El ladrido que cambió mi destino: secretos en Barajas
—¡Por favor, Lucía, camina normal! —me susurró Javier entre dientes, apretando mi brazo con fuerza mientras avanzábamos hacia el control de seguridad del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Yo intentaba mantener la compostura, pero el sudor frío me recorría la espalda. El vestido de lino azul, tan bonito y caro, no era suficiente para ocultar la tensión que sentía ni el bulto que crecía bajo mi vientre de seis meses.
—No puedo, Javier, me duele la espalda —le respondí en voz baja, intentando no llamar la atención. Pero era imposible. El perro policía, un pastor alemán de mirada intensa, se plantó delante de mí y empezó a ladrar como si hubiera visto al mismísimo diablo.
La gente nos miraba. Un guardia de seguridad se acercó, serio, con esa autoridad tan madrileña que no deja lugar a dudas. —¿Hay algún problema aquí?— preguntó, mientras el perro no dejaba de olfatearme y ladrar. Javier soltó mi brazo de golpe, como si quemara. —No, no, todo está bien. Mi mujer está embarazada, quizá el perro se ha confundido—. Su voz sonaba forzada, casi temblorosa.
Pero el guardia no se dejó engañar. —Señora, ¿puede acompañarme, por favor?—. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Miré a Javier, buscando apoyo, pero él ya estaba dando un paso atrás, alejándose de mí como si no me conociera. —Javier, por favor…— susurré, pero él solo bajó la mirada y se perdió entre la multitud, dejándome sola, plantada, con el corazón hecho trizas.
Me llevaron a una sala pequeña, blanca, fría. El perro seguía ladrando, cada vez más fuerte. Una agente de la Guardia Civil me pidió que me sentara y, con una delicadeza inesperada, me preguntó si llevaba algo encima que pudiera explicar el comportamiento del animal. Negué con la cabeza, pero mi voz apenas era un susurro. —Solo estoy embarazada…—
La agente me miró a los ojos, buscando la verdad. —¿Está segura, señora?—. Sentí las lágrimas resbalar por mis mejillas. No podía más. —No sé qué está pasando…—
Entonces, me pidieron que me levantara y, con mucho cuidado, revisaron el vestido. Fue entonces cuando lo descubrieron: cosido en el forro, había pequeños paquetes envueltos en plástico. No podía creerlo. —¿Qué es esto?— preguntó la agente, mostrándome uno de los paquetes. Yo estaba en shock. —No lo sé…—
En ese momento, todo encajó. Recordé la noche anterior, cuando Javier insistió en que me pusiera ese vestido, diciendo que me haría sentir más cómoda para el vuelo a Buenos Aires. Recordé cómo él mismo lo había sacado de la tintorería y me lo entregó, con una sonrisa nerviosa. Sentí una mezcla de rabia, miedo y traición.
—Señora, estos paquetes contienen droga —dijo la agente, con voz grave. —¿Sabe usted algo de esto?—
Negué con la cabeza, sollozando. —No… ¡No tenía ni idea!—
Me interrogaron durante horas. Les conté todo: cómo Javier había cambiado en los últimos meses, cómo me había convencido para hacer ese viaje, cómo últimamente recibía llamadas extrañas y desaparecía durante horas. Les hablé de mi embarazo, de mis miedos, de mi soledad.
Al final, los agentes creyeron en mi inocencia. Me dejaron marchar, pero el daño ya estaba hecho. Javier había desaparecido, su móvil apagado, su familia negándolo todo. Me sentí sola, humillada, pero también aliviada. Si el perro no hubiera ladrado, si no me hubieran detenido, habría subido a ese avión con kilos de droga cosidos al vestido… y quién sabe qué habría pasado a 10.000 metros de altura, sobre el Atlántico.
Esa noche, en casa de mi madre en Vallecas, lloré como nunca. Mi madre me abrazó fuerte, repitiendo: —Hija, más vale sola que mal acompañada. Ese hombre no te merece.—
Ahora, meses después, con mi hijo en brazos y una nueva vida por delante, no puedo evitar preguntarme: ¿Cuántas veces confiamos ciegamente en quienes amamos, sin ver las señales? ¿Y si el destino, disfrazado de perro policía, nos da una segunda oportunidad, la sabremos aprovechar?