El secreto tras la pantalla rota
—¿Por qué lo guardaste todo aquí, Andrés? —susurré, con la voz quebrada, mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón. El eco de mi pregunta se perdió entre los truenos de esa tarde de sábado, justo después del funeral. Había pasado la mañana recogiendo las cosas de Andrés, mi marido durante veintisiete años. La casa olía a humedad y a flores marchitas, esas que los vecinos dejaron en la entrada como muestra de pésame.
No era la primera vez que abría la famosa «cajonera del olvido» en el recibidor, pero sí la primera desde que él ya no estaba. Entre llaves oxidadas, una pulsera rota de nuestra hija Lucía y una entrada de cine de hace siglos, apareció su viejo móvil: un Nokia plateado con la pantalla rota. Lo había escondido ahí el día después de su muerte, incapaz de soportar el peso de los recuerdos.
Me temblaban las manos cuando lo conecté al cargador. El aparato vibró y, tras unos segundos, la pantalla cobró vida. No sé qué esperaba encontrar: quizás fotos antiguas, mensajes cariñosos, algún vídeo tonto. Pero lo que vi me destrozó.
El primer mensaje era de Marta. No una Marta cualquiera: Marta, mi mejor amiga desde el instituto. «¿Vendrás esta noche? No aguanto más sin ti.» Sentí cómo el estómago se me encogía. Seguí leyendo. Había decenas de mensajes, algunos recientes, otros de hacía años. Conversaciones llenas de pasión, secretos compartidos, promesas rotas.
—No puede ser… —musité, mientras las lágrimas me nublaban la vista.
En ese instante entró Lucía en el salón. Tenía los ojos hinchados de llorar y el pelo recogido en un moño deshecho.
—Mamá, ¿estás bien?
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que su padre no era el hombre que creíamos? ¿Cómo decirle que Marta, la madrina de su comunión, había sido algo más para él?
—Solo estoy cansada —mentí, cerrando el móvil con fuerza.
Esa noche no dormí. Me revolvía en la cama repasando cada detalle: las cenas en casa de Marta, las risas compartidas en las fiestas del pueblo, las vacaciones en la playa donde Andrés siempre encontraba una excusa para salir a comprar algo con ella. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Era ciega o simplemente no quería ver?
Al día siguiente, llamé a Marta. Su voz sonó temblorosa al otro lado del teléfono.
—Hola, Ana…
—Tenemos que hablar —dije sin rodeos.
Nos vimos en una cafetería del centro. Marta llegó tarde y evitó mirarme a los ojos. Pedimos dos cafés y durante minutos solo se escuchó el tintinear de las cucharillas.
—¿Por qué? —pregunté finalmente.
Ella bajó la cabeza y empezó a llorar.
—No fue planeado… Al principio solo era amistad. Luego… yo estaba sola y Andrés también. Tú trabajabas tanto…
Sentí rabia y vergüenza a partes iguales. ¿Era culpa mía por estar siempre ocupada? ¿Por confiar demasiado?
—¿Lo sabía alguien más? —insistí.
Marta negó con la cabeza.
—Solo nosotros dos. Te juro que nunca quise hacerte daño.
Salí de allí sin mirar atrás. Caminé por las calles mojadas de Madrid sintiéndome una extraña en mi propia vida. Todo lo que creía seguro se había desmoronado en cuestión de horas.
Durante semanas evité a todo el mundo. Lucía intentaba animarme, pero yo apenas podía mirarla sin pensar en lo que había descubierto. Mi suegra, Carmen, vino a casa un día con una tortilla y su habitual tono autoritario.
—Tienes que ser fuerte por tu hija —me dijo mientras recogía los platos—. Andrés ya no está, pero tú sí.
No le conté nada. ¿Para qué? ¿Para destruir también su recuerdo?
Una tarde encontré a Lucía sentada en el suelo del pasillo con el móvil de su padre entre las manos.
—¿Por qué tenía mensajes de Marta? —me preguntó con voz rota.
Me senté a su lado y la abracé fuerte.
—A veces las personas cometen errores —le dije—. Pero eso no borra todo lo bueno que hicieron.
Lucía lloró en silencio durante mucho rato. Yo también.
El tiempo fue pasando y poco a poco aprendí a convivir con el dolor y la traición. Marta se mudó a otra ciudad y dejó de escribirnos. Yo volví al trabajo y traté de reconstruir mi vida pieza a pieza.
A veces me pregunto si habría preferido no saber nunca la verdad. Si habría sido más feliz viviendo en la ignorancia. Pero entonces recuerdo esa sensación de libertad al dejar atrás las mentiras.
Ahora miro el móvil roto sobre mi mesilla y me pregunto: ¿es mejor vivir engañada pero feliz o enfrentarse a la verdad aunque duela? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?