En medio de la noche, con una maleta y mis hijos: el precio de empezar de nuevo
—¡No me toques más, Luis! —grité tan fuerte que sentí cómo se me desgarraba la garganta. Los niños, Lucía y Mateo, se taparon los oídos en el pasillo. Era la tercera vez esa semana que Luis perdía el control. El reloj marcaba las dos y cuarto de la madrugada y yo, con el corazón desbocado, supe que esa noche tenía que ser diferente.
Recuerdo cómo temblaban mis manos mientras metía lo imprescindible en una maleta vieja: dos mudas para cada niño, un par de fotos, el peluche favorito de Lucía. No podía pensar en nada más. El miedo era tan denso que apenas podía respirar. Luis daba vueltas por el salón, murmurando insultos. Sabía que si no salía en ese momento, no saldría nunca.
—Mamá, ¿a dónde vamos? —susurró Mateo, con los ojos grandes y asustados.
—A un sitio seguro, cariño —le respondí, intentando sonreír mientras sentía que me rompía por dentro.
Bajamos las escaleras del bloque en silencio. El portal olía a humedad y a tabaco rancio. Nadie nos vio salir. Caminamos hasta la parada del autobús nocturno. Hacía frío, pero yo apenas lo sentía. Solo pensaba en no mirar atrás.
Durante el trayecto a casa de mi hermana Ana, repasaba mentalmente todo lo que había dejado: mi casa, mi trabajo en la panadería del barrio, mis amigas, mi dignidad. Pero sobre todo, dejaba atrás a la familia que creí tener. Ana abrió la puerta con cara de susto.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué venís así?
—No puedo más —le dije entre lágrimas—. No puedo seguir viviendo con él.
Ana nos dejó pasar, pero enseguida noté su incomodidad. Su marido, Javier, no tardó en poner mala cara.
—Aquí no podéis quedaros mucho tiempo —me advirtió al día siguiente—. Ya sabes cómo están las cosas.
No tenía a dónde ir. Mi madre vivía en un pueblo de Castilla-La Mancha y siempre me había dicho que «los trapos sucios se lavan en casa». Cuando la llamé, su respuesta fue un puñal:
—¿Y qué esperabas? Los hombres son así. Tienes que aguantar por tus hijos.
Colgué el teléfono sintiéndome más sola que nunca. Empecé a buscar trabajo como loca. Nadie quería contratar a una madre sola con dos niños pequeños y sin estudios más allá de la ESO. Acepté limpiar casas por horas y cuidar ancianos por las noches. Había días en los que no comía para que ellos tuvieran algo caliente en el plato.
Lucía empezó a tartamudear y Mateo se orinaba en la cama. Los psicólogos del colegio me decían que era normal después de lo vivido, pero yo me sentía culpable por no poder darles estabilidad. Cada vez que veía a Luis rondando el colegio o el parque, se me helaba la sangre. Puse una denuncia, pero la policía solo me ofreció una orden de alejamiento que él se saltaba cuando quería.
Una tarde de marzo, mientras fregaba escaleras en un bloque del centro de Madrid, escuché a dos vecinas hablar sobre una asociación de mujeres maltratadas. Apunté el número en un papel arrugado y llamé esa misma noche. Allí encontré algo parecido a una familia: otras mujeres rotas como yo, pero también valientes y dispuestas a ayudarse unas a otras.
—No estás sola —me dijo Carmen, la psicóloga—. Lo más difícil ya lo has hecho: salir.
Gracias a ellas conseguí plaza en un piso tutelado y una beca para hacer un curso de auxiliar de geriatría. Los niños empezaron a sonreír otra vez. Yo también aprendí a mirarme al espejo sin sentir vergüenza.
Pero los problemas no desaparecieron. Mi familia seguía sin entenderme. En Navidad nadie nos invitó a cenar. Mi madre seguía repitiendo que «una mujer separada es una desgracia» y mi hermana apenas me llamaba. A veces pensaba en rendirme, pero entonces veía a Lucía dibujando corazones o a Mateo jugando al fútbol en el parque y recordaba por qué había tomado aquella decisión.
Un día recibí una carta del juzgado: Luis pedía la custodia compartida. Me temblaron las piernas al leerla. Volví a sentir ese miedo antiguo, esa sensación de estar atrapada sin salida. Pero esta vez no estaba sola: Carmen me acompañó al juicio y varias amigas del grupo testificaron a mi favor.
El juez dictaminó custodia exclusiva para mí y visitas supervisadas para Luis. Lloré durante horas después de la sentencia, no solo por alivio sino también por todo lo perdido en el camino: mi juventud, mi inocencia, mi confianza en los demás.
Hoy han pasado cinco años desde aquella noche. Vivo en un piso pequeño en Vallecas con mis hijos. Trabajo en una residencia de mayores y he conseguido ahorrar lo suficiente para llevarlos de vacaciones a la playa este verano. Lucía quiere ser veterinaria y Mateo sueña con jugar en el Real Madrid.
A veces me despierto aún con miedo, pero ya no soy la misma mujer asustada que salió corriendo con una maleta en mitad de la noche. He aprendido que la soledad duele menos que vivir con miedo y que hay familias que se eligen y no se heredan.
Me pregunto muchas noches: ¿cuántas mujeres siguen atrapadas porque nadie les tiende una mano? ¿Cuántas madres duermen abrazadas a sus hijos soñando con una vida mejor? ¿Y si todas tuviéramos el valor de empezar de nuevo?