El uniforme de Marina en la boda de mi hermana: una batalla familiar en Sevilla
—¿De verdad vas a venir vestida así, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, más fuerte que el repique de las campanas de la Giralda un domingo de feria.
Me quedé quieta, con el uniforme blanco de la Armada colgando del brazo. El olor a café y bizcocho recién hecho no lograba tapar el nudo que se me formaba en el estómago. Mi hermana Carmen, la novia, me miraba con esos ojos grandes y oscuros que siempre usaba para convencerme de cualquier cosa desde pequeñas.
—Mamá tiene razón, Lucía. No es el momento ni el lugar —dijo, bajando la voz, como si temiera que los vecinos pudieran oírla desde el patio interior.
Tragué saliva. Había cruzado medio mundo en fragatas y buques de guerra, había visto tormentas que hacían temblar hasta a los más valientes, pero nunca me había sentido tan fuera de lugar como en esa cocina sevillana, rodeada de azulejos y fotos antiguas.
—¿Y por qué no? —pregunté, intentando que no se me quebrara la voz—. Es mi uniforme. Es parte de quien soy.
Mi padre, sentado en la mesa con su vaso de anís, suspiró. —Hija, entiéndelo. Aquí las bodas son otra cosa. La gente viene a ver a la novia, a disfrutar. No queremos que hablen más del uniforme que del vestido de Carmen.
Sentí cómo me ardían las mejillas. ¿Tanto les molestaba? ¿Tanto les pesaba lo que dijeran los demás? Recordé las noches en cubierta, mirando las estrellas sobre el Atlántico, sintiéndome libre y fuerte. Allí nadie me juzgaba por ser mujer ni por llevar galones.
—¿Y qué hay de lo que yo siento? ¿De lo que me ha costado llegar hasta aquí? —solté, casi sin querer—. ¿No os dais cuenta de que esto también es parte de nuestra familia?
Carmen se acercó y me abrazó. Olía a jazmín y a laca. —Lucía, por favor… No quiero líos hoy. Es mi día. ¿No puedes ponerte un vestido bonito y ya está?
Me aparté suavemente. —¿Y si fuera un traje de chaqueta? ¿O si fuera médico y viniera con bata blanca? ¿También os molestaría?
Mi madre negó con la cabeza, recogiendo los platos con manos temblorosas. —No es lo mismo, hija. Aquí en el barrio la gente no entiende esas cosas. Ya sabes cómo son…
Me mordí el labio. Sabía perfectamente cómo era el barrio: tradicional hasta la médula, donde las mujeres aún se sentaban en corro a coser y los hombres discutían del Betis y del Sevilla en el bar de Manolo. Pero yo no era solo una chica del barrio; era teniente de navío y había luchado por cada galón.
Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama pensando en mi abuela Rosario, que siempre decía: “Hija, tú haz lo que te dicte el corazón”. Y mi corazón me pedía gritarle al mundo quién era.
Por la mañana, mientras el sol doraba los naranjos del patio, tomé una decisión. Me vestí con mi uniforme impecable, ajusté la gorra y salí al salón donde todos esperaban.
El silencio fue absoluto. Mi madre se llevó una mano al pecho; mi padre bajó la mirada; Carmen se quedó boquiabierta.
—Lucía… —susurró mi hermana—. Vas preciosa.
Me acerqué y le cogí las manos. —Hoy es tu día, sí. Pero también es el mío. Porque hoy celebro que tengo una familia que me quiere aunque no siempre me entienda. Y porque quiero que estés orgullosa de mí, como yo lo estoy de ti.
Carmen sonrió entre lágrimas y me abrazó fuerte. —Siempre lo he estado, tonta.
La boda fue un torbellino de emociones: risas, sevillanas improvisadas en el patio, abuelas llorando de alegría y vecinos cuchicheando al verme entrar del brazo de mi padre con el uniforme reluciente. Pero por primera vez sentí que no tenía que esconderme ni pedir perdón por ser quien era.
Al final del día, mientras recogía los últimos pétalos del suelo y escuchaba a los niños jugar al escondite entre las sillas vacías, pensé: ¿Cuántas veces nos callamos para no molestar? ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotros mismos por miedo al qué dirán?
Quizá la verdadera valentía no está solo en cruzar océanos o comandar barcos… sino en atreverse a ser uno mismo frente a quienes más amas.