El mensaje que lo cambió todo: La verdad sobre Darío
—¿Por qué no contestas? —me preguntó Darío desde la cocina, mientras yo miraba la pantalla del móvil con las manos temblorosas.
No podía articular palabra. El té se enfriaba en la mesa, y el zumbido del WhatsApp seguía resonando en mi cabeza. El mensaje era claro, directo, imposible de malinterpretar: «Hola, soy Lucía. Sé que esto será un shock, pero creo que tienes derecho a saberlo. Darío no es quien dice ser». Adjuntaba una foto de Darío abrazando a una niña pequeña, en lo que parecía ser un parque de Salamanca.
Mi corazón latía tan fuerte que temí que Darío pudiera oírlo desde la otra habitación. ¿Quién era esa niña? ¿Quién era Lucía? ¿Por qué Darío nunca me habló de ellas? Mi mente se llenó de imágenes: nuestras vacaciones en la Costa Brava, las cenas familiares con mis padres en Toledo, las promesas susurradas en noches de insomnio. Todo parecía una mentira.
—¿Estás bien, Carmen? —insistió Darío, asomándose por la puerta.
—Sí… solo estoy cansada —mentí, apartando el móvil.
Pero no podía dejar de mirar la foto. La niña tenía los mismos ojos oscuros y vivos que Darío. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Era posible que tuviera una hija y nunca me lo hubiera dicho?
Esa noche apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de Darío con la niña. Al amanecer, decidí responder a Lucía.
«¿Quién eres? ¿Qué quieres decir con que Darío no es quien dice ser?»
La respuesta llegó casi al instante: «Llevo años esperando el valor para escribirte. Darío y yo estuvimos juntos antes de que él te conociera. Nuestra hija, Marta, tiene seis años. Él prometió que algún día te lo contaría. Pero han pasado años y sigue mintiendo».
Sentí náuseas. Recordé todas las veces que Darío llegaba tarde del trabajo, las llamadas que nunca contestaba delante de mí, los fines de semana en los que decía tener reuniones en Barcelona. ¿Era todo una excusa para ver a Lucía y a Marta?
No podía seguir fingiendo. Cuando Darío volvió del trabajo esa tarde, le esperé sentada en el sofá, el móvil en la mano.
—Tenemos que hablar —dije con voz firme.
Él me miró con sorpresa, luego con miedo.
—¿De qué se trata?
Le mostré la foto sin decir nada. Vi cómo se le caía el mundo encima. Se sentó a mi lado y se tapó la cara con las manos.
—Carmen… lo siento…
—¿Desde cuándo? —le interrumpí, la voz quebrada.
—Antes de conocerte… pero cuando supe que estaba embarazada ya estaba contigo. No supe cómo decírtelo… Tenía miedo de perderte.
—¿Y crees que ocultándomelo ibas a evitarlo? ¡Me has mentido durante seis años! —grité, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.
Darío lloró como nunca le había visto llorar. Me contó todo: cómo conoció a Lucía en una fiesta universitaria en Salamanca, cómo se enteró del embarazo cuando ya estaba conmigo, cómo intentó romper con Lucía pero no pudo dejar de ver a su hija. Me habló de las veces que intentó decírmelo y no se atrevió.
—No quería hacerte daño…
—Pero lo has hecho igual —susurré.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre vino desde Toledo para estar conmigo. No paraba de preguntarme si pensaba perdonarle o si iba a pedir el divorcio.
—Carmen, hija, nadie merece vivir con una mentira —me decía mientras me acariciaba el pelo.
Pero yo no podía dejar de pensar en Marta. ¿Qué culpa tenía ella? ¿Podía odiar a una niña inocente?
Un sábado por la mañana recibí otro mensaje de Lucía: «Marta pregunta por su padre todos los días. No quiero meterme en tu vida, pero creo que deberías conocerla».
Decidí ir a Salamanca. Quería mirar a esa niña a los ojos y entender qué sentía realmente. Cuando llegué al parque donde quedamos, vi a Lucía sentada en un banco y a Marta jugando en los columpios. Me acerqué despacio.
—Hola… soy Carmen —dije con voz suave.
Lucía me miró con tristeza y alivio al mismo tiempo.
—Gracias por venir. No sabes lo difícil que ha sido todo esto para nosotras también.
Marta se acercó corriendo y me miró con curiosidad.
—¿Tú eres amiga de papá?
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí… algo así —respondí, sin saber si reír o llorar.
Pasamos la tarde juntas. Marta me mostró sus dibujos y me contó que le gustaba bailar flamenco como su abuela. Vi tanto de Darío en ella que me dolió el alma.
Al volver a Madrid, encontré a Darío sentado en el salón, con los ojos rojos de tanto llorar.
—¿La has visto? —preguntó con voz rota.
Asentí en silencio.
—No sé qué hacer, Carmen… No quiero perderte, pero tampoco puedo abandonar a Marta.
Me senté a su lado y por primera vez en semanas le tomé la mano.
—No tienes que elegir entre nosotras. Pero yo sí tengo que decidir si puedo vivir con esto…
Las semanas pasaron entre abogados, psicólogos y conversaciones interminables con mi madre y mi hermana Laura. Toda mi familia opinaba: unos decían que debía dejarle; otros, que todos cometemos errores y merecemos una segunda oportunidad.
Pero nadie podía decidir por mí. Solo yo sabía cuánto dolía mirar a Darío y ver al hombre al que amaba convertido en un desconocido.
Una noche salí a caminar por el Retiro para aclarar mis ideas. Miré las luces de Madrid reflejadas en el estanque y pensé en todo lo perdido… pero también en lo aprendido. ¿Podía perdonar? ¿Podía reconstruir mi vida con Darío sabiendo toda la verdad?
Hoy sigo sin tener todas las respuestas. Pero sé que ya no tengo miedo a enfrentar la verdad ni a empezar de nuevo si es necesario.
A veces me pregunto: ¿Es posible volver a confiar después de una traición así? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?