El peso de los silencios: Mi vida con mamá

—¿Por qué has dejado la luz encendida otra vez, Lucía?— Su voz, áspera y cansada, retumba en el pasillo mientras yo intento no perder la paciencia. Son las dos de la madrugada y apenas he dormido desde que mamá se mudó conmigo hace tres semanas. La caída en su piso de Lavapiés fue la excusa perfecta para que mi hermano, Álvaro, y yo tomáramos la decisión: «Mamá no puede vivir sola». Pero nadie me preguntó si yo podía vivir con ella.

Recuerdo esa noche como si fuera ayer. El teléfono sonó y supe que algo iba mal. «Lucía, tu madre se ha caído. No puede levantarse.» Corrí por las calles mojadas de Madrid, con el corazón en un puño. Cuando llegué, la encontré en el suelo, temblando más de rabia que de dolor. «No necesito ayuda», murmuró, pero sus ojos decían lo contrario.

Ahora, cada día es una batalla entre lo que fue y lo que es. Mamá siempre fue una mujer fuerte, de esas que no piden permiso ni perdón. Crió sola a dos hijos tras la muerte de papá en un accidente de tráfico en la M-30. Yo tenía ocho años y Álvaro cinco. Desde entonces, la casa se llenó de silencios y miradas duras. «Aquí no se llora», decía ella. Y nosotros aprendimos a tragar las lágrimas.

—¿Has visto mis pastillas?— pregunta desde el salón, interrumpiendo mis pensamientos.

—Están en la mesa, mamá, donde siempre.— Respiro hondo antes de entrar y verla sentada frente al televisor apagado. Sus manos tiemblan mientras intenta abrir el blíster.

Me acerco y se lo abro yo, pero ella aparta la mano bruscamente.

—No soy una inútil.—

—No he dicho eso.—

—Pero lo piensas.—

El silencio se instala entre nosotras como un tercer inquilino. Me siento a su lado y miro sus manos: las mismas que me peinaban antes del colegio, que me sujetaron cuando aprendí a montar en bici en el Retiro. Ahora son frágiles, casi transparentes.

Álvaro llama cada dos días desde Valencia. «¿Cómo va todo?», pregunta con voz culpable. Yo le miento: «Bien, mamá está tranquila». Pero la verdad es otra. Mamá se despierta sobresaltada por las noches, grita nombres que no reconozco y a veces me confunde con su hermana fallecida. Hay días en los que no quiere comer y otros en los que exige cocido como si aún pudiera pasarse horas cocinando.

El médico dice que es normal, que la edad trae consigo olvidos y cambios de humor. Pero nadie te prepara para ver cómo tu madre se convierte en una extraña.

Una tarde, mientras preparo la cena, escucho un ruido sordo. Corro al baño y la encuentro en el suelo otra vez.

—¡Mamá! ¿Estás bien?—

Ella me mira con ojos asustados y empieza a llorar. Por primera vez en años, la abrazo sin miedo a que me rechace. Siento su cuerpo temblar contra el mío y me doy cuenta de cuánto miedo tiene.

Esa noche, después de acostarla, me siento en la cocina con una copa de vino y llamo a Álvaro.

—No puedo más.—

Él guarda silencio unos segundos.

—¿Quieres que vaya unos días?—

—No sé si eso arreglaría algo.—

Colgamos sin despedirnos. Me quedo mirando la foto familiar sobre la nevera: mamá joven, papá sonriente, nosotros dos niños ajenos al futuro.

Los días pasan entre rutinas: medicinas, paseos cortos por el barrio, discusiones sobre lo que puede o no puede hacer sola. A veces me sorprendo gritándole como si fuera una niña desobediente. Luego me encierro en el baño a llorar de rabia y culpa.

Una mañana, mientras le ayudo a vestirse, me pregunta:

—¿Te arrepientes de tenerme aquí?—

Me quedo helada.

—No lo sé, mamá.—

Ella asiente despacio y por primera vez veo en sus ojos algo parecido al alivio.

Esa tarde salimos juntas a comprar pan. En la panadería del barrio, la dependienta nos sonríe.

—¡Qué suerte tener a tu madre contigo!—

Yo sonrío forzadamente mientras mamá mira al suelo.

Por las noches, cuando todo está en silencio, pienso en lo injusto que es este papel: ser hija y cuidadora al mismo tiempo. Nadie habla del resentimiento ni del miedo a perderse a una misma cuidando a quien te dio la vida.

A veces me pregunto si algún día podré perdonarme por los pensamientos oscuros que tengo cuando mamá me grita o cuando deseo estar sola aunque sea una hora.

Hoy ha sido uno de esos días difíciles. Mamá ha confundido mi nombre con el de su hermana otra vez y ha llorado durante horas. Yo he sentido ganas de salir corriendo y no volver nunca.

Pero aquí sigo, sentada junto a su cama mientras duerme. Le acaricio el pelo como ella hacía conmigo cuando tenía fiebre.

¿Es esto amor o es solo culpa? ¿Cuántos hijos en España viven esta misma historia cada noche?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que cuidar a quien amas puede ser también una forma de perderse?