquí los viernes —intenté romper el hielo—. Jugábamos al parchís hasta tarde y luego veíamos películas de vaqueros.
Daniel sonrió apenas.
—¿Por qué mamá no quiere venir contigo?
La pregunta me atravesó como un cuchillo. ¿Cómo explicarle a un niño de nueve años el rencor, la culpa y los errores de los adultos?
—A veces los mayores nos enfadamos por tonterías —dije al fin—. Pero eso no tiene nada que ver contigo.
Daniel bajó la cabeza. El resto de la noche fue tranquila; jugamos a la consola y le dejé quedarse despierto hasta tarde. Cuando se durmió en el sofá, lo tapé con una manta y me senté a su lado, observando su respiración tranquila. Sentí una mezcla de felicidad y miedo: ¿y si Lucía venía a buscarlo enfadada? ¿Y si este fin de semana era solo un espejismo?
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos churros con chocolate, Daniel me miró serio:
—Abuelo, ¿tú echas de menos a la abuela?
Me quedé helado. No esperaba esa pregunta tan directa.
—Muchísimo —respondí con voz temblorosa—. Ella era el pegamento de esta familia.
Daniel asintió como si entendiera más de lo que decía su edad.
—Mamá llora a veces por las noches —confesó—. Cree que no la oigo.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Cuánto dolor estábamos arrastrando todos? ¿Cuántas palabras no dichas nos estaban separando?
Ese sábado salimos al parque; jugamos al fútbol y comimos helado en la plaza Mayor. Me encontré con Paco, mi vecino de toda la vida.
—¡Hombre, Andrés! ¡Qué alegría verte con el chaval! —exclamó Paco—. Ya era hora de que te dejaran disfrutar del nieto.
Sentí las miradas curiosas de otros vecinos; todos sabían del distanciamiento con Lucía. Me sentí expuesto, pero también orgulloso de estar allí con Daniel.
Por la noche, mientras veíamos una película antigua, Daniel se acurrucó a mi lado.
—Abuelo… ¿tú crees que mamá volverá a ser feliz?
No supe qué responderle. Solo le acaricié el pelo y le prometí que haría todo lo posible para que así fuera.
El domingo por la tarde llegó Lucía a recogerlo. No entró en casa; se quedó en el coche con el motor encendido. Daniel me abrazó fuerte antes de irse.
—Gracias por todo, abuelo —susurró.
Vi cómo se alejaban por la ventana y sentí una mezcla de alivio y tristeza. ¿Sería este el principio de una reconciliación o solo un paréntesis en nuestra distancia?
Esa noche llamé a Lucía. Tardó en responder.
—¿Qué quieres, papá?
—Solo quería darte las gracias por dejarme estar con Daniel este fin de semana —dije con voz suave—. Sé que no ha sido fácil para ti.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—No lo he hecho por ti —respondió al fin—. Lo he hecho por él… Pero quizá deberíamos hablar algún día.
Colgó antes de que pudiera decir nada más. Pero esa frase fue como una rendija de luz en medio del túnel.
Ahora escribo estas líneas mientras miro la foto de Carmen y sonrío por primera vez en mucho tiempo. Quizá aún haya esperanza para nosotros.
¿De verdad es tan difícil perdonar? ¿Cuántas familias se rompen por orgullo o miedo? ¿Y si mañana decidiéramos hablar sin reproches? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?