El último verano en la casa de la abuela
—¡No me lo puedo creer, mamá! ¿De verdad vais a vender la casa de la abuela? —grité, con la voz temblorosa, mientras el olor a café recién hecho llenaba la cocina.
Mi madre, sentada junto a la ventana, miraba el campo dorado por el sol de julio. Sus ojos brillaban, pero no sé si era por la luz o por las lágrimas que luchaba por contener.
—Hija, no es tan fácil como parece. Tu tía Carmen dice que ya nadie viene al pueblo y que mantener esto cuesta un riñón. Y tu tío Paco… bueno, él solo piensa en el dinero. —Suspiró, removiendo el café con una cucharilla que tintineaba como si marcara el tiempo que nos quedaba allí.
Yo apreté los puños. La casa de la abuela era mucho más que cuatro paredes viejas y un tejado lleno de nidos de golondrina. Era el lugar donde aprendí a montar en bici, donde los veranos olían a sandía y a tierra mojada después de la tormenta. Donde mi abuela me contaba historias de cuando era niña y el pueblo estaba lleno de vida.
—¿Y tú qué quieres, mamá? —pregunté, bajando la voz.
Ella me miró largo rato antes de responder:
—Yo… yo solo quiero paz entre tus tíos. Pero también me duele pensar que nunca más volveremos aquí todos juntos, como antes. —Se le quebró la voz y apartó la mirada hacia los olivos.
Ese verano, la casa se llenó de familia y de discusiones. Mi tía Carmen llegó desde Madrid con sus hijos, que no paraban de quejarse del calor y del aburrimiento. Mi tío Paco apareció con su nuevo coche y su eterna prisa. Cada comida era una batalla campal: que si uno quería vender ya, que si otro decía que había que esperar, que si la abuela habría querido esto o lo otro.
Una tarde, mientras recogía tomates en el huerto con mi primo Álvaro, le pregunté:
—¿Tú qué harías con la casa?
Él se encogió de hombros.
—No sé… A mí me da igual. Pero sé que para ti es importante. ¿Por qué no intentas convencerles?
Me quedé pensando en sus palabras. Esa noche, después de cenar tortilla y gazpacho bajo las estrellas, reuní a todos en el porche.
—Sé que para muchos esto solo es una casa vieja —dije, con el corazón en un puño—. Pero para mí es nuestro hogar. Aquí aprendimos a ser familia. ¿De verdad vamos a dejar que todo eso desaparezca por dinero?
Mi tía Carmen se secó una lágrima disimuladamente. Mi madre me sonrió con orgullo. Mi tío Paco resopló, pero no dijo nada.
Al día siguiente, mi madre me abrazó fuerte.
—Has hecho bien en hablarles así. A veces nos olvidamos de lo que importa de verdad.
No sé cómo acabará todo esto. Quizá vendan la casa y solo queden recuerdos. O quizá encontremos otra forma de seguir juntos, aunque sea solo una vez al año, bajo este mismo cielo castellano.
A veces me pregunto: ¿qué pesa más, los recuerdos o el futuro? ¿Y vosotros? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?