El último tren a Madrid: Un viaje, una vida, un secreto

—¿Por qué corres, Lucía? ¿Qué has hecho ahora?— La voz de mi madre retumbaba en mi cabeza mientras corría por el andén de Atocha, con la maleta golpeando mi pierna y el corazón a punto de salirse del pecho. No respondí. No podía. Solo sabía que tenía que subir a ese tren a Madrid, dejar atrás Toledo y todo lo que significaba: los susurros de los vecinos, la mirada fría de mi padre, la vergüenza de un secreto que no era solo mío.

El vagón olía a café y colonia barata. Me senté junto a la ventana, intentando controlar el temblor de mis manos. Frente a mí, una mujer mayor tejía en silencio; a mi lado, un hombre de mediana edad leía El País. Nadie parecía notar mi angustia. O eso quería creer.

El tren arrancó y sentí que, por fin, podía respirar. Pero la paz duró poco. A mitad de camino, en la estación de Aranjuez, subió una chica joven, apenas veinte años, con la cara desencajada y un abrigo demasiado grande para su cuerpo menudo. Se sentó justo enfrente y me miró con ojos suplicantes. No tardé en darme cuenta de que algo iba mal: sudaba, se retorcía en el asiento y apretaba los labios para no gritar.

—¿Estás bien?— pregunté en voz baja.

Ella negó con la cabeza y murmuró: —Va a nacer…

El hombre del periódico bajó el diario y la mujer del jersey dejó de tejer. El vagón se llenó de tensión. Nadie sabía qué hacer. Yo tampoco. Pero cuando vi la mancha roja extenderse sobre el asiento, supe que no podía quedarme quieta.

—¡Ayuda! ¡Por favor!— grité mientras me arrodillaba junto a ella.

El revisor llegó corriendo y pidió una ambulancia en la próxima estación, pero no había tiempo. La chica me agarró la mano con fuerza inhumana.

—No puedo… No puedo quedármela…— susurró entre lágrimas.

—Tranquila, respira conmigo— le dije, aunque yo misma temblaba.

El parto fue rápido y caótico. Entre los gritos y las instrucciones del revisor por teléfono, una niña pequeña y morada llegó al mundo en ese vagón frío y anónimo. La envolví en mi bufanda mientras la madre sollozaba.

Cuando llegamos a la estación de Chamartín, los sanitarios subieron corriendo. Se llevaron a la joven en camilla, pero antes de desaparecer por la puerta, me miró fijamente.

—Por favor… cuídala tú…— suplicó.

Me quedé sola con el bebé en brazos, rodeada de desconocidos que murmuraban y grababan con sus móviles. Nadie me preguntó nada cuando bajé del tren con la niña apretada contra mi pecho. Nadie me detuvo.

En casa de mi tía Carmen en Lavapiés, todo fue confusión. —¿De dónde has sacado esa criatura?— exclamó ella mientras yo intentaba calmar a la niña.

No supe qué decir. ¿La verdad? ¿Quién me creería? ¿Quién entendería que una desconocida te entrega su hija en un tren?

Los días siguientes fueron un torbellino: visitas al hospital para comprobar que la niña estaba bien, llamadas anónimas preguntando por la madre biológica (que nunca volvió), noches sin dormir y el miedo constante a que alguien viniera a arrebatarme a esa pequeña que ya sentía como mía.

Mi familia en Toledo se enteró pronto. Mi madre llamó llorando: —¿Qué has hecho ahora? ¿Vas a traer más vergüenza?

Mi padre fue más duro: —No vuelvas aquí. No eres nuestra hija.

Solo mi hermano Diego me apoyó: —Haz lo que te dicte el corazón, Lucía. Si esa niña te necesita, lucha por ella.

Pero luchar no era fácil. Los servicios sociales aparecieron tras una denuncia anónima. Me interrogaron durante horas: ¿Por qué tenía yo esa niña? ¿Dónde estaba la madre? ¿Por qué no avisé a la policía?

No tenía respuestas claras. Solo lágrimas y miedo.

Pero también tenía amor. Un amor inesperado y feroz por esa criatura indefensa que lloraba por las noches y sonreía cuando le cantaba nanas antiguas de mi infancia.

La burocracia fue un infierno: papeles, visitas de asistentes sociales, juicios rápidos. La prensa local se hizo eco del caso: “Misterio en el tren: una joven aparece en Madrid con un bebé recién nacido”.

En el barrio, las vecinas cuchicheaban cuando pasaba con el carrito: —Esa es la chica del tren… ¿Será suyo? ¿Será robado?

A veces pensaba en rendirme. Dejarlo todo e irme lejos, empezar de cero donde nadie conociera mi historia ni mi vergüenza. Pero cada vez que miraba los ojos oscuros de Alba —así la llamé— sabía que no podía abandonarla como hicieron conmigo tantas veces.

Un día recibí una carta sin remitente. Dentro solo había una foto borrosa de la madre biológica y una nota: “Gracias por cuidarla”. Lloré durante horas.

Finalmente, tras meses de lucha, un juez dictaminó que podía quedarme con Alba en acogida permanente mientras seguían buscando a su madre. Nadie apareció nunca.

Hoy Alba tiene casi dos años. Camina por el parque del Retiro cogida de mi mano y me llama “mamá” con esa voz dulce que derrite cualquier miedo. Mi familia sigue dividida: mi madre viene a vernos a escondidas; mi padre no quiere saber nada; Diego es el mejor tío del mundo.

A veces me pregunto si hice lo correcto. Si fui egoísta por aferrarme a una niña que no era mía o valiente por no dejarla sola en aquel tren frío rumbo a Madrid.

¿Y vosotros? ¿Qué habríais hecho si el destino os pone un bebé en los brazos y nadie más quiere hacerse cargo? ¿Es posible empezar de nuevo cuando todo el mundo te señala?