El secreto de la casa de la abuela: Cuando cuidar a mi nieto me abrió los ojos
—Mamá, ¿puedes quedarte con Mateo unos días?— La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, como si cada palabra le costara un mundo. —Me tienen que ingresar en el hospital… No es nada grave, solo unos análisis, pero prefiero no preocupar a Mateo.
No era la primera vez que mi hija me pedía ayuda, pero aquella tarde de octubre, mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón, sentí que algo no encajaba. Aun así, respondí sin dudarlo: —Por supuesto, hija. Tráemelo cuando quieras.
Mateo llegó esa misma noche, con su mochila azul y una tristeza en los ojos que no supe descifrar. Apenas tenía siete años, pero parecía cargar con el peso de alguien mucho mayor. Le preparé su cena favorita —croquetas y tortilla de patatas— pero apenas probó bocado.
—¿Estás bien, cariño?— le pregunté mientras le arropaba en el sofá.
Él asintió, pero no me miró. —Mamá está triste —susurró—. Y papá ya no viene a casa.
Sentí un nudo en el estómago. Lucía y Sergio llevaban meses discutiendo, pero nunca imaginé que las cosas estuvieran tan mal. Decidí no insistir y le di un beso en la frente.
Esa noche, mientras Mateo dormía, rebusqué en el bolso de Lucía buscando su tarjeta sanitaria —me la había dejado por si acaso— y encontré una carta arrugada. Dudé antes de abrirla, pero la curiosidad pudo más. Era del hospital Gregorio Marañón y hablaba de una biopsia urgente. Mi corazón se aceleró. ¿Por qué Lucía no me había contado nada?
Al día siguiente, mientras Mateo jugaba con sus coches en la alfombra, llamé a Sergio. —¿Sabes algo de Lucía?— pregunté intentando sonar tranquila.
—No sé nada desde hace días —respondió seco—. Pregúntale tú si tanto te preocupa.
Colgó antes de que pudiera decir nada más. Me sentí sola y traicionada. ¿Cómo era posible que mi propia hija me ocultara algo tan grave?
Pasaron los días y Lucía seguía ingresada. Mateo empezó a hacer preguntas incómodas:
—¿Por qué mamá no llama? ¿Por qué papá no viene a buscarme?
No tenía respuestas. Solo podía abrazarle y prometerle que todo iría bien.
Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Mateo hablando solo en su habitación. Me asomé sin hacer ruido y le vi sentado en el suelo, con una foto de Lucía entre las manos.
—No te vayas como papá… No me dejes solo…
Sentí que se me partía el alma. Entré y le abracé fuerte.
—Nunca estarás solo, Mateo. Te lo prometo.
Esa noche, mientras preparaba la cena, sonó el teléfono fijo. Era mi hermana Carmen, desde Salamanca.
—¿Sabes lo de Lucía?— preguntó sin rodeos.
—¿El qué?— respondí, intentando mantener la compostura.
—Que está enferma… Muy enferma. Me llamó hace una semana para despedirse por si acaso…
El mundo se detuvo. ¿Por qué todos sabían la verdad menos yo?
Colgué y me derrumbé en la cocina. Lloré como hacía años que no lloraba. Recordé cuando Lucía era pequeña y me prometí que siempre estaría para ella. ¿En qué momento nos habíamos distanciado tanto?
Al día siguiente decidí ir al hospital. Dejé a Mateo con mi vecina Pilar y cogí el metro hasta el Gregorio Marañón. Cuando entré en la habitación, Lucía estaba dormida. Parecía tan frágil… Me senté a su lado y le cogí la mano.
Despertó sobresaltada al notar mi presencia.
—Mamá… ¿Qué haces aquí?
—¿Por qué no me lo contaste?— pregunté entre lágrimas.
Lucía apartó la mirada. —No quería preocuparte… Ya bastante tienes con tus cosas.
—¡Eres mi hija! ¿Cómo no iba a preocuparme?
Se hizo un silencio incómodo. Finalmente, Lucía rompió a llorar.
—Sergio me ha dejado… Y yo… tengo miedo de no salir de esta.
La abracé como cuando era niña y le prometí que todo saldría bien, aunque ni yo misma lo creía.
Los días siguientes fueron una montaña rusa de emociones. Mateo empezó a preguntar por su madre cada vez con más insistencia. Yo intentaba mantenerme fuerte por él, pero cada noche lloraba en silencio para que no me oyera.
Un día, mientras buscaba unos papeles en el cajón del salón, encontré una foto antigua: Lucía de niña, abrazada a un hombre que no era Sergio ni ningún otro familiar conocido. Detrás ponía: “Para mi pequeña estrella, con todo mi amor —Andrés”.
Sentí un escalofrío. Andrés era el nombre de mi primer amor, aquel chico del barrio al que mis padres nunca aceptaron porque era gitano. Habíamos perdido el contacto cuando yo tenía veinte años… ¿Qué hacía esa foto entre las cosas de Lucía?
Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, cuando fui al hospital, le enseñé la foto a Lucía.
—¿Quién es este hombre?— pregunté temblando.
Lucía bajó la mirada y murmuró:
—Es mi padre biológico… Lo encontré hace unos años por internet. Quería conocerte pero tú nunca quisiste hablar del pasado.
Sentí como si me arrancaran el corazón del pecho. Toda mi vida había construido una mentira para protegerla… ¿O solo me protegía yo?
Lucía siguió hablando:
—Andrés murió hace dos años… Pero antes de irse me dijo que siempre te quiso y que nunca te olvidó.
Me quedé sin palabras. Todo lo que creía saber sobre mi familia se desmoronó en ese instante.
Cuando Lucía salió del hospital semanas después, nada volvió a ser igual entre nosotras. Mateo seguía preguntando por su padre y yo ya no sabía qué decirle. La confianza entre Lucía y yo estaba rota, pero al menos ahora podíamos mirarnos a los ojos sin mentiras.
A veces me pregunto si hice bien ocultando la verdad durante tantos años o si solo conseguí alejarme de las personas que más quería. ¿Cuánto daño pueden hacer los secretos familiares? ¿De verdad conocemos a quienes amamos o solo vemos lo que queremos ver?