El secreto de mi madre: lo que descubrí al leer su diario

—¿Por qué nunca eres como Macarena o como Sergio? —La voz de mi madre, Carmen, retumbó en el pasillo mientras yo, con apenas doce años, apretaba los puños y sentía cómo el frío de sus palabras se me metía en los huesos. Mi hermana pequeña, Macarena, lloraba en la cocina porque había roto un vaso, pero mamá la abrazaba y le decía que no pasaba nada. Yo, en cambio, solo recibía miradas duras y silencios largos.

Crecí en un piso antiguo de Salamanca, con paredes tan finas que los secretos parecían colarse entre las grietas. Mi hermano mayor, Sergio, era el orgullo de la familia: buen estudiante, deportista, siempre sonriente. Macarena, la pequeña, era la niña mimada, la que podía equivocarse y ser perdonada al instante. Yo… yo era la pieza que no encajaba. Siempre sentí que algo no cuadraba, que mi madre me miraba con una mezcla de resignación y distancia. Nunca me abrazaba sin motivo, nunca me decía que estaba orgullosa de mí.

Durante años busqué explicaciones: ¿había hecho algo mal? ¿Era menos lista, menos guapa? ¿Por qué no podía ser como ellos? Mi padre, Antonio, era un hombre callado y ausente, siempre ocupado en el bar del barrio. Cuando le preguntaba si mamá me quería, solo me acariciaba el pelo y me decía: “Claro que sí, hija. A su manera”.

El tiempo pasó y la distancia con mi madre se hizo costumbre. Me fui a estudiar a Madrid y apenas volvía a casa. Las llamadas eran cortas y llenas de silencios incómodos. Hasta que hace dos meses, tras la muerte repentina de mi padre, tuve que volver para ayudar a vaciar el piso familiar.

Fue entonces cuando lo encontré: un cuaderno azul escondido entre mantas viejas en el altillo del armario. El diario de mi madre. Dudé antes de abrirlo. ¿Tenía derecho a leerlo? Pero la curiosidad pudo más.

La primera página estaba fechada en 1986, el año en que nací. «Hoy he vuelto a ver a Luis. No sé cómo voy a mirar a Antonio a los ojos. No sé cómo voy a criar a esta niña sin sentirme culpable cada día».

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Luis… ese nombre nunca se mencionaba en casa. Seguí leyendo, con el corazón encogido:

«A veces miro a Lucía y no puedo evitar pensar en Luis. Tiene sus ojos, su forma de fruncir el ceño. Me esfuerzo por quererla igual que a Sergio y Macarena, pero siento que cada vez que la abrazo traiciono a Antonio».

Las lágrimas me nublaron la vista. Mi madre… ¿me veía como un recordatorio constante de una traición? ¿Por eso nunca me abrazó igual? ¿Por eso siempre sentí ese frío entre nosotras?

Pasé las páginas con manos temblorosas. Había confesiones dolorosas: noches sin dormir por miedo a que alguien descubriera la verdad; culpa por no poder quererme como quería; intentos fallidos de acercarse a mí y el miedo constante a que yo lo notara.

Recordé todas las veces que intenté ganarme su cariño: los dibujos que le regalaba de niña y ella guardaba sin mirar; los sobresalientes en el colegio que apenas recibían un «bien»; las veces que me quedé esperando un abrazo después de una función escolar mientras ella corría a consolar a Macarena por un simple tropezón.

Esa noche no dormí. Al día siguiente, enfrenté a mi madre en la cocina:

—¿Quién es Luis? —le pregunté con voz rota.

Ella palideció y dejó caer la taza al suelo. El silencio fue tan denso como el aire antes de una tormenta.

—No tenías derecho… —susurró—. Ese diario era mío.

—¿Por qué nunca me quisiste igual? —solté entre sollozos—. ¿Por qué siempre fui diferente?

Mi madre se sentó, derrotada. Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—No es que no te quisiera… Es que no supe cómo hacerlo sin sentirme mala persona. Cada vez que te miraba veía todo lo que hice mal…

—¿Y yo qué culpa tenía? —grité—. ¡Yo solo quería una madre!

Nos quedamos así mucho rato, llorando en silencio. No hubo abrazos ni palabras bonitas. Solo dos mujeres rotas por un secreto demasiado grande para una familia tan pequeña.

Desde entonces nada volvió a ser igual. Intentamos acercarnos, pero las heridas eran profundas y antiguas. Mis hermanos nunca supieron nada; para ellos todo seguía igual.

A veces pienso si habría sido mejor no leer ese diario, vivir en la ignorancia y seguir creyendo que yo era el problema. Pero ahora sé la verdad: no era yo quien estaba mal encajada en el puzzle familiar; era el puzzle el que tenía una pieza distinta desde el principio.

Hoy miro a mi madre y veo una mujer marcada por sus errores y su miedo. No sé si algún día podré perdonarla del todo… pero tampoco sé si podré perdonarme por haber buscado tanto tiempo su amor sin entender su dolor.

¿Vosotros habríais leído ese diario? ¿Creéis que es posible reconstruir una relación después de descubrir un secreto así?