El hogar perdido – Confesiones de una madre sobre la traición de su hijo

—¿Por qué, Diego? ¿Por qué me haces esto? —Mi voz temblaba, apenas un susurro ahogado por el eco vacío del salón. El sol de la tarde se colaba por las persianas, dibujando líneas doradas sobre las cajas apiladas junto a la puerta. Mi casa, mi refugio durante más de treinta años, se desmoronaba ante mis ojos.

Diego no me miraba. Jugaba con las llaves en la mano, evitando mi mirada como si el suelo fuera más interesante que el dolor de su madre. —Mamá, no tenía otra opción. El banco… las deudas… Tú no entiendes cómo están las cosas ahora —murmuró, casi inaudible.

No entendía. O quizá no quería entender. Desde que falleció Antonio, mi marido, Diego y yo habíamos sido un equipo. O eso creía yo. Él era mi único hijo, mi alegría y mi preocupación constante. Había sacrificado tanto para que pudiera estudiar Derecho en Granada, para que tuviera una vida mejor que la mía. Y ahora, con un simple papel firmado a escondidas, había vendido la casa familiar para saldar sus propias deudas.

Recuerdo el día en que lo descubrí. Llegué del mercado con la bolsa de naranjas y pan caliente, y encontré a dos hombres trajeados revisando el salón. —¿Quiénes son ustedes? —pregunté, el corazón encogido.

—Venimos a tasar la vivienda, señora —respondió uno de ellos, sin levantar la vista del móvil.

Diego apareció entonces, pálido como un fantasma. —Mamá, tenemos que hablar —dijo, y supe que algo terrible había pasado.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de abogados, papeles y lágrimas. Mis hermanas, Lucía y Pilar, me llamaban cada noche desde Málaga y Madrid. —Carmen, vente con nosotras —insistía Lucía—. Aquí tienes tu sitio. Pero yo no quería irme. Esta era mi casa, el lugar donde vi crecer a Diego, donde Antonio y yo bailábamos pasodobles los domingos por la tarde.

Una tarde de lluvia, mientras recogía las fotos del aparador, Diego se sentó a mi lado. —Mamá, lo siento mucho. No quería hacerte daño. Pero si no vendía la casa, me lo quitaban todo… incluso el coche para ir al trabajo.

—¿Y yo? ¿Qué soy yo para ti? ¿Un mueble más que se puede vender? —le espeté entre sollozos.

Él bajó la cabeza. —No es eso… Es solo que estoy ahogado. No sé cómo salir de esto.

La rabia me quemaba por dentro. ¿En qué momento mi hijo se convirtió en un desconocido? ¿Cuándo dejó de confiar en mí para pedirme ayuda antes de llegar a este extremo? Recordé las noches en vela cuando era pequeño y tenía fiebre; cómo le preparaba caldos y le cantaba nanas hasta que se dormía. ¿De qué sirvió todo ese amor si ahora me pagaba así?

Los vecinos empezaron a murmurar. En el supermercado, Rosario me miraba con lástima: —Ay, Carmen, qué disgusto más grande… Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

Pero yo no quería compasión. Quería respuestas. Quería a mi hijo de vuelta.

El día que entregué las llaves fue el peor de mi vida. Diego me acompañó en silencio hasta la puerta. —Mamá, te he alquilado un piso cerca del centro. Es pequeño pero está bien —me dijo, como si eso pudiera arreglar algo.

—No quiero tu caridad —le respondí con frialdad—. Quiero que me devuelvas el tiempo perdido y la confianza rota.

Pasaron los meses y la distancia entre nosotros creció como una grieta imposible de cerrar. En Navidad, Diego vino a verme con su novia Laura y un ramo de flores. Intentó sonreír, pero sus ojos estaban llenos de culpa.

—Mamá, ¿podemos empezar de nuevo? —me preguntó mientras cenábamos turrón en el diminuto salón del piso nuevo.

Lo miré largo rato antes de responder. —No lo sé, Diego. El perdón no es un interruptor que se enciende o apaga. Necesito tiempo… y tú también deberías pensar en lo que has hecho.

A veces me despierto en mitad de la noche y escucho los ecos del pasado: las risas de Diego corriendo por el pasillo, los pasos de Antonio subiendo la escalera con pan recién hecho los sábados por la mañana. Ahora solo queda silencio y el zumbido lejano del tráfico sevillano.

He aprendido a vivir sola. He redecorado el piso con plantas y fotos antiguas; he retomado mis paseos por el parque María Luisa y hasta me he apuntado a clases de sevillanas con mis vecinas del bloque. Pero hay días en los que el dolor regresa como una ola fría e implacable.

¿Se puede volver a confiar después de una traición así? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar? A veces me pregunto si algún día podré mirar a Diego sin sentir ese nudo en el pecho… ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?