El testamento de la abuela Carmen: una herencia que divide corazones

—¿Por qué, abuela? ¿Por qué a él y no a mí?—. La voz de Sergio retumbó en el salón, rompiendo el silencio de la sobremesa. Mi hija Lucía me miraba con los ojos llenos de reproche, y yo sentí cómo el aire se volvía denso, casi irrespirable.

Me llamo Carmen y tengo setenta y tres años. He vivido toda mi vida en este piso de Chamberí, viendo cómo Madrid cambiaba a mi alrededor, pero nunca imaginé que las paredes de mi casa serían testigos de una guerra fría entre mis propios nietos.

Todo empezó hace dos meses, cuando decidí que era hora de poner mis asuntos en orden. Álvaro, mi nieto mayor, siempre fue un chico responsable. Desde pequeño se preocupaba por mí, me ayudaba con la compra y me acompañaba al médico. Ahora estudia ingeniería en Salamanca y pronto volverá a Madrid para terminar la carrera. Pensé que dejarle la casa sería la mejor forma de ayudarle a empezar su vida adulta.

Pero no conté con la reacción de Sergio, su hermano pequeño. Sergio es diferente: más impulsivo, más rebelde. Siempre ha sentido que vive a la sombra de Álvaro. Cuando le conté mi decisión a Lucía y a su marido, creí que lo entenderían. Pero Lucía se levantó de la mesa, roja de indignación.

—Mamá, ¿cómo puedes hacerle esto a Sergio?—me gritó. —¿No ves que siempre ha sentido que no es suficiente? ¿Que nunca podrá estar a la altura de su hermano?

Me quedé sin palabras. Yo solo quería ayudar a Álvaro, pero ahora parecía que estaba condenando a Sergio al resentimiento eterno. Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces y recorrí el pasillo oscuro, tocando las fotos familiares colgadas en la pared: Lucía con sus hijos en la playa de Benidorm, mi difunto marido sonriendo en la boda de nuestra hija… ¿En qué momento se había torcido todo?

Al día siguiente, Sergio vino a verme solo. Se sentó frente a mí, con los ojos húmedos.

—Abuela, yo sé que no soy como Álvaro. Pero también soy tu nieto. ¿No merezco al menos una oportunidad?

Sentí un nudo en la garganta. Le expliqué que no era cuestión de favoritismos, sino de necesidad: Álvaro iba a volver a Madrid sin nada y yo quería asegurarme de que tuviera un hogar. Pero Sergio no lo entendió así.

—Siempre dices que nos quieres igual, pero tus actos dicen otra cosa—susurró antes de marcharse dando un portazo.

Lucía dejó de llamarme durante semanas. El silencio era peor que cualquier reproche. Mi yerno intentó mediar, pero cada conversación terminaba en lágrimas o gritos. Empecé a dudar: ¿había sido injusta? ¿Debería repartir la casa entre los dos? Pero si lo hacía, ninguno podría vivir aquí realmente; tendrían que venderla y perderíamos el único lugar donde aún nos reuníamos todos los domingos.

Una tarde lluviosa, Lucía apareció en casa sin avisar. Se sentó en la cocina y me miró fijamente.

—Mamá, estás rompiendo la familia por una casa—me dijo con voz temblorosa.—¿De verdad quieres que tus nietos se odien por tu culpa?

Me derrumbé. Lloré como no lo hacía desde que murió mi marido. Le expliqué mis razones, mis miedos, mi soledad. Le pedí perdón por no haber pensado en cómo se sentiría Sergio.

Lucía también lloró. Me abrazó y me dijo que solo quería que sus hijos se quisieran, que no crecieran con rencores como ella con su hermana fallecida, con quien nunca llegó a reconciliarse.

Esa noche llamé a Álvaro por videollamada. Le conté todo lo ocurrido y le pregunté qué pensaba él.

—Abuela, yo no quiero la casa si eso significa perder a mi hermano—me dijo.—Prefiero mil veces seguir alquilando un piso y tener una familia unida.

Sus palabras me hicieron ver lo ciega que había estado. Al día siguiente reuní a todos en casa y les propuse una solución: venderíamos el piso cuando yo ya no estuviera y repartiríamos el dinero entre los dos hermanos. No era lo ideal para ninguno, pero al menos nadie se sentiría menos querido.

Sergio me abrazó llorando y Lucía me besó la frente como cuando era niña. Por primera vez en semanas sentí algo parecido a la paz.

Ahora miro las fotos familiares y me pregunto: ¿Cuántas familias se han roto por una herencia? ¿Vale la pena perder el amor por un puñado de ladrillos? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?