Entre deudas y amor de madre: mi lucha por mi hijo
—Carmen, tienes que ayudarme. Si no pago esta letra mañana, nos quitan el piso —me suplicó Rosario, mi suegra, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas. Era la tercera vez ese mes que venía a casa con la misma historia, y yo, sentada en la mesa de la cocina, sentí cómo el café se me enfriaba entre las manos.
Miré a Lucas, mi hijo de siete años, que jugaba en el salón con sus coches. Su risa era lo único que me mantenía cuerda en medio de aquel huracán de problemas ajenos. Mi marido, Antonio, estaba en paro desde hacía meses y apenas salía del dormitorio; la depresión le había robado hasta las ganas de discutir. Todo el peso de la casa y ahora también el de las deudas de Rosario caía sobre mis hombros.
—Rosario, no puedo más —le dije al fin, con la voz temblorosa—. Ya he pedido dinero a mis padres, he vendido mis joyas… No sé qué más hacer.
Ella se llevó las manos a la cara y sollozó aún más fuerte. Sentí una punzada de culpa. ¿Cómo podía negarme a ayudarla? Era la madre de Antonio, la abuela de Lucas… Pero también era la persona que, por sus malas decisiones, nos estaba arrastrando a todos al abismo.
Aquella noche apenas dormí. Escuchaba los ronquidos apagados de Antonio y el tic-tac del reloj en la pared. Pensaba en el recibo del colegio de Lucas, en la nevera medio vacía, en las llamadas del banco. Me preguntaba si algún día volveríamos a respirar tranquilos.
A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, Lucas se acercó y me abrazó por la cintura.
—Mamá, ¿hoy puedes venir a verme jugar al fútbol? —me preguntó con esa voz dulce que me derretía.
Me mordí el labio. Otra vez tenía que decirle que no. Tenía que ir al banco a renegociar otra deuda más.
—Hoy no puedo, cariño —le respondí, intentando sonreír—. Pero te prometo que pronto iré.
Vi cómo sus ojos se apagaban un poco. Me sentí la peor madre del mundo.
Los días pasaban entre facturas impagadas y discusiones con Antonio. Él apenas hablaba; cuando lo hacía era para reprocharme que no entendía lo que estaba pasando. Yo quería gritarle que sí lo entendía, que lo vivía cada día en mi propia piel.
Una tarde, mientras recogía la ropa tendida en el patio comunitario, escuché a las vecinas cuchichear.
—Dicen que Carmen está hasta el cuello por culpa de la suegra —decía una—. Pobrecilla, con lo buena que es.
Sentí vergüenza y rabia. ¿Por qué tenía que cargar yo con todo? ¿Por qué nadie le pedía cuentas a Rosario o a Antonio?
Esa noche exploté. Durante la cena, mientras Lucas jugaba con las albóndigas y Antonio miraba el plato sin apetito, solté todo lo que llevaba dentro:
—No puedo más. No puedo seguir pagando los errores de los demás. Estoy perdiendo a mi hijo por intentar salvaros a todos.
Antonio me miró como si no me reconociera.
—¿Qué quieres que haga? Es mi madre —dijo al fin.
—¡Pues ayúdala tú! ¡O al menos ayúdame a mí! —grité, rompiendo a llorar delante de Lucas.
Mi hijo se levantó y me abrazó fuerte. Sentí su pequeño corazón latiendo contra el mío y supe que tenía que cambiar algo antes de perderlo para siempre.
Al día siguiente fui al trabajo con los ojos hinchados pero decidida. Durante el descanso llamé a Rosario.
—Rosario, no puedo seguir ayudándote así. Lo siento, pero tengo que pensar en Lucas y en mí —le dije con voz firme.
Ella lloró y me insultó. Me llamó egoísta y mala nuera. Colgué el teléfono temblando pero aliviada.
Las semanas siguientes fueron duras. Antonio se enfadó conmigo y se fue unos días a casa de su madre. Lucas me preguntaba por él cada noche antes de dormir. Yo intentaba ser fuerte por los dos.
Poco a poco empecé a recuperar mi vida y mi relación con Lucas mejoró. Iba a verle jugar al fútbol los sábados y cenábamos juntos pizza los viernes viendo películas antiguas. Aprendí a decir «no» sin sentirme culpable.
Antonio volvió un día cualquiera, cansado y derrotado. Me pidió perdón entre lágrimas y prometió buscar ayuda para su depresión. Rosario dejó de llamarme durante meses; cuando lo hizo fue para pedirme perdón también.
Hoy sigo luchando cada día para mantener el equilibrio entre ayudar y protegerme a mí misma y a mi hijo. No sé si tomé siempre las decisiones correctas, pero sé que elegí lo único que no podía perder: el amor de Lucas.
A veces me pregunto: ¿Dónde está el límite entre ser buena persona y dejarse pisotear? ¿Cuántos sacrificios son justos antes de perderse uno mismo? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?