El llanto de Valentina: Un día que lo cambió todo

—¡Por favor, Valentina, cariño, cálmate! —suplicaba mientras la sostenía en brazos, su carita roja y empapada de lágrimas. El reloj marcaba las seis y media de la tarde y el eco de su llanto rebotaba por todo el piso, atravesando las paredes finas del bloque de pisos en Carabanchel. Mi suegra, Elizabeth, apareció en la puerta del salón con los labios apretados y ese gesto que tanto temía.

—¿Otra vez llorando? —dijo, cruzándose de brazos—. Deberías saber ya cómo calmarla, Lucía. Las madres de antes no teníamos estos problemas.

Sentí cómo la vergüenza me subía por el cuello. Me mordí el labio para no contestar. No era la primera vez que Elizabeth me hacía sentir insuficiente, pero hoy, con Valentina inconsolable y mi paciencia al límite, algo dentro de mí se rompió.

Valentina tenía fiebre desde la mañana. Había llamado al centro de salud, pero me dijeron que vigilara y le diera paracetamol. Mi marido, Sergio, estaba en el trabajo y no podía escaparse antes de las ocho. Así que estaba sola, o peor aún, acompañada por alguien que parecía disfrutar señalando mis errores.

—¿Le has dado demasiada ropa? —insistió Elizabeth—. Mira que los niños ahora los tenéis como si fueran muñecos de porcelana. Antes salíamos a la calle con frío y no pasaba nada.

—Mamá, por favor… —intenté decirle, pero ella ya estaba rebuscando entre las mantas del sofá.

—No me llames mamá —me cortó—. Llámame Elizabeth, como siempre.

Me dolió más de lo que esperaba. Recordé cuando nació Valentina y Elizabeth vino a casa con una tortilla de patatas y una sonrisa cálida. Pero desde entonces, cada visita era una inspección: si la niña dormía boca arriba o boca abajo, si le daba pecho o biberón, si la casa estaba suficientemente limpia.

Valentina seguía llorando. La llevé a la habitación para intentar calmarla con su peluche favorito. Cerré la puerta tras de mí y me senté en la cama. Sentí las lágrimas asomar a mis ojos. ¿Por qué todo parecía tan difícil? ¿Por qué nadie entendía lo sola que me sentía?

—Mamá está aquí, mi vida —le susurré a Valentina—. Todo va a ir bien.

Pero ni yo misma me lo creía. El móvil vibró: un mensaje de Sergio. “¿Cómo va todo?” No quise preocuparle más y solo respondí: “Bien”.

Al volver al salón, Elizabeth estaba al teléfono con su hermana Carmen.

—No sé qué hace Lucía todo el día —decía en voz baja, pero lo suficientemente alto para que yo escuchara—. La niña siempre está llorando… Yo a Sergio nunca le consentí esas cosas.

Me temblaron las manos. Me acerqué a la ventana y miré la calle: madres paseando carritos, niños jugando al fútbol en la plaza. ¿Serían ellas mejores madres que yo? ¿O también fingirían seguridad mientras por dentro se sentían tan perdidas?

De repente, Valentina dejó de llorar. El silencio fue tan abrupto que corrí a su habitación con el corazón encogido. La encontré dormida, con el pulgar en la boca y el peluche apretado contra el pecho. Me senté a su lado y respiré hondo.

Elizabeth entró sin llamar.

—¿Ves? Solo necesitaba dormir —dijo con tono triunfal—. Si me hubieras hecho caso antes…

No pude más.

—Elizabeth, por favor —le dije con voz temblorosa—. Estoy haciendo todo lo que puedo. No soy perfecta, pero Valentina es mi hija y necesito sentirme apoyada, no juzgada.

Se quedó callada unos segundos. Por primera vez vi una sombra de duda en su mirada.

—Yo solo quiero lo mejor para ella… y para ti —murmuró.

—Entonces ayúdame —le pedí—. No me hagas sentir peor de lo que ya me siento.

Elizabeth suspiró y se sentó a mi lado en la cama. Por un instante, el silencio fue menos pesado.

—Cuando Sergio era pequeño también lloraba mucho —confesó—. Yo tampoco sabía qué hacer a veces… Pero nunca lo dije en voz alta.

La miré sorprendida. ¿Era posible que detrás de su dureza hubiera miedo? ¿Que su exigencia fuera solo otra forma de amor?

Esa tarde terminó con Valentina dormida entre las dos. Elizabeth me contó historias de cuando Sergio era niño: cómo temía no estar a la altura, cómo se sentía juzgada por su propia suegra…

Cuando Sergio llegó a casa encontró a su madre y a su mujer compartiendo confidencias en voz baja, con Valentina dormida entre nosotras como un puente frágil pero real.

Esa noche no dormí mucho, pero sentí algo parecido a la esperanza. Quizá no era la única que tenía miedo de fallar; quizá todas las madres llevamos esa carga invisible.

Ahora escribo esto mientras Valentina duerme tranquila y Elizabeth prepara una infusión en la cocina. Me pregunto cuántas familias viven atrapadas entre expectativas imposibles y silencios dolorosos. ¿Cuántas veces nos juzgamos sin saber lo que pesa realmente ser madre?

¿Y si en vez de exigirnos perfección nos diéramos permiso para pedir ayuda? ¿Cuántas heridas podríamos evitar si habláramos desde el corazón?