El silencio de los domingos: cuando la abuela elige a quién querer

—¿Por qué solo le has traído el regalo a Lucía? —mi voz tembló, pero no pude evitarlo. La caja de Playmobil brillaba en las manos de mi hija mayor, mientras Mateo, con sus cinco años y sus ojos enormes, miraba desde el sofá, esperando su turno. Mi suegra, Carmen, ni siquiera se inmutó. Se limitó a sonreírle a Lucía y a decirle: “Tú sí que te portas bien, cariño”.

Ese domingo, como tantos otros, la comida familiar se convirtió en un campo minado. Mi marido, Álvaro, fingía no darse cuenta. Su madre siempre había sido así: cariñosa con Lucía, distante con Mateo. Pero últimamente la diferencia era tan evidente que dolía. Carmen llegaba con energía, abrazos y chucherías para Lucía, mientras a Mateo apenas le dedicaba un “hola” distraído. Yo sentía cómo la rabia me subía por la garganta cada vez que veía a mi hijo esforzarse por llamar su atención sin éxito.

—Mamá, ¿puedo enseñarte mi dibujo? —preguntó Mateo, levantando una hoja llena de colores.

—Ahora no, cielo, que estoy hablando con Lucía —respondió Carmen sin mirarle siquiera.

Vi cómo los hombros de mi hijo se encogían. Me mordí el labio para no gritar. ¿Cómo podía una abuela ser tan cruel? ¿Qué había hecho Mateo para merecer ese desprecio? Recordé cuando nació Lucía: Carmen venía todos los días a casa, la bañaba, le cantaba nanas. Con Mateo fue distinto desde el principio. Decía que era “más nervioso”, “más difícil”. Pero yo siempre pensé que era cuestión de tiempo, que acabaría queriéndolo igual.

Me equivoqué.

La tensión fue creciendo con los meses. Lucía empezó a notar el favoritismo y lo usaba a su favor: “Abuela me deja ver la tele hasta tarde”, “Abuela me compra helados aunque mamá no quiera”. Mateo, en cambio, se volvió más callado. Ya no corría hacia la puerta cuando venía Carmen. Se quedaba cerca de mí, buscando refugio en mi abrazo.

Una tarde de otoño, después de otra comida incómoda en casa de mis suegros en Chamberí, exploté.

—Álvaro, esto no puede seguir así —le dije mientras recogíamos los platos—. ¿No ves lo que está pasando?

Él suspiró y evitó mi mirada.

—Es su madre… No quiero problemas —murmuró.

—¿Y nuestros hijos? ¿No cuentan? —sentí las lágrimas asomar—. Mateo está sufriendo. ¡No es justo!

Esa noche no dormí. Me debatí entre el miedo a enfrentarme a Carmen y la necesidad de proteger a mi hijo. Al día siguiente llamé a mi madre para desahogarme.

—Hija, tienes que hablarlo con ella —me aconsejó—. No puedes permitir que Mateo crezca sintiéndose menos querido.

Así que reuní valor y cité a Carmen en una cafetería del barrio. El murmullo de las tazas y el aroma del café no lograron calmar mis nervios.

—Carmen, necesito hablar contigo —empecé—. Me duele ver cómo tratas a Mateo…

Ella me interrumpió con un gesto seco.

—No empieces con tonterías. Yo quiero a mis nietos igual —dijo, pero su tono era frío.

—No lo parece —insistí—. Mateo lo nota. Sufre cada vez que le ignoras.

Carmen se encogió de hombros.

—Es que Lucía es más tranquila. Mateo me agota… No sé cómo tratarle.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia. ¿De verdad era tan difícil querer a un niño solo porque era más inquieto? ¿No era precisamente ahí donde más necesitaba cariño?

Volví a casa derrotada. Le conté todo a Álvaro y por primera vez le vi enfadado con su madre.

—Esto se acaba —dijo—. Si no cambia, dejaremos de ir los domingos.

La decisión fue dura. Los domingos eran sagrados para Álvaro desde niño: paella en casa de los abuelos, sobremesa larga, risas… Pero ya no había risas. Solo silencios y miradas tristes.

La primera vez que faltamos, Carmen llamó indignada.

—¿Por qué no habéis venido? Lucía me ha llamado llorando —reprochó por teléfono.

—Porque Mateo también llora —respondí con voz firme—. Y hasta que no le trates igual, no volveremos.

Colgó sin despedirse.

Pasaron semanas sin vernos. Mateo parecía más relajado; Lucía preguntaba por su abuela pero yo le explicaba que a veces los adultos también tienen que aprender a portarse bien.

Un día Carmen apareció en casa sin avisar. Traía dos bolsas: una para Lucía y otra para Mateo. Le temblaban las manos cuando se las dio.

—He pensado mucho en lo que dijisteis… Quiero intentarlo —dijo bajito—. No sé si sabré hacerlo bien, pero quiero aprender a quererle como se merece.

Mateo la miró desconfiado al principio, pero poco a poco se acercó y le enseñó su último dibujo. Carmen le abrazó torpemente.

No fue fácil ni rápido. Hubo retrocesos, días en los que Carmen volvía a caer en viejos hábitos. Pero algo cambió: ahora al menos lo intentaba. Y yo aprendí que a veces hay que poner límites incluso dentro de la familia para proteger lo más importante.

A veces me pregunto: ¿cuántos niños crecen sintiéndose invisibles porque los adultos no saben mirarles? ¿Cuántas familias callan por miedo al conflicto? ¿Y tú? ¿Te has sentido alguna vez el «Mateo» de tu familia?