El precio de los regalos: Cuando el cariño se mide en euros

—¡Mamá, la abuela me ha prometido el nuevo móvil! ¿Por qué vosotros nunca me compráis nada así? —gritó Lucas, mi hijo mayor, lanzando su mochila al suelo del salón con un golpe seco.

Sentí cómo una punzada de rabia y tristeza me atravesaba el pecho. Miré a mi marido, Sergio, que apretaba los labios en silencio, conteniendo las palabras que ambos llevábamos semanas masticando. Paula y Martín, mis otros dos hijos, se miraron entre sí, incómodos, como si supieran que algo importante estaba a punto de romperse en casa.

Todo empezó hace unos meses, cuando mi madre, Carmen, decidió que Lucas era «su ojito derecho». Le regaló unas zapatillas de marca para su cumpleaños. No unas cualquiera: las más caras de la tienda del centro comercial. Yo protesté, claro. Le dije que no era necesario, que no podía hacer distinciones entre sus nietos. Pero ella me cortó con ese tono suyo tan seco:

—Ay, hija, déjame disfrutar de mis nietos mientras pueda. Además, Lucas es tan buen chico…

Al principio pensé que era solo un capricho de abuela. Pero después vinieron los videojuegos, la camiseta firmada por un jugador del Real Madrid y ahora… el móvil último modelo. Mientras tanto, Paula y Martín recibían detalles más modestos: una bufanda tejida a mano, un libro de aventuras. Ellos nunca se quejaron abiertamente, pero sus miradas decían más que mil palabras.

La situación se volvió insostenible cuando Lucas empezó a compararnos con su abuela. Cada vez que le decíamos que no podíamos comprarle algo caro, él respondía:

—La abuela sí puede. ¿Por qué vosotros no? ¿Es que no me queréis igual?

Esa pregunta me destrozó. ¿Cómo explicarle a un niño de trece años que el amor no se mide en euros ni en objetos brillantes? ¿Cómo competir con la generosidad desbordante —y desmedida— de mi propia madre?

Una tarde, después de otra discusión sobre un patinete eléctrico que Lucas exigía porque «todos en clase lo tienen», me encerré en la cocina y rompí a llorar. Sergio me abrazó en silencio. Él también estaba agotado.

—Esto no puede seguir así —susurró—. Tenemos que hablar con tu madre.

Pero hablar con Carmen era como intentar razonar con una tormenta. Cuando al fin nos sentamos con ella en su piso del barrio de Chamberí, nos recibió con café y pastas como si nada pasara.

—Mamá —empecé—, necesitamos pedirte algo importante. Por favor, deja de hacerle regalos tan caros a Lucas. Nos está costando mucho mantener el equilibrio en casa.

Ella frunció el ceño y dejó la taza sobre el plato con un golpe seco.

—¿Ahora resulta que no puedo gastar mi dinero como quiera? ¡Es mi nieto! Si vosotros no podéis permitíroslo, no es culpa mía.

Sergio intervino:

—No se trata del dinero, Carmen. Es cuestión de valores. Lucas está cambiando…

—¡Bah! —nos interrumpió—. Siempre tan estrictos. Yo solo quiero verle feliz.

Salimos de allí derrotados. Sabíamos que no podíamos obligarla a cambiar. Pero tampoco podíamos permitir que nuestra familia se desmoronara por culpa de unos regalos.

Las semanas siguientes fueron una batalla constante. Lucas se volvió más distante con nosotros y más dependiente de su abuela. Paula empezó a encerrarse en su cuarto y Martín dejó de pedirnos cosas por miedo a parecer «egoísta».

Una noche, mientras recogía la mesa tras la cena, Paula se acercó y me susurró:

—Mamá… ¿por qué la abuela quiere más a Lucas?

Sentí un nudo en la garganta. Me arrodillé frente a ella y la abracé fuerte.

—No es eso, cariño. A veces los adultos cometemos errores sin darnos cuenta…

Pero ni yo misma creía mis palabras.

El punto de inflexión llegó el día que Lucas volvió del colegio llorando. Un compañero le había llamado «niño mimado» delante de todos. Se encerró en su cuarto y no quiso cenar.

Esa noche entré a hablar con él. Le encontré tumbado boca abajo sobre la cama.

—Lucas…

No respondió.

—¿Sabes? Cuando era pequeña, tu abuela también me hacía muchos regalos. Pero lo que más recuerdo no son los juguetes caros, sino las tardes cocinando juntas o los paseos por el Retiro…

Le acaricié el pelo.

—Los regalos están bien, pero lo importante es cómo nos cuidamos unos a otros. Y eso no cuesta dinero.

Lucas sollozó bajito y asintió sin mirarme.

Al día siguiente llamé a mi madre y le pedí que viniera a casa. Esta vez no hubo café ni pastas; solo una conversación sincera delante de todos los niños.

—Mamá —le dije—, te queremos mucho y agradecemos todo lo que haces por nosotros. Pero necesitamos que entiendas que los regalos caros están haciendo daño a la familia.

Paula y Martín asintieron tímidamente. Carmen nos miró uno a uno y por primera vez vi una sombra de duda en sus ojos.

—Quizá… quizá me he pasado —admitió al fin—. Solo quería compensar lo que no pude daros cuando erais pequeños.

Nos abrazamos todos y lloramos juntos. No fue fácil ni rápido cambiar las cosas: aún hubo recaídas y discusiones. Pero poco a poco recuperamos algo parecido al equilibrio.

A veces me pregunto si algún día podré explicarle del todo a mis hijos que el amor verdadero no se compra ni se mide en regalos. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Cómo pondríais límites sin romper el corazón de una abuela?