El último tren de madera: La historia de Marcos

—¿Por qué tienes que llorar, Marcos? —me preguntó mi hermana Lucía, con esa voz suya que siempre suena a reproche aunque sólo tenga nueve años.

No podía responderle. Tenía el tren de madera entre las manos, ese tren que mi abuelo Antonio me regaló cuando cumplí seis años, justo antes de que la enfermedad se lo llevara. Era mi tesoro, mi refugio en las noches de tormenta, el único objeto que nunca prestaba ni siquiera a Lucía. Pero ahora, con la luz cortada y el frío entrando por las rendijas de las ventanas del piso en Vallecas, sabía lo que tenía que hacer.

—Mamá, ¿cuánto dinero necesitamos para que vuelva la luz? —pregunté en voz baja, mientras ella intentaba calentar agua en el hornillo de camping.

Mi madre, Carmen, me miró con esos ojos cansados que ya no brillaban como antes. —No te preocupes, hijo. Ya veremos cómo lo solucionamos.

Pero yo sabía que no había solución fácil. Papá llevaba meses sin trabajo desde que cerraron la fábrica de neumáticos. Mamá limpiaba casas, pero cada vez le daban menos horas. La nevera estaba casi vacía y el recibo de la luz seguía pegado en la puerta del frigorífico como una amenaza silenciosa.

Esa noche apenas dormí. Escuché a mis padres discutir en la cocina:

—No podemos seguir así, Carmen. No quiero que los niños pasen frío —decía papá, con la voz rota.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Robar? —respondió mamá, casi sin fuerzas.

Me tapé los oídos con la almohada, pero sus palabras se colaron entre las plumas y me arañaron el corazón.

A la mañana siguiente, metí el tren en una bolsa y salí al mercadillo del barrio. El aire olía a churros y a desesperanza. Me acerqué al puesto de Don Manuel, el anticuario.

—Buenos días, Marcos. ¿Qué traes hoy?

Le mostré el tren. Sus ojos se agrandaron un instante.

—Es bonito… ¿Seguro que quieres venderlo?

Asentí, tragando saliva. —Necesito ayudar a mi familia.

Don Manuel me miró largo rato antes de sacar un billete de veinte euros y dármelo. —Toma, chaval. Y si algún día puedes, ven a recuperarlo.

Corrí a casa con el billete apretado en el puño. Mamá lloró cuando se lo di. Papá me abrazó tan fuerte que pensé que me rompería las costillas.

—No deberías haberlo hecho, hijo —susurró mamá entre sollozos.
—Pero ahora podremos pagar la luz —contesté, intentando sonreír.

Esa tarde, mientras Lucía jugaba con una muñeca rota y yo miraba el hueco vacío en mi estantería, escuché a mis padres hablar en voz baja otra vez:

—No podemos dejar que Marcos cargue con esto —decía papá.
—Es sólo un niño… pero ha hecho más por nosotros que nadie —respondió mamá.

La semana siguiente fue aún más dura. El dinero del tren apenas alcanzó para pagar parte del recibo y comprar algo de comida. Papá empezó a salir cada mañana temprano buscando trabajo, pero volvía siempre con las manos vacías y los hombros caídos.

Una tarde, al volver del colegio, encontré a Lucía llorando en la escalera.

—¿Qué te pasa?
—Han dicho en clase que somos pobres… Que tú vendiste tu juguete porque no tenemos para comer.

La rabia me subió como un fuego por dentro. ¿Cómo podían saberlo? ¿Quién se lo había contado? Me senté junto a ella y le pasé el brazo por los hombros.

—No somos pobres, Lucía. Somos valientes. Y juntos vamos a salir de esta.

Pero ni yo mismo me creía mis palabras.

Esa noche, mientras cenábamos pan duro y sopa aguada, papá anunció:

—Mañana tengo una entrevista en una empresa de limpieza industrial. No es lo mío, pero…

Mamá le apretó la mano bajo la mesa. Lucía sonrió por primera vez en días. Yo sentí una mezcla extraña de esperanza y miedo.

Pasaron semanas. Papá consiguió el trabajo, aunque era duro y mal pagado. Mamá también encontró más horas limpiando portales. Poco a poco, la nevera volvió a llenarse y la luz dejó de ser un lujo inalcanzable.

Pero yo seguía pensando en mi tren de madera. Cada vez que pasaba por el mercadillo miraba el puesto de Don Manuel, esperando verlo allí, esperando tener algún día suficiente dinero para recuperarlo.

Un sábado por la mañana, Don Manuel me llamó desde su puesto:

—Marcos, ven un momento.

Me acerqué con el corazón acelerado. Sobre la mesa estaba mi tren, reluciente como nunca.

—He pensado mucho en ti y en tu familia —dijo Don Manuel—. Este tren merece estar donde pertenece.

Me lo entregó sin pedirme nada a cambio. Sentí un nudo en la garganta tan grande que apenas pude darle las gracias.

Esa noche coloqué el tren en mi estantería y lo miré largo rato antes de dormir. No era sólo un juguete: era el símbolo de todo lo que habíamos perdido y recuperado como familia.

Ahora tengo quince años y aún guardo ese tren. Cada vez que lo veo recuerdo aquellos días oscuros y cómo aprendí que el valor no está en lo que tienes, sino en lo que eres capaz de dar por los tuyos.

A veces me pregunto: ¿Cuántos niños como yo han tenido que sacrificar sus tesoros para ayudar a sus familias? ¿Cuántas historias como la mía quedan ocultas tras las paredes de tantos pisos humildes?
¿Y vosotros? ¿Qué estaríais dispuestos a dar por vuestra familia?