El secreto de Álvaro: cuando la perfección es solo una máscara
—¿Por qué no puedes simplemente alegrarte por mí, Marta? —La voz de Lucía temblaba, sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y súplica. Estábamos en la cocina de casa de mis padres, rodeadas del aroma a café recién hecho y del eco de una discusión que llevaba semanas gestándose.
Yo apretaba la taza entre las manos, intentando encontrar las palabras adecuadas. Pero ¿cómo decirle a tu hermana pequeña que el hombre al que ama, el que todos consideran perfecto, es solo una fachada? ¿Cómo romperle el corazón para salvarla?
Todo empezó hace un año. Lucía llegó a casa una tarde de abril con Álvaro. Alto, elegante, sonrisa blanca y modales exquisitos. Mi madre, Mercedes, lo adoró desde el primer momento. Mi padre, Antonio, le ofreció un vino de Rioja y enseguida estaban hablando de fútbol y política como si fueran viejos amigos. Yo, sin embargo, sentí una punzada extraña en el estómago.
Al principio pensé que era celos. Lucía siempre había sido la favorita, la niña mimada. Pero pronto me di cuenta de que no era eso. Era algo en la forma en que Álvaro la miraba: demasiado atento, demasiado calculador. Como si estuviera interpretando un papel.
Durante meses, todo fue perfecto. Álvaro traía flores a Lucía cada viernes, ayudaba a mi madre con la compra y se ofrecía a arreglar cualquier cosa en casa. Pero yo empecé a notar pequeñas grietas en su perfección. Una vez, lo vi borrar un mensaje en su móvil cuando entré en el salón. Otra noche, durante una cena familiar, hizo un comentario despectivo sobre el trabajo de Lucía delante de todos y luego se disculpó con una sonrisa encantadora.
Intenté hablar con Lucía varias veces. —¿No te parece que a veces te controla demasiado? —le pregunté una tarde mientras paseábamos por el Retiro.
—Marta, no seas paranoica —me respondió—. Álvaro solo quiere lo mejor para mí.
Pero las señales se hicieron más evidentes. Lucía empezó a dejar de ver a sus amigas. Se vestía como a Álvaro le gustaba y cambió incluso su forma de hablar. Una noche la escuché llorar en su habitación y cuando entré, me dijo que solo era estrés por el trabajo.
No podía quedarme de brazos cruzados. Así que empecé a observar más de cerca a Álvaro. Un día lo seguí después del trabajo. Lo vi entrar en un bar del centro y abrazar a una mujer rubia. Se besaron. Sentí cómo se me helaba la sangre.
Esa noche no dormí. ¿Debía contárselo a Lucía? ¿Y si no me creía? ¿Y si destrozaba nuestra familia?
Al día siguiente, enfrenté a Álvaro en privado.
—Sé lo que hiciste anoche —le dije en voz baja mientras él recogía los platos después de cenar.
Su sonrisa se congeló por un segundo antes de recomponerse.
—No sé de qué hablas —respondió con frialdad.
—No juegues conmigo. Si no se lo dices tú, lo haré yo.
Me miró con desprecio.
—Nadie te va a creer, Marta. Siempre has estado celosa de tu hermana.
Sentí rabia e impotencia. Pero no podía rendirme. Esa misma noche hablé con Lucía. Le conté todo: lo que había visto, lo que sospechaba desde hacía meses.
—¡Eres una mentirosa! —gritó ella—. ¡Siempre has querido arruinarme la vida!
Se encerró en su cuarto y no salió hasta la mañana siguiente. Mis padres me miraban como si fuera una traidora.
Pasaron días sin que nadie me hablara en casa. Me sentí sola y culpable, pero también convencida de que había hecho lo correcto.
Hasta que una tarde Lucía llegó llorando, con el maquillaje corrido y la mirada perdida.
—Tenías razón —susurró—. Lo pillé con otra mujer hoy… Me ha dicho cosas horribles…
La abracé mientras sollozaba en mi hombro. Mis padres entraron y vieron la escena. Mi madre rompió a llorar; mi padre se quedó mudo, mirando al suelo.
Álvaro desapareció de nuestras vidas tan rápido como había llegado. Pero las heridas quedaron abiertas mucho tiempo. Lucía cayó en una depresión y yo tuve que ser su apoyo constante mientras mis padres intentaban recomponer los pedazos de nuestra familia rota.
A veces me pregunto si hice bien en destapar la verdad o si habría sido mejor callar y dejar que Lucía viviera su mentira un poco más. Pero entonces la veo sonreír de nuevo, poco a poco recuperando su luz, y sé que no había otra opción.
¿Hasta dónde estaríais dispuestos a llegar para proteger a alguien que amáis? ¿Es mejor vivir en una mentira cómoda o afrontar una verdad dolorosa?