El último verano de abuelo Manuel: un héroe en las fiestas del pueblo
—¡Cuidado, Lucía! —gritó mi abuelo Manuel, con una voz que jamás le había escuchado, mientras el estruendo de los cohetes y la música de la charanga llenaban la plaza del pueblo. Era el 15 de agosto, día grande en San Bartolomé de la Sierra, y todos estábamos allí: mi madre, mi hermana pequeña Lucía, mis primos, y, por supuesto, él, el alma de la familia.
La plaza estaba abarrotada. Los niños corrían entre los gigantes y cabezudos, los mayores reían con el vino de la peña, y los abuelos miraban desde los bancos, orgullosos de ver a sus nietos disfrutar. Pero aquel año algo iba a romper la alegría en mil pedazos.
Todo sucedió en segundos. Un toro embolado, asustado por un petardo mal lanzado, se desvió del recorrido y embistió hacia la multitud. Recuerdo el pánico en los ojos de mi madre, el grito ahogado de Lucía y el temblor en mis piernas. El animal venía directo hacia nosotros.
—¡Manuel, apartaos! —chilló don Fermín, el alcalde, desde el balcón del ayuntamiento.
Pero mi abuelo no dudó. Con una agilidad que nadie le suponía a sus ochenta años, me empujó a mí y a Lucía detrás de un puesto de churros. Sentí su mano temblorosa pero firme en mi espalda. El toro pasó rozando, llevándose por delante mesas y sillas. Cuando me giré, vi a abuelo Manuel frente al animal, brazos abiertos como si pudiera detenerlo con su sola presencia.
—¡Corre, Lucía! —me gritó—. ¡Llévala lejos!
No podía moverme. El miedo me paralizaba. Pero entonces vi cómo el toro embestía a mi abuelo y cómo él caía al suelo, golpeado pero aún consciente. Los mozos del pueblo lograron desviar al animal antes de que pudiera hacerle más daño.
Corrí hacia él. Tenía la camisa manchada de sangre y una herida fea en la pierna.
—Tranquila, hija —me susurró—. Lo importante es que estáis bien.
Las ambulancias tardaron una eternidad en llegar. Mi madre lloraba abrazada a Lucía, mientras yo sostenía la mano de mi abuelo. Los vecinos se acercaban, algunos rezando, otros en silencio. Nadie sabía qué decir.
En el hospital de Salamanca nos dijeron que las heridas eran graves. Mi abuelo nunca se quejó del dolor. Solo preguntaba por nosotros: «¿Lucía está bien? ¿Y tú? ¿Y tu madre?». Pasó dos días luchando como un jabato. Nos contó historias de cuando era niño y corría delante de los toros con su hermano Antonio. Nos hizo prometer que cuidaríamos unos de otros.
La última noche me pidió que le leyera una carta que había escrito años atrás para nosotros:
«Si alguna vez me voy antes de tiempo, no lloréis por mí. He vivido como he querido: rodeado de los míos y orgulloso de mi familia. Recordadme riendo en la plaza o bailando una jota bajo las estrellas. Y nunca olvidéis que lo más valiente es amar sin miedo».
Cuando falleció, el pueblo entero se volcó con nosotros. El funeral fue multitudinario; hasta los niños dejaron flores junto a su foto en la plaza. Don Fermín propuso poner su nombre a una calle: «Calle del Abuelo Manuel, héroe de San Bartolomé».
Pero lo más difícil vino después. La casa se sentía vacía sin él. Mi madre se encerró en sí misma durante semanas; Lucía tenía pesadillas cada noche; yo no podía dejar de preguntarme si podríamos haber hecho algo diferente.
Un día encontré a mi madre sentada en el banco donde siempre se sentaba abuelo Manuel. Lloraba en silencio.
—¿Por qué tuvo que ser él? —me preguntó—. ¿Por qué siempre los mejores se van antes?
No supe qué responderle. Solo la abracé fuerte.
Con el tiempo aprendimos a vivir con su ausencia. Cada fiesta patronal encendemos una vela en su honor y contamos su historia a los más pequeños del pueblo. Lucía ya no tiene miedo a los toros; dice que siente al abuelo cerca cuando corre por la plaza.
A veces me pregunto si yo habría sido capaz de hacer lo mismo por mi familia. ¿De dónde sacó esa fuerza? ¿Qué significa ser valiente de verdad?
¿Vosotros habríais tenido el valor de mi abuelo Manuel? ¿Qué haríais si tuvierais que elegir entre vuestra vida y la de quienes más queréis?